La lección de Asia Argento


En todo el proceso del #MeToo unos cuantos nombres se han situado en la primera línea de la revolución, como tiende a pasar con todos los grandes movimientos en los que siempre buscamos liderazgos aunque los avances sean un mérito colectivo. Entre esos nombres ha destacado el de Asia Argento, actriz italiana a la que el cine le viene de tradición familiar, muy popular en estas horas por haber señalado a Harvey Weinstein como el depredador sexual que ha sido. En la literatura de esta nueva ola feminista figura enmarcado el discurso que Argento pronunció en el último festival de Cannes: «Hoy siguen entre nosotros acosadores... Sabéis quiénes sois, sabemos quiénes sois». Durante años el certamen fue la fiesta de graduación de Weinstein, el lugar perfecto para acceder a actrices jóvenes que el productor violentaba gracias a su descomunal poder. Una de esas mujeres fue Asia Argento, que en 1997 habría sido violada por el todopoderoso ejecutivo. Weinstein la convidó a una habitación de hotel en donde acabó obligándola a practicarle una felación. El relato es compatible con el de muchas otras mujeres que han conseguido ponerle nombre a la cultura del abuso que durante décadas imperó en la industria del cine. La valentía y la energía de esas mujeres tienen mucho que ver con el empujón que el movimiento feminista ha recibido en los últimos meses, con episodios gloriosos como el vivido en España el 8 de marzo, con cientos de miles de mujeres en las calles reclamando igualdad.

Todo este contexto explica la conmoción que esta semana supuso la publicación en The New York Times de una serie de documentos que prueban que Argento pagó a un joven actor para que callara un supuesto abuso sexual de la actriz cuando él era menor de edad. La artista ha acabado reconociendo que el pago se produjo, pero que las relaciones sexuales que relata Jimmy Bennett cuando él tenía 17 años y ella 37 nunca tuvieron lugar. Pendientes de aclarar los chocantes extremos de todo el relato, la denuncia de Bennett ha sido la munición que muchos necesitaban para desacreditar un movimiento cuyo origen tiene que ver con una injusticia histórica: un número infinito de mujeres han sido violentadas, violadas, acosadas o molestadas por hombres que ejercían un poder evidente sobre ellas porque disponían, cuando menos, del resorte que a ellas les permitía trabajar. Y esto es una verdad como un templo. Si alguien duda, que pregunte a las mujeres de su entorno. Tratar de desautorizar la conciencia feminista con el compartimiento de una mujer es tan inaceptable como blandir el argumento de las denuncias falsas, estadísticamente anecdóticas y que la ley debe perseguir con toda la contundencia.

Pero el lamentable episodio de Asia Argento desvela otras dos cosas interesantes. La primera tiene que ver con el poder. Los hombres que abusan de las mujeres lo hacen porque pueden. La mayor parte de las veces el asalto sexual es una consecuencia, una manifestación de la necesidad que esos individuos tienen de dejar claro quién manda aquí. Ese «un home ten que facer o que ten facer» que pronunció el asesino de Ana Belén, la vecina de Cabana de Bergantiños abatida a tiros por la espalda. Por eso la igualdad no solo es una cuestión de justicia, sino la garantía de que con ella desaparecerá el catálogo de atropellos y abusos que siguen vigentes en el mundo en la relación entre sexos. El relato de Bennett es en realidad idéntico al que la propia Argento compartió cuando denunció a Weinstein.

La segunda cuestión tiene que ver con la pureza. Esa integridad, esa ortodoxia en la protesta que se nos exige a las mujeres. Para que el movimiento feminista tenga derecho a existir, todas y cada una de nosotras hemos de ser perfectas. Aquí el error computa como muerte.

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