Ellos se enamoraron de Galicia: «Vimos fotos y alucinamos»

Dos primos italianos con el mismo nombre que se conocieron aquí, una pareja de argentinos que nunca más se fue, y un alemán que lleva Santiago en el pecho. Ellos nos cuentan por qué esta tierra les robó el corazón

ADRIÁN VÁZQUEZ

Encantados de haberse conocido. Así están los primos Bruno Ferraccioli. Han leído bien. Estos genoveses de carácter extrovertido comparten nombre y apellido. Y, además, son familia lejana. A Coruña fue su punto de encuentro. Pero ellos, claro, no lo sabían.

Las vueltas que da la vida brindaron un genial giro en febrero del año 2014, cuando Bruno (nacido en 1985 y, de profesión, barman) decidió mudarse a Galicia para estar cerca de su novia, que trabajaba como fisioterapeuta en una clínica en Santiago de Compostela.

Apenas unos meses más tarde, en junio, Bruno -nacido en 1966, estudió Políticas y ahora es propietario de una tienda de complementos- certificó el cambio de rumbo que quiso dar a su vida y que llevaba planeando durante años. A Coruña fue su destino. Allí se mudaría con su pareja, que había ganado una plaza en la universidad.

Mientras Bruno, el barman, comenzaba a empaparse de la cultura gallega de un modo extremadamente directo por medio de su trabajo en la barra de los bares compostelanos, el otro Bruno (que ya conocía Galicia y A Coruña casi como la palma de su mano, porque en los inicios con su pareja ambos solían viajar entre Italia y España para verse) consolidaba su nueva vida con Ju’store, su tienda. Después vendrían los bebés, pero no nos precipitemos.

El caso es que los Bruno Ferraccioli hicieron de Galicia su nuevo hogar. Y a oídos del más joven de los dos llegó que aquel primo lejano que tenía en Génova y con el que nunca tuvo mucho trato se había mudado a la misma zona de España que él. «Apenas recordaba haber escuchado conversaciones sobre él cuando yo era pequeño, pero nada más», recuerda el actual barman del Grand Cru Café La Cantera. Así las cosas, decidió enviarle un mensaje por medio de Facebook y, por decirlo de algún modo, retomar una relación que se había enfriado.

Lo cierto es que Bruno, el mayor, es primo hermano del padre de Bruno, el menor. Y el primer Bruno entre los Ferraccioli fue el tío del dueño de Ju’store y el abuelo del barman. Su prematuro fallecimiento dejó un gran vacío en la familia. «Tanto que como se había ido antes de mi nacimiento, cuando yo vine al mundo, mi padre me quiso poner el nombre de su hermano... y el de Bruno quiso que el bebé llevase el nombre del abuelo», explica Ferraccioli sénior.

Debido a circunstancias de la vida, ambas ramas de la familia se fueron perdiendo la pista paulatinamente, hasta el punto de que los dos primos que ahora se han reencontrado en A Coruña eran prácticamente desconocidos en el momento en el que decidieron asentarse en Galicia. Una vez que ambos se decidieron a escribirse por medio de las redes sociales, entonces se felicitaron de haber sido los mismos que entre el 2008 y el 2010 habían intentado contactarse, también por medio de Facebook, para trabajar en la reconstrucción del árbol genealógico de los Ferraccioli en Génova.

«Un buen día, en el año 2014, veo a Bruno en Facebook con una imagen de un típico producto gallego detrás de él y también descubro que su novia es gallega. Como me había mudado hacía poco tiempo, volví a contactar para vernos. Y acabamos coincidiendo el día de San Xoán en un bar del entorno de la plaza de Lugo. Ellos entonces vivían en Santiago, pero todo recomenzó en ese momento.

«Me siento feliz de haberlo conocido más estrechamente y descubrir una parte de la historia de mi familia. No obstante, aparte de tener el mismo nombre y apellido, existen muchas cosas en común entre nosotros» , asegura el bartender, a lo que su primo añade: «Desde que retomamos nuestra amistad, cuando tenemos tiempo nos vemos, sobre todo para hablar y ver juntos los partidos de la Sampdoria, nuestro equipo de fútbol preferido (y el del padre de Bruno) y del que sigo siendo socio».

Impacto emocional

Su primo pequeño aprovecha cada oportunidad para mostrar su felicidad por haber recuperado este emotivo capítulo familiar a casi dos mil kilómetros de distancia de su ciudad natal. «A Coruña es una ciudad de mar fascinante, que me ha permitido conocer de verdad a mi primo, y ahora buen amigo», repite una y otra vez. Bruno confiesa que, el día en que quedaron para verse de nuevo como si fuese la primera vez, «estaba muy emocionado y nervioso, pero al mismo tiempo muy feliz». «En el momento en que lo vi fue un impacto emocional tremendo, pero con el paso del tiempo además lo considero una persona inteligente y muy agradable, de manera que me alegro mucho de conocerlo», reitera.

«Aunque debido a los horarios de trabajo que manejamos no nos veamos todo lo que quisiéramos, sé que puedo contar con su apoyo y siempre está presente en mis proyectos...», dice Bruno, que aprovecha para compartir sus sueños de futuro en este encuentro familiar.

«Llevo ya casi tres años en La Cantera y me encantaría continuar compaginándolo con mi faceta como participante en grandes eventos de coctelería y compartiendo barra con grandes bartenders para poder seguir aprendiendo de nuevas culturas, tal como hice con la gallega. Es lo que estudié y mi gran pasión. Otro de mis sueños es, por supuesto, construir una familia con mi novia, porque gracias a su apoyo he venido a Galicia y he conocido a mi primo. Siempre está a mi lado y estoy muy orgulloso de ella», sueña en alto Bruno Ferraccioli, tras conocer a Bruno Ferraccioli.

«Miramos fotos de Galicia y alucinamos»

Para Ariel y Vivi el yoga es volver a casa, volver al punto de partida donde impera la paz y la inocencia y no se está contaminando por todo lo negativo que rodea el día a día. Esta pareja de maestros de yoga llegó a Galicia el 2003 procedentes de Argentina. Desde entonces, esta tierra se ha convertido en su casa, ya que no es que hayan regresado, sino qué no se han vuelto a marchar. «Vimos fotos y alucinamos, nos enamoramos de A Coruña y del mar que la envuelve», asegura Ariel. Ellos querían irse de Argentina, a través de una alumna de Vivi, que tenía familia en Galicía, les surgió la oportunidad de venir a A Coruña. «Me insitió, yo al principio dudaba, pero aquí estamos», explica Vivi. Su objetivo era poder continuar haciendo del yoga su vehículo vital y la ocupación con la que ganar el pan para sus tres hijos. Lo han conseguido. Su genuína forma de ver la actividad y el trabajo que realizan en su academia AV yoga ashtanga A Coruña, dando clases en diferentes puntos de la ciudad, les han permitido hacer de su pasión, su oficio.

El yoga, una forma de vida

«No concebimos nuestra vida sin el yoga», explica Ariel. Llevan practicándolo desde la adolescencia y afirman que les ayuda mucho en su día a día. «El yoga te refuerza para afrontar problemas, te ayuda a relativizarlos y te centra en lo realmente importante», indica Vivi. Su forma de trabajar se centra en los beneficios psicológicos que produce el ejercicio. «Produce paz, es la unión entre cuerpo y mente, realizamos un trabajo intrínseco». La actividad es recomendada como un remedio para el estrés, sin embargo, Ariel y Vivi van más allá: «Hemos tenido alumnos que han dejado de fumar gracias a esto. La actividad ayuda a liberarte de lo que no aporta nada en tu vida». Además de la forma de practicarlo más habitual, ofrecen actividades singulares como el yoga acuático, el aéreo o el acroyoga (en la foto). Sus particularidades no terminan aquí, son una escuela que favorece la conciliación para que toda la familia pueda acudir junta a la clase que imparten. Ariel y Vivi son un ejemplo de valentía para alguien que quiera conseguir lo que se proponga. Han hecho de Galicia su residencia y un lugar en el que disfrutar del yoga como forma de vida y como profesión, puede que para siempre.

«Me enamoré de los gallegos, sois amables y generosos»

Lucas Fluck es de Mainz, Alemania, y llegó a Santiago pedaleando. Lo hizo con una vela por las víctimas mortales de las manifestaciones populares contra el gobierno el año pasado en Nicaragua, un objeto simbólico que compró en Mainz y del que no se separó hasta terminar su ruta, porque su fin era quemarla en la catedral compostelana: «Estoy haciendo este tour y anduve 2.933 kilómetros hasta ahora para ayudar a una asociación que se llama La Esperanza Granada, de Nicaragua. Tienen centros educativos para ayudar a los niños más pobres y darles un futuro mejor». Nos lo cuenta en Muxía, donde hace una parada y asegura que su iniciativa va encaminada a conseguir donaciones. «Ya hice una colecta de fondos en Guinea, y quiero que la gente se dé cuenta de nuestra suerte en Europa.

Ese fue el motor que le impulsó hasta Galicia, pero no es lo único que se lleva de aquí. Lo suyo con esta tierra fue un auténtico flechazo: «Me enamoré de esto por la naturaleza, las playas salvajes, las montañas y el tiempo, que es muy cambiante, y eso me gusta. Disfruto del viento y del sol de aquí. Y tampoco hay muchos turistas en comparación con otras zonas, así que me encanta la calma que tenéis». Pero si algo conquistó a Lucas, señala, son los gallegos que se va encontrando por el camino: «La gente aquí es muy amable, generosa y humilde», apunta este alemán que lleva a Santiago a la altura del corazón en la camiseta que marca el inicio y el fin de su reto.

Su día a día transcurre, cómo no, en bici. «Pedaleo muchas horas al día, y voy siguiendo la magia. Si encuentro un lugar mágico, como este, y a gente mágica, voy a pararme con ellos y a disfrutar, a compartir mi historia», apunta. También disfruta de la itinerancia: «Cada día voy a un pueblo y busco dónde dormir, en mi tienda de campaña o en medio de la naturaleza», dice Lucas, que ya atesora unas cuantas anécdotas. «Hace unos días crucé el centro cultural de Cospindo, en Ponteceso. Le pregunté a un señor dónde podía dormir, y él me guio hasta otro hombre con el que hablé y que invitó a pasar la noche en su casa y al concierto que había programado para esa noche», cuenta agradecido. Sin duda, volverá.

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