Él nunca lo haría


Provenimos de un mundo en el que las camadas eran sumergidas en sacos de arpillera para zanjar de forma brutal la natalidad descontrolada. Hablo de aquella relación entre humanos y perros de no hace tanto en la que los dueños amorosos convivían con energúmenos a quienes nadie tosía, auténticos animales a quienes ni la ley ni la sociedad censuraban cuando la emprendían a palos con un can. Hubo un tiempo en el que los perros eran objetos cuya custodia y cuidado dependía de la voluntad de cada uno.

Puede que la primera campaña eficaz para sensibilizar a la peña fuese aquella «él nunca lo haría», con un hermoso y lacónico mastín que increpaba al espectador desde una carretera solitaria. La lanzó la Fundación Affinity en un tempranísimo 1988 y fue tan eficaz que aún hoy el eslogan se sigue utilizando. Por vez primera se indicaba que un perro no es un juguete y se alertaba sobre el enorme problema al que se enfrentan las instituciones que recogen animales abandonados. Treinta años después, las perreras siguen superpobladas de una diversidad de razas que ha ido aumentando en proporción al umbral de capricho de los humanos, que muchas veces siguen buscando perros que les combinen con el capitoné a los que abandonan cuando cambian el tapizado del tresillo.

Pero todo este consumismo canino convive con una relación nueva entre humanos y perros con trascendencia social, médica y jurídica. Observo un proceso de humanización de muchos lebreles a quienes se ha fijado el régimen de vida de un burguesito humano cuyos caprichos son atendidos antes de que los plantee por la sencilla razón de que son seres que ladran en lugar de hablar, detalle que al parecer no todo el mundo tiene claro. Esos pisos ocupados cada vez por menos gente se han llenado de perros rodeados de lujos estrafalarios que proporciona una industria pujante que se frota las manos con la debilidad de tanto humano dispuesto a que sus vidas y sus economías las dirija un can que tiene muchos derechos pero que, atención, atención, humano, lo que es humano, no es.

HUMANIZADOS

Es obvio que hay muchos perros que viven mejor que muchos humanos; cuyo nivel de gasto semanal multiplica al de familias enteras; cuyo ropero deja en ridículo al mío; cuya dieta cuesta una pasta con la que se abastecería el banco de alimentos durante una semana; que tienen psicólogo, fisioterapeuta, entrenador personal, cuidadora de noche, hotel de vacaciones, salón de té y un abogado que tramita su custodia cuando la pareja que lo adoptó se separa. A base de disfrazarlos de humanos, muchos de estos perros comparten ya nuestras patologías, nuestras ansiedades y nuestro bajísimo umbral de tolerancia. Puede que él todo esto tampoco lo hubiese hecho.

Lo que supone, y cuesta, un perro

mila méndez
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El Gobierno reactiva la campaña sobre la tenencia responsable, con hincapié en la manutención

La familia de Mónica Cubeiro tiene seis integrantes. Están ella, sus dos schnauzer, Chloé y Bora, de diez y siete años; dos caniches gigantes, Gizah y Dubai, de uno y un dos años, y un gato adoptado, Atiles. Hace tres meses eran uno más. Superar la pérdida de Noël fue uno de los tragos más duros. «Salvando las distancias, es como tener un hijo. Tienes un ser vivo contigo. No puedes decir: ‘Ahora me canso y lo dejo’», explica Mónica. Meditó mucho la llegada del primero, Noël, hace doce años. «Consulté a veterinarios y peluqueros caninos y tuve muchas conversaciones con la familia que lo crio», añade. Es la falta de la concienciación que ella prodiga la que preocupa a los responsables de protectoras (en el 2017 se abandonaron más de 138.000 perros en toda España), y también al Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que ha relanzado en sus redes sociales la campaña sobre la tenencia responsable de animales.

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