Lo que sucede en la habitación de un hotel


A la gente se la conoce muy bien en los hoteles. En esos lugares se produce una cautivadora suspensión programada de la rutina doméstica sin que se pierda la sensación de estar en casa. En los hoteles se perpetran los actos más íntimos con el relax de sentirnos solos pero con el servicio de habitaciones en la mesilla. En los hoteles se duerme, se come, se fornica y se muere. De hecho hay todo un catálogo de óbitos ilustres sobre las camas de un Hilton. Uno de los últimos fue el de Rita Barberá, que abandonó la vida en la habitación 315 del Villa Real en un acto de coherencia postrera tras una biografía atropellada. A algunas existencias no les pega despedirse en casa rodeados de los suyos. Whitney Houston se fue en el Beverly Hilton de Los Ángeles y John Belushi en el bungaló número 3 del Chateau Marmont, la decadente meca hostelera de todo Hollywood, un auténtico parque temático de las extravagancias vitales de las estrellas y residencia habitual de Howard Hughes. El Marmont también asistió impertérrito a la muerte de Helmut Newton, que palmó delante del hotel tras estrellar su Cadillac contra un muro. Y en hoteles murieron Janis Joplin y David Carradine. De hecho Kung Fu sucumbió a una peligrosa rutina sexual en el Park Nai Lert de Bangkok en la que fue la más simbólica de las despedidas, casi un estándar de un género, el de las muertes sexuales en hoteles del mundo. Y no me refiero a petites morts, sino a decesos al completo con paros cardíacos incluidos tras un desahogo carnal muchas veces prohibido.

Desde la recepción de un buen hotel se puede elaborar un catálogo de especímenes humanos. El escándalo literario del 17 lo protagonizó Gay Talese con El motel del voyeur, a priori un inventario del comportamiento humano, de su sexualidad y sus crímenes, registrado por Gerald Foos, el escurridizo propietario de un motel que compartió con Talese años de espionaje. Para lo que nos ocupa no importa mucho el escándalo que sucedió a la publicación tras comprobarse que, como fuente, Foos era poco fiable y con predisposición a la fábula. Lo interesante es esa mirada sobre los seres humanos desde la mirilla camuflada detrás del espejo y sobre el minibar.

Un buscador de hoteles y apartamentos, esas herramientas que son como un machete en la selva cada día más inescrutable de la oferta turística, acaba de elaborar un mapa identitario de Europa a partir del comportamiento que cada nacionalidad manifiesta tras pedir la llave de su habitación en recepción. Era fácil intuir que los españoles también aplican la picaresca en su paso por estos lugares en una decepcionante desobediencia de las normas que podría tener su gracia si no fuese tan trapalleira. Los huéspedes españoles tienden a afanar comida del buffet para ingerirla después; fuman estilosamente acodados en la ventana en habitaciones en las que está prohibido el tabaco; roban con cierta ligereza toallas y albornoces; abandonan las toallas en las hamacas de la piscina durante todo el día; cuelan a los colegas en las habitaciones y, el mejor de todos los desaciertos, rellenan con agua las botellas de licores del mini-bar. A esto al parecer se dedicaron casi cuatro de cada diez españoles monitorizados por hotelscan.com para su investigación demoscópica. Lo más inquietante es que, en muchas ocasiones, la reposición tramposa de whisky con agua del grifo no fue una reacción espontánea e imprevista, sino una acción planificada con tiempo para sisar al hotel unos mililitros de 100 Pipers. Qué majos.

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