Pena de Bambi


En una de las secuencias más icónicas de la historia del cine, el DeLarge que interpreta Malcolm McDowell en La naranja mecánica es obligado a ver películas ultraviolentas para reformar su comportamiento pendenciero. El procedimiento formaba parte del método Ludovico con el que se intentaba introducir una reacción automática en el psicópata líder de la banda de los Drugos en virtud de la cual cada impulso violento sería atajado con vómitos y mareos. La terapia obligaba a mantener abiertos los ojos del paciente con unos ganchos en una escena que ya es un clásico y que resume la clasaza de Stanley Kubrick y su admirable dominio de la narrativa audiovisual. Un médico real hidrataba cada pocos segundos la mirada extraviada de McDowell. La mitología sostiene que el actor sufrió lesiones en la córnea que se convirtieron en crónicas lo que también suena a involuntaria metáfora de las consecuencias que puede tener para la vida el consumo de basura visual.

En esa secuencia debió de pensar el juez que acaba de condenar a un cazador furtivo de Misuri a ver Bambi una vez al mes durante el año que pasará en prisión por matar a cientos de ciervos. Se sabe que América está hecha de cine, esculpida en decorados y esta sentencia verifica que también con las películas aspiran a impartir justicia. Pero es que además, con esta decisión procesal se da categoría jurídica a una escena de animación que ha modelado el sistema límbico de media humanidad: la muerte de la madre de Bambi, sin duda la secuencia más despiadada de la historia del cine. Tras esos segundos, los niños perdíamos la inocencia, comprendíamos que el planeta es un lugar hostil, abandonábamos el refugio cálido del hogar y éramos empujados de un puntapié animado a la cruda realidad. La muerte de la madre de Bambi es uno de los grandes rituales de paso del ser humano, una pieza imprescindible en el engranaje de la madurez, un estándar a la altura de Hamlet o El rey Lear. Saltársela produce monstruos, desvaríos y matanzas incontroladas de ciervos en las montañas de Kansas.

Se publica estos días una investigación sobre la psicopatía que relaciona la dificultad para gestionar sentimientos con el estrés emocional durante la infancia. Y puede que no haya mayor estrés que hurtar a una criatura las herramientas que ofrece Bambi, una grandiosa construcción de arquetipos y de plantillas morales como casi todo lo inventado por ese gran zorro del cine y de los negocios llamado Walt Disney.

Podríamos elaborar todo un programa educativo a base de escenas de cine o asociar nuestra biografía a momentos de apogeo del celuloide. Yo soy tu padre, voy a hacerte una oferta que no podrás rechazar, Janet Leigh en la ducha, el abrigo rojo de La lista de Schindler, en ocasiones veo muertos, Travis ante el espejo, he visto cosas que no creeríais, ¿hueles eso? Es napalm, ¿crucifixión? o Chaplin girando el bastón son mojones culturales y sociales tan poderosos como una catedral o un cuadro de Rothko.

El juez de Misuri sentenció convencido de que Bambi le haría mucho bien al cazador asesino de crías de ciervo. Habría que proyectar la cinta en las sedes de algunos partidos. Una vez al mes.

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