¿Quién es el dueño de los valores?


a presidenta de las escuelas católicas gallegas confiesa en La Voz que el tirón de los centros religiosos del país reside en su apuesta por los valores. «Si uno elige un colegio católico sabe que a la educación en valores se le va a dar mucha importancia». Es coherente con esa tradición entre la propaganda y la displicencia con la que las religiones tienden a presentarse ante el mundo para justificar por qué disfrutan de privilegios como los que en España sigue ostentando la Iglesia en donde continúan seleccionando con criterios propios y al margen del sistema a la plantilla de profesores de sus colegios. Esa apropiación de un código de valores superior, cuyo contenido se sobreentiende aunque no se detalla, intenta desautorizar todo lo que transcurre fuera de los muros de la fe y extiende una sospecha atávica sobre lo laico, como si en un mundo libre de hábitos todo fuese despendolado e inmoral.

Cada uno puede tirar de biografía o de academia para juzgar a una institución que, conviene recordarlo, también lleva en su mochila lastres terribles de los que poco se ha hablado en España, con decenas de miles de niños y niñas que han sufrido abusos en centros religiosos de todo el mundo, también por estas tierras. Por eso asombra ese permanente ramalazo de superioridad ética con el que desde algunos centros religiosos se habla muchas veces al mundo y que en el fondo oculta su verdadera vocación: ser los instructores de las élites.

Es fácil recordar cómo sucedían las cosas en aquellos colegios hace no tantos años, con monjas clasistas que despreciaban a las alumnas más humildes, que sospechaban del deporte y que contagiaban a las niñas una relación patológica con sus cuerpos. Y digo patológica por no decir delictiva, porque en aquel colegio del que hablo también se trasladó a un destino menos indignado al cura que impartía los sacramentos y que para garantizar el perdón conminaba a las crías a sentarse en su regazo en la penumbra secreta del confesionario. Aún así, aceptemos que pueda haber aportaciones éticas de las que las escuelas católicas puedan presumir pero lo que remueve es que sigan entrando en escena con esa tradición sustentada en el desdén que les lleva a considerar peor todo lo que no pasa por ellos.

En aquellos años ochenta, tras aquel colegio católico del que hablo la verdadera sorpresa era llegar a un instituto y encontrarse un centro en el que se consideraba a los alumnos maduros para equivocarse, en el que los profesores no llevaban uniforme y te interpelaban intelectualmente y en el que podía impartir filosofía un profesor como Arturo Leyte.

Atrás quedó aquel discurso terrible de una profesora que acusó a una clase entera de adolescentes de ser la encarnación del demonio y de provocar a hombres como aquel inocente cura que durante un tiempo se dedicó a poner sus sucias manos en la inocencia de unas buenas niñas católicas.

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Por Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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