Un ejército de muñecos en el salón

No son cosas de críos. Playmobil, Warhammer, Funko Pop!, Monopoly, Lego... El coleccionismo pega fuerte en Galicia gracias a una generación de adultos que disfrutan como niños y que quieren acabar con los clichés. ¿Juegas?

S. F.

Fue en el 2012 cuando estalló la burbuja de los Funko Pop: figuras cabezonas de ojos negros, basadas en numerosísimas franquicias y licencias que hacían los deleites de cualquier fan con ínfulas de interiorista. Son monas -aunque hay quien las odia- y al compartir una misma base estética, siempre se tiene el antojo de coger otra más, y otra...

A Fran Pernas le picó este gusanillo antes de que los Funko saltaran a la fama: «Me lío con cualquier colección. Un día llegué a la tienda y me comentaron que existían los cabezones. Por curiosidad cogí a Goku, de Bola de Dragón Z, y luego vino otro. Y luego este de Masters of the Universe. Ahí va, que hay de Star Wars. Y mira este, que es exclusivo...», confiesa Fran. Y así hasta llegar a la cifra de 1.300 Funko Pops, una de las colecciones más grandes de España. Además, Fran cuenta con unas 100 figuras repetidas en su colección, listas para ser intercambiadas por otras, ya que rechaza la especulación: «Yo nunca vendo nada, solo cambio figuras. Aprovecho y compro varios Funko exclusivos para poder negociar en un futuro por otros de su misma rareza», asegura. Y es que el valor de estas figuras no es baladí.

Figura aquí, figura allá...

Funko trabaja con numerosas franquicias y hay figuras de series de Netflix, videojuegos, cómics, hasta de películas de Kubrick. En las tiendas especializadas en estos productos, como Alita Comics -donde Fran acude asiduamente-, el precio por figura ronda los quince euros, pero la revalorización y la exclusividad puede multiplicar su precio con varios ceros. Por ejemplo, Fran cuenta que compró la figura de Skeletor cuando su colección no llegaba ni a las dos cifras. Ahora esa figura solo se puede encontrar de segunda mano y cuyo precio no baja de los 200 euros. Si a esto le añadimos que hay variantes y figuras exclusivas por cada evento, con una tirada limitada, los precios ya son desorbitados. Funko también cuenta con su mascota, un niño con pecas llamado Freddy, que cuenta con su propia figura y muchas más endosando disfraces de otras franquicias. «Los Freddy Funko son de las figuras más difíciles de encontrar. Me han llegado a ofrecer 2.000 euros por dos de ellas, pero me he negado. Hay poquísimas figuras de este tipo en el mundo», confiesa orgulloso.

Entre sus franquicias favoritas, Fran no sabe por qué decantarse, aunque admite tener especial cariño a las seis figuras dedicadas a Golpe en la Pequeña China (1986) y dos Freddy Funko basados en Masters of the Universe. Con semejante volumen de figuras, Fran se ha vuelto muy selectivo. «Las figuras que adquiero ahora son vía Internet, sobre todo ediciones limitadas de alguna Comic-Con. Los que veo que no son tan exclusivos los dejo pasar durante un tiempo. Hay figuras que cambian elementos mínimos dentro de la figura, que se llaman Chase, pero que elevan mucho su precio y no se pueden dejar escapar», explica Fran. El mayor desembolso que ha gastado por una sola figura han sido unos 200 euros, o cambiando una gran cantidad de figuras. La astucia y el paso del tiempo le ha permitido labrarse una colección valorada en más de 50.000 euros. Esta especie de caza del tesoro a la mayor rareza no acaba con la adquisición. «Como coleccionista me tengo prohibido sacarlos de la caja. Si quiero exponerlo fuera, me compro dos», afirma el coruñés.

Al preguntarle con qué figura se quedaría, me esperaba una larga reflexión antes de la respuesta, pero Fran no tardó en decidirse: «Pues me quedaría con una que no es especialmente valiosa, la de Peter Pan, porque me identifico mucho con él», cuenta el coleccionista. En casa ha decidido guardar poco, y aprovecha para exponerlo todo en su oficina, a la que considera su sala de juegos. Y la cosa no se queda solo en Funko.

La diversión se comparte

«Mi mujer es lo más anti-juego que te puedas imaginar, pero comparte mi alegría. Como no tengo otros vicios...», bromea Fran. Como padre, admite que busca la complicidad y la excusa de sus hijos para agrandar la colección. Sets de Lego exclusivos, piezas de Playmobil limitadas, versiones diferentes de Monopoly... la colección de Fran es rica en muchísimas vertientes y confiesa que su sueño es abrir un museo del juguete. «Me resultaba muy difícil que alguien tocase mis cosas, pero con mi hijo hago una excepción. Siempre digo que es nuestra colección», admite sonriente.

Miguel del Río es una buena pieza. Este joven aficionado a las figuras de Lego une la actividad de montaje con su afición a la saga de Star Wars, de la cual tiene una colección envidiable. Su romance con la marca danesa de bloques comenzó hace pocos años al ver un Halcón Milenario en una tienda de juguetes. Decidió probar por si las moscas, y ese fue el inicio de una colección que alcanza miles de euros, pero que Miguel admite que se habría gastado en otras cosas si los Lego no hubiesen entrado en su vida, así que no le carcome la conciencia. Además, tiene claro que en algún momento de apuro puede vender algún set que se ha revalorizado con el tiempo. Ahora mismo cuenta con 236 sets, una afición que comparte con la asociación Galibricks, un grupo de fans de Lego gallegos, que tiene su sede en la tienda Juega Bien en A Coruña. «Hay gente que va al fútbol o tunea coches. Nosotros montamos Lego, no hacemos mal a nadie», cuenta Miguel. Cree que en las asociaciones hay muy buen rollo y ha creado lazos afectivos con aficionados españoles, portugueses, italianos... Suelen acudir a convenciones para pasarse instrucciones, presumir de colecciones e investigar en busca de nuevas piezas.

 «Es un hobby totalmente sano, no hacemos ningún mal»

Su afición al montaje ya le viene de pequeñajo, cuando a los 8 años se dedicaba a montar barcos de la marca española Tente con su hermano. Entre esa morriña juguetera y su fanatismo galáctico, la elección de ese Halcón Milenario fue un amor a primera vista. En el salón de Miguel se puede admirar su colección en diferentes vitrinas, ya que él prefiere montar todo lo que compra, aunque sí que va variando de vez en cuando.

Confiesa que quizás tiene que ir regulando su volumen de adquisición, porque se está quedando sin espacio, y bromea ante la reacción de su mujer: «Cuando la colección pase del salón me encontraré con el divorcio o con la necesidad de ir parando» cuenta entre risas. Si tuviera que quedarse con un set en particular, elegiría una pequeña grada con todos los personajes de la trilogía original de Star Wars [en la foto].

Miguel es optimista ante la evolución de este hobby: «Despierta capacidades motrices en los niños, a mí me relaja y ayuda a personas mayores. La gente se empieza a dar cuenta de que es un juguete en el que da igual la edad, solo importa disfrutar».

El culpable de que Christian entrase en el mundo de Warhammer fue El señor de los anillos y una colaboración con la marca de miniaturas y Salvat, que hicieron que este joven de Portonovo acabase comprando todos los fascículos. Warhammer se trata de un juego de mesa de estrategia por turnos, que pueden ir de una especie de pequeñas escaramuzas que duran media hora hasta grandes guerras que se alargan hasta las cinco. La barrera de entrada a Warhammer puede ser un poco más abrupta, ya que requiere un conocimiento previo a la hora de prepararse para la batalla, aunque existen paquetes de iniciación, y Christian cuenta que hay personas que ni siquiera juegan, sino que compran las figuras por puro coleccionismo: «Flames of War es un juego de la Segunda Guerra Mundial, y hay gente que se compra los panzers alemanes para ponerlos en casa y no saben ni que pueden jugar con ellos». Christian advierte que es un hobby bastante caro, aunque depende también de cada juego, y de las miniaturas que se empleen para hacer una partida. Nos habla también de Infinity, un juego de estética manga que tiene su nacimiento en Cangas, y que es su colección favorita.

 «Los juegos de tablero están en su mejor momento»

Suelen organizarse torneos y demás actividades para relacionarse entre los aficionados al juego, enfrentándose al tópico de «friki antisocial», que Christian afirma que afortunadamente se trata de clichés que están desapareciendo. «Mi perfil no era el de un friki al uso. Yo tenía unas malas compañías y malos hábitos, y cuando decidí cambiar de vida me aficioné a los juegos de tablero», confiesa. Además, las figuras tienen la posibilidad de pintarse y Christian aprovecha su faceta de pintor profesional y colorea miniaturas por encargo para sacarse un dinerillo extra. No sabe con seguridad la cifra a la hora de valorar su colección, porque la va variando constantemente: «Cuando me aburro de algún juego o de algún set, lo cambio o lo vendo para cogerme otro», afirma.

Considera además que es una buena época para los fans, ya que se pensaba que los videojuegos acabarían con este tipo de actividades, pero su fama y aceptación no para de crecer.

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