Mi hobby es mi trabajo

ELLOS QUIEREN LO QUE HACEN «La vida es un maratón», afirma la corredora de larga distancia Vanessa Veiga, que ha hecho de su pasión oficio y equipo. Ellos han conseguido que su vocación les dé de comer. Y saborean el éxito, porque la felicidad genera beneficios


Su pasión le da de comer, es oficio y sustento. «El deporte es parte de mi vida desde los 14 años, me ha permitido conocer a mi marido, Julio Rey, y formar una familia», resume en unas líneas años de vida, amor y carrera Vanessa Veiga (Gondomar, 1979). Vive en Toledo con un pie en Galicia y empezó en el deporte tirándose a la piscina. «La natación no era lo mío, aún me acuerdo del frío que me daba salir del agua. Todavía ahora me cuesta meterme en el mar...», cuenta la que fue campeona de España de maratón, que guardó un tiempo las zapatillas por la crianza de sus tres hijos: «Hoy hacen los tres atletismo. La mayor ya ha formado parte de la selección de Castilla-La Mancha en un campeonato de España».

Hace cuatro años la olímpica «mamá Veiga» empezó a entrenar a un grupo de mujeres. «A un grupo que corre no con la filosofía de ganar carreras, sino para pasar un rato divertido. Es un éxito; hoy entre mamás, hijos y algún marido que se nos ha colado, ¡que está guay eh!, podemos ser 70. Formé este equipo en un momento en que no me sentía bien, y me dio fuerza, la energía que necesitaba para seguir adelante», valora Vanessa.

Su vida es una carrera de fondo que empezó de adolescente. «Cuando yo me puse las mallas con 14 años era raro ver a una chica por Gondomar haciendo este tipo de deporte -recuerda-. La vida es como una carrera de fondo, un maratón que haces poco a poco. Hay que ir paso a paso», advierte quien subraya que «en el éxito no está la felicidad, en la felicidad está el éxito».

ENTRENADOR Y SUEGRO

En conciliar deporte y familia ella tiene «la palabra mágica: abuelos». «Siempre que tenía que preparar una carrera fuerte mi madre se venía a Toledo, y mi suegra cuidó a mis hijos mucho tiempo. Yo como todos los días en casa de mis suegros, no tengo que estar pendiente de cocinar; es importante», aprecia.

Vanessa admite que como entrenadora de sus hijos no tiene autoridad «ninguna». ¿Cómo se lleva que te entrene tu suegro? «Como buena gallega, me gusta el deporte de riesgo, ja, ja, ja. Llevo 20 años entrenando con mi suegro, ¡toda una vida!, es como mi padre. Ahora que no me oye, en el fondo es fácil. Lo de entrenar yo a mis hijos es otra cosa, me puede el amor de madre», confiesa. «Lo que intentamos es que los niños disfruten porque son pequeños [la mayor, Silvia, tiene 14; Julia, 13; y David, 10], y tienen que jugar».

El deporte es para Vanessa una medicina natural, y un vínculo fuerte para capear la adolescencia. «En esta etapa es necesario el deporte si quieres que tus hijos lleven una vida buena, sana», asegura. «Es el mejor antidepresivo que hay, pero hay que hacerlo bien».

¿Hay un deporte para cada uno? «Sí, y hay que descubrir cuál es. Una cosa en la que a veces nos equivocamos los padres es en elegir nosotros el deporte para nuestros hijos. Hay que darles un abanico de posibilidades», dice. «Y ser su espejo. Lo que quieres que hagan ellos, aplícatelo tú primero. No vale que les pidas que hagan deporte sentado en un sofá», advierte. Un buen maestro, el ejemplo.

Guadalupe R. Martín: «Viajar a Centroeuropa fue salir del cascarón»

Estoy ante uno de los conjuntos modernistas más singulares de toda Europa, me indica Guadalupe R. Martín (A Coruña, 1977). Me cito a la altura del café Vecchio de la coruñesa plaza de Lugo con esta guía oficial de Galicia que nos guía además por Europa desde hace 18 años. Si en vacaciones descansa es para viajar, pero en este caso sin placa y aparcando esa «maternidad» de los grupos que caen en sus manos; uno de los últimos, una de las corales europeas más prestigiosas. La vocación de esta coruñesa se hizo oír pronto, despegó a través de los libros. Guadalupe se dio cuenta de que quería «romper el cascarón» y saltar al otro lado del papel. El Corazón de Ulises, de Javier Reverte, la conquistó. Tras formarse, estuvo unos meses en una agencia de viajes. Pero «estar entre cuatro paredes se me hizo cuesta arriba, no era para mí», dice. Entonces se puso «tozuda» y arriesgó. Rechazó una oferta en una agencia para volar a Centroeuropa. Praga, Viena, Budapest, República Checa empezaron a dibujarse de verdad en su mapa. Cuando empezó a trabajar pastoreando a grupos viajeros no había móviles ni GPS. «¡Tengo varias baldas en casa llenas de cajas enormes de mapas!», cuenta.

«Ser guía implica responsabilidad», dice quien recuerda de manera especial su flechazo con Budapest, «una ciudad maravillosa que sorprende con cosas que no te esperas». Entre mayo y septiembre, Guadalupe vive enganchando un viaje tras otro, haciendo escalas de cuatro días en casa. ¿Qué es lo mejor de su trabajo? «Este trabajo tiene cosas muy buenas y cosas malas, no hay término medio. No haces hogar en sitio fijo, no tienes una vida convencional, pero te da la oportunidad de empaparte de vidas, de otras culturas, de otras historias». Esa diversidad se le nota en la forma de hablar. En vacaciones viaja con el placer de llevarse en la mochila la ruta por hacer sobre la marcha. Le gusta aventurarse al margen de los tours turísticos, muchas veces sola. Y nos invita a descubrir Sin Htauk Beach, en Birmania, «donde puedes alojarte en un bungaló, despertarte y tener la playa para ti sola». Pero si prefieres un recorrido a tiro de piedra, puedes empezar por «las trillizas modernistas» de muy buen ver de la plaza de Lugo, de A Coruña.

Mercedes Corbillón: «El éxito es algo que se construye día a día»

Mercedes Corbillón (Pontevedra, 1969) es un libro abierto. Y una alegría cotidiana, refrescante, para los lectores que tienen la suerte de conocerla. Cronopios nació como idea en el 2008, como efecto genial de la crisis del ladrillo, y en abril del 2009 ya estaba la librería abierta, fresca como una lechuga, en Pontevedra. «¡Nos liamos la manta a la cabeza! Vamos a cumplir diez años y todo ha ido mucho mejor de lo que imaginaba», dice la madre, junto a sus hermanos Anxo y Margarita, de este negocio que revolucionó el concepto de librería en Galicia. El contacto con los escritores y los lectores es una de las cosas más gratificantes, sostiene, de la pasión que convirtió en sustento tras viajar por diversos países entrando en sus librerías, y tras décadas entre libros. «Era mala estudiante, pero me gustaba leer. Escondía los libros debajo de los manuales de texto», confiesa quien creció con Los Cinco, Puck (¡cabecita loca, gran corazón!) y clásicos como Ivanhoe. Agatha Christie fue para ella un salto al misterioso mundo adulto.

«Aún me veo de niña yendo al quiosco cada sábado a cambiar mis libros por una moneda de 5 pesetas. Ibas cada semana a cambiar tus libros, dabas 5 pesetas y te llevabas otros», recuerda Mercedes.

«Una librería debe ser rentable -explica-, pero tiene un lado absolutamente vocacional. Un libro es un producto pero no uno cualquiera, es algo que tratar con cariño». El «punto frívolo» y la sonrisa, dice la benjamina de esta familia que siempre tuvo latente el deseo de dedicarse a los libros, no pueden faltar. «Hay que invitarte a que, si tienes que elegir entre regalar un libro o una corbata, te decidas por el libro».

«El éxito es algo que se construye día a día. No hay que tener miedo al fracaso. No es cuestión de durar, sino de lo que aportan las cosas mientras duran», afirma, y ofrece unas recomendaciones cronopias: Monstruas y centauras, de Marta Sanz, Una mujer minúscula, de Kim Thuy, Besta do seu sangue, de Emma Pedreira, y O corpo en extinción, de Xosé María Vila.

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