¿Cómo que aún hay videoclubes?

PARECE DE PELÍCULA, pero aún hay quien alquila el último estreno en su barrio. El blockbuster no es cosa de los 90, y en Galicia todavía tiene fans palomiteros, ¿te apuntas?

S.F.

Los más agoreros anunciaban su fin hace años, pero una pequeña aldea de irreductibles galos (más bien, gallegos) resiste invencible al invasor. Y este enemigo es ni más ni menos que el inevitable paso del tiempo y el cambio en nuestros hábitos de ocio. El videoclub, el rey noventero que siempre te daba un plan de sábado cuando no lo tenías, sobrevive en Galicia, donde aún podemos encontrarnos con varias decenas de estos negocios en activo.

El último de Santiago

En la capital gallega el ambiente universitario no parece motivar a la proliferación de alquileres de películas, y es que Videoclub Europa es el único negocio del estilo que permanece en la ciudad compostelana. Escondido muy cerca de la estación de tren, sorprende su letrero que indica ya una cierta antigüedad. Pero quizás resida ahí su secreto para la vida eterna, ya que este local ha sobrevivido a numerosas crisis, entre ellas la de la caída del VHS como formato predilecto o la llegada de Internet como competidor imbatible. Con más de 20.000 títulos en su catálogo, tiene una oferta de contenido que pocos servicios por streaming pueden igualar (Netflix, por ejemplo, constaba de 5.500 títulos en el 2018). Sin embargo, y a pesar de la inclusión de Blu-Ray y videojuegos al negocio, las cosas siguen estando apretadas para este negocio familiar. «Trabajar mucho es lo único que podemos hacer», cuenta Marga, que también considera la relación entre el cliente y dependiente como la clave diferenciadora del omnipresente contenido en línea. «Después de 30 años, ¿cómo no los vas a conocer a todos? ¡A ellos y a sus familias!», bromea. Para Marga, ir al videoclub es una opción muy económica: «Ir al cine te cuesta ocho euros por persona, mientras que alquilar una película son tres euros y la puede ver toda la familia». Por eso, para poder seguir siendo competitivos, el adquirir estrenos se ha convertido en una actividad esencial para el buen hacer económico del local: «Mientras podamos, vamos a seguir comprando estrenos. Es la única forma de competir con las plataformas», añade la compostelana. Las series también se postulan como un producto importante, sobre todo si tenemos en cuenta que son el plato fuerte de los principales competidores, las compañías online, que, como dice Marga, «tienen la sartén por el mango».

Si nos acercamos a Aínda DVD, en A Coruña, un acento encantador nos saludará con una ilusión contagiosa. Jamie Fowlie lleva esta pequeñísima tienda desde hace cinco años y su pasión se nota en todas sus esquinas. Canadiense de nacimiento, Jamie llegó a Galicia hace 23 años, donde uno de sus pasatiempos favoritos era acudir al Josman, un videoclub abierto en 1985 y que cerró hace poco debido al elevado precio de la hipoteca y la competencia de Internet. «¿Qué iba a hacer yo sin ir a Josman? Pues comprar todas las películas y crear mi propio videoclub», comenta orgulloso Jamie.

Bienvenido, Mr. Marshall

El canadiense ha sabido innovar un negocio que se pensaba estancado hace años. Catálogo en línea, envíos a domicilio por correo, talleres instructivos para adolescentes y adultos, tertulias cinéfilas y algún que otro reparto esporádico de palomitas le han conseguido la increíble cifra de casi 650 socios. «Es algo maravilloso. Hay gente que me contacta desde Alicante para pedirme DVD», confiesa emocionado. El sentimiento de barrio es crucial en este negocio, y sorprende la cantidad de gente que no para de entrar un sábado a las dos de la tarde. Servidor ha comprobado la complicidad entre dueño y clientes: «El factor humano es muy importante. Sé que película le gusta a cada cual», añade Jamie. Además, la tienda muestra una disposición muy pensada: cine para niños, de terror, de superhéroes, clásico, de temática LGTB o cine independiente, al que Jamie denomina como «cine complicado», entre risas.

Pero ¿qué tipo de películas triunfan en pleno 2019 en un videoclub? Las tendencias varían, pero lo que más gusta es el cine español, películas como Campeones o La isla mínima. «Aunque hay alguna sorpresa», nos cuenta Jamie, «el cine asiático despierta mucho interés. También hay mucha película que se vuelve famosa y provoca curiosidad, como puede ser el caso de Tres anuncios a las afueras o El gran hotel Budapest. Cada vez que sale una de los Vengadores tengo que renovar las estanterías». Este antiguo estudiante de cine ha creado una pequeña comunidad en torno a su videoclub, que, aunque marcha estupendamente, no le da para vivir: «Me contento con que no dé pérdidas. Los beneficios los aprovecho para aumentar catálogo. Es un trabajo totalmente pasional, todo lo hago por amor al cine», cuenta Jamie. Uno no puede salir de la tienda sin alquilar nada, simplemente para volver a charlar sobre lo bien que lo hace -y lo joven que parece- Nicole Kidman en la última película que has alquilado. Quizás resida ahí la magia del videoclub.

Adaptarse al cliente, clave para que un negocio no caduque

María Cedrón

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No pasa desapercibido. En el barrio de Monte Alto, en A Coruña, sobrevive AíndaDVD, un pequeño establecimiento de alquiler de películas que hace cinco años cogió el testigo al desaparecido videoclub Josman que durante 29 años surtió de películas a todo el barrio. Su propietario, Jamie Fowlie, es un canadiense amante del cine que dio un giro de noventa grados al concepto de videoclub. ¿Cómo lo hizo? Aunque reconoce que el suyo es un caso muy particular porque, pese a tener 650 socios, vive de otras cosas, su secreto es haberse adaptado a la demanda de sus clientes dando un giro al modelo de negocio tradicional. Tiene catálogo por Internet e incluso un servicio de mensajería para enviar las películas. «Hemos cambiado el servicio para acercarlo más al concepto de videoteca. No abrimos todos los días. La gente puede alquilar las películas durante una semana y los precios son más asequibles. Un estreno como la nueva película de Mary Poppins puede costar en una plataforma entre los 5 y 6 euros, aquí cuestan 1,5 euros», comenta.

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