Neurólogo para qué


Alejandro Rivero de Aguilar Pensado ya es como si fuera de la familia. Apenas ha trascendido de él lo que La Voz contaba esta semana: tras una carrera académica brillantísima, el ministro Pedro Duque le entregó el premio nacional de fin de carrera por haber culminado sus estudios de medicina con un expediente que atraganta y exhibir uno de los títulos de neurólogo más lustroso de la historia. Solo por todo esto, Alejandro ya sería una persona extraordinaria, un sujeto noticiable, un protagonista natural de titulares, uno de esos que se detiene en una biografía ejemplar para devolvernos a todos un reflejo hermoso y no el habitual monstruo cóncavo con el que solemos ver la realidad. La de Alejandro estaba llamada a ser una historia luminosa, un relato placentero de nuestra realidad, una constatación de lo bien que podemos hacer las cosas, un caso para sacar peito, la mejor versión de nosotros. Pero, vaya, vaya, Alejandro venía con letra pequeña y con la misma normalidad con la que se ha hecho neurólogo a golpe de cum laudes, el próximo 21 de mayo se presentará en el Inem o recorrerá España para entregar currículos. Y aquí es donde la banda sonora de la primavera de Vivaldi empieza a distorsionar hasta convertirse en un autotune averiado. Alejandro Rivero de Aguilar Pensado, alumno excelso de este país gallego, ejemplo supremo de buen ciudadano, juvenil dedicado en cuerpo y alma a su formación, exquisito en el cumplimiento de sus obligaciones tiene como perspectivas inmediatas el paro o el peregrinaje curricular. Qué bien.

LA ESTRUCTURA MÁS COMPLEJA

Y es aquí en donde, de pronto, Alejandro, se convierte en alguien de la familia. Es inevitable visualizarlo en la cara de una adolescente que debe tomar decisiones inmediatas, a la que tratas de transmitir la importancia de estar formada, el placer que proporciona la sabiduría, la grandeza moral del estudio. La cara de esa adolescente se mezcla con la de Alejandro y resulta inevitable pensar que algo estamos haciendo fatal.

En su conversación con Elisa Álvarez, Alejandro no parecía indignado. La neurología le apasiona porque trabaja con «la estructura más hermosa y compleja del universo conocido, el cerebro humano». Una estructura que como sociedad tenemos averiada si el destino de alguien como él es visitar en mayo la oficina del Inem.

Por Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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