Paquí pallá

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE VOZ AUDIOVISUAL

YES

MABEL RODRIGUEZ

09 feb 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Conviene no olvidar que durante años se aplaudió el gracejo madrileño de Esperanza Aguirre como si fuese un amortiguador de todo lo que cheiraba mal alrededor de la presidenta. La historia recordará los años de gestión del PP en la comunidad de Madrid como un catálogo detallado de la infamia. Hubo de todo: privatización letal de la sanidad pública; un plan minucioso para degradar la educación; saqueo sistemático de fondos públicos y todo salpimentando de esos pegajosos ejques que cada vez elevan más el acento de lo menos interesante de lo madrileño. Avergüenza repasar los detalles, pero la indignación sube un grado cuando se constata que mientras vaciaban la caja se choteaban del personal con una creatividad sin límites. No es que la seriedad sirva para rebajar la gravedad de un robo, pero hasta para delinquir hay que tener clase. Y en el entorno popular de aquellos años, además de ser unos chorizos, había muy poca categoría.

Restan años para conocer el alcance exacto del expolio pero casi a diario vamos conociendo detalles macabros. Estos días los titulares son para la operación Púnica y para ese chorreo de fondos públicos con los que Esperanza Aguirre financió su campaña electoral del 2011. Un dinero desviado para pagar cenas de Navidad, congresos y mítines en donde la dicharachera Espe emergía con esa soltura castiza y desacomplejada tan de ella. La novedad estos días es el nombre de la empresa tapadera que estos señores crearon para emitir facturas falsas: Paquí Pallá SL. Es fácil imaginar a los caraduras que parieron la gracieta, tronchándose de risa mientras se frotaban las manos pensando qué iban a hacer con el dinero que robaban, convencidos de actuar protegidos por esa impunidad cochambrosa y chabacana que explica que pudiesen hacer las cosas que hicieron.

Mi admirado Juan Tallón retrata con su irónica fineza el aroma putrefacto de esos años en la desoladora Salvaje Oeste, que bien podría retitularse Paquí pallá si no fuese porque la clase de Tallón nunca apostaría por un encabezamiento tan grosero.