El verano es para bucear

SUMÉRGETE Y VERÁS Hoy recorremos Galicia bajo el agua para llevarte a las mejores zonas de buceo. Y ahí puedes pasearte entre bosques, acantilados y hasta restos arqueológicos. Deja el estrés en la superficie y lánzate a los fondos, que no tienen nada que envidiarle a lo de arriba. Eso sí, cuídate... o cogerás una borrachera


Si nunca te has calzado las aletas, prepárate. Lo primero que vas a experimentar ahí abajo es la ingravidez, como si fueses un pájaro en pleno vuelo. Lo segundo, el silencio. La ausencia de todo ese sonido constante tan propio de la vida sobre el agua. Y lo tercero, la sensación de meterte en un mundo totalmente diferente. Para muchos, bucear se ha convertido en una auténtica cura de estrés tras quitarse la mochila de los problemas y dejarla en la superficie. Lo único que llevarás a la espalda bajo el mar es la botella de oxígeno. «La bombona solo es la del butano», espeta Alicia Carrillo, una de las fundadoras de Buceo Finisterre. Nos lo cuenta allí, en el fin del mundo. Esta buceadora experimentada suele llevar a sus grupos de inmersiones por la ría de Corcubión, por las islas Lobeiras o por uno de los lados del cabo de Fisterra.

Cada ruta tiene su encanto. «Por la parte de la ría ves bogavantes, nécoras, congrios y crustáceos», cuenta la instructora, que asegura que la suya es la zona con mayor biodiversidad de Europa: «Hay muchísima vida, y te encuentras muchas crías. Es por unirse la ría y la costa, que da lugar a mucho microorganismo, que sirve de alimento para los peces». Como veremos un poco más adelante, en Arousa también barren para casa y no están dispuestos a cederles el puesto de las aguas con mayor biodiversidad europea. Pero no entremos en polémicas, que aquí ya hemos dicho que el estrés se queda fuera. Continuamos la inmersión, que en este caso es de principiantes, y nos quedamos a dos o cuatro metros de profundidad. Con un poco de suerte, se puede jugar con los pulpos e, incluso, con alguna xibia.

«También tenemos restos de barcos, como los de la Bayonnaise, que tiene dentro congrios enormes, centolla, camarón, boi francés...», dice la buceadora, que nos cuenta que, al igual que en la superficie, en el fondo también hay bosques, pero de algas. «Llaman muchísimo la atención de la gente que nunca los ha visto o que no está habituada a estas aguas. Dependiendo de la época del año, los encontramos frondosos (a partir de mayo o junio), o solo quedan los estipes, que se comportan como el tallo de una planta.

La zona costera desde Fisterra, como transcurre en mar abierto, nos permite bucear por zonas de acantilados, tan impresionantes como los de arriba. «De repente te encuentras paredes de veinte metros, y tienen de todo: anémonas, esponjas, peces luna, lubinas, sargos...». Lo bueno del Atlántico, nos dicen aquí y en toda Galicia, es que a uno o dos metros ya encuentras vida. Eso también incluye a los corales, que por Fisterra se multiplican en forma de gorgonias rosas y amarillas.

CONSEJOS PARA EMPEZAR

«Lo que más cuesta es estar tanto tiempo bajo el agua y tener que respirar por la boca. Es muy importante no tener miedo, relajarte, disfrutar del momento. Empezamos por el agua por las rodillas. ¿Que te agobias? Sales, que no pasa nada», comenta Alicia, que también avisa de que nuestro oído tiene que acostumbrarse poco a poco a la presión que soportará bajo el agua. Ella lo sabe muy bien, porque ha llegado a descender mucho. «¿No te sobrecoge descender a 42 metros?», le pregunto. «La verdad es que como lo hice para ver el María del Carmen, un barco que es parte de nuestra historia... es que es increíble», responde reviviéndolo con intensidad. Eso sí, uno no puede estar a tanta profundidad el tiempo que le da la gana. «En el buceo deportivo manejamos unas tablas, y yo a esa profundidad no puedo estar más de nueve minutos. Llevo un ordenador de buceo, que es como una pulsera que me pita y me avisa a un minuto de tener que subir», señala la instructora, que tampoco regresa a la superficie de cualquier manera: «Hay que ir a dieciocho metros por minuto, y fiarse siempre del ordenador más restrictivo de los que llevemos los buceadores que hagamos juntos la inmersión. Y a cinco metros de llegar a la superficie, hay que parar siempre durante tres minutos. No puedes salir de golpe».

Esto de que vayan, al menos, dos buceadores juntos no es casual. Y es que sumergirse entre tanta burbuja se sube a la cabeza. «A partir de los treinta metros puedes sufrir la borrachera del buceo, por exceso de nitrógeno en tu cuerpo. Hay que cuidar mucho del compañero por si empieza a hacer cosas raras y tienes que subirle un metro, porque se te puede dar por quitarte el regulador o bailar una muiñeira».

Repuestos ya de la resaca, nos movemos a las Cíes. Si hay que elegir unas aguas con más inmersiones turísticas en Galicia, probablemente sean las suyas. Como mínimo, forman parte del ránking. Y el hecho de que las islas sean parque nacional se traduce también en mucha biodiversidad submarina. Así nos lo cuenta Xan Gasalla, propietario de Buceo Ollo do Mar, escuela afincada en Cangas que también realiza constantemente inmersiones en las islas.

RIQUEZA EN LAS CÍES

«Debajo encuentras un poquitín más de riqueza y una fauna más tranquila, aunque haya pesca profesional regulada». De nuevo, dan ganas de poner la mesa cuando empieza a descubrirnos las especies que más ven quienes se sumergen en la zona , entre las que destacan el pulpo, la lubina o el sargo. Pero esta también es una zona muy rica en anémonas, gusanos o liebres de mar. «Y luego, en Cíes hay mucho resto arqueológico, desde restos fenicios romanos hasta otros de todas las épocas, aunque hay algunos que están protegidos, por lo que no todos son visitables», revela Xan, que ha visto con sus propias gafas desde una rueda de molino hasta un fondeo fenicio ?«cerquita del islote de Viños»? y hasta restos de lo que a simple vista le parece un pequeño muelle. «Y de vez en cuando aún van apareciendo más cosas», asegura el instructor de buceo, que dice que a la semana realiza una media de entre cinco y diez inmersiones en las Cíes y, a veces, «hasta cuatro diarias. Oscila tanto porque hay que tener en cuenta que allí hay limitaciones».

Los paseos bajo el agua de Xan suelen llevarle por el Baixo de Carrumeiro, al de San Martiño y a la Bahía de Príncipe. ¿Son estos los fondos más visitados de Galicia? «Yo diría que sí, aunque no sé en Ons cuántas visitas hay, porque cada vez se bucea más por allí», responde Xan, que también habla maravillas de la ría de Vigo y la de Aldán, «que es una chulada», dice.

Cuando uno llega a la superficie de las Cíes, nota que es un espacio protegido. ¿Ocurre lo mismo si las vemos por debajo? «Sí. Hay más abundancia de vida, tanto de fauna como de flora marina, y es un agua más limpia y fría», asegura el buceador, que nos cuenta que lo que más llama la atención de las inmersiones en las islas son las nasas: «Te dicen: ‘¡Oye, acabamos de pasar un área de cincuenta nasas!, ¿cómo es posible?’. Allí hay que pedir permisos para todo, y tener mucho control para no dañar los fondos porque detrás hay un área de pesca con navajas, lubina... Pero la pesca bien controlada no tiene por qué dañar. Está bien planteado, pero visto desde fuera llama mucho la atención».

MARISCO EN VILAGARCÍA

Seguimos por el sur y llegamos a Vilagarcía de Arousa. Allí Ángel Romero, dueño e instructor de Náutica Medusa, me cuenta que si me animo a ponerme las aletas puedo darme un buen homenaje. Y no solo de pulpo: «Vemos también mucho crustáceo, centollos, bogavantes..., aunque también hay sepias. Esta es una zona más marisqueira que otras de mar abierto, donde ven más pescado». Donde sí que hay algo más de pescado es en la isla de Sálvora, que forma parte del top de sus rutas bajo el agua. «Al ser parque natural hay más bichería, pero no está tan explotado como el resto de la ría», explica Ángel. Sus otros paseos estrella son el pecio del Aries, la isla de Rúa y el buceo bajo las bateas de la ría.

Como a estas alturas ya llevamos unas cuantas millas buceando, le preguntamos por el esnórquel. Una actividad que no ofrecen todos los centros de buceo en Galicia, dado que la oscuridad de la mayor parte de sus aguas hacen que se demande menos. El instructor sí organiza salidas de esnórquel, y para eso tiene otros dos sitios reservados: «Areoso y Pedregoso, porque tienen el agua más clara, al igual que ocurre en la isla de Cortegada». Ángel nos confirma que por saber hacer esnórquel no llevamos demasiada ventaja si queremos aprender a bucear. «Es muy diferente. El esnórquel es como nadar, con la mascarita y poco más. Apenas te sumerges, no haces apnea. Pero en el buceo la respiración es invertida, es distinto. Lo bueno es que si has hecho esnórquel es más fácil, al estar acostumbrado a no respirar por la nariz, que es lo que más cuesta», indica.

¿Hay también diferencias a lo largo de la ría? «Fundamentalmente no, desde O Grove hasta Ribeira encuentras más o menos lo mismo», señala el instructor. Y para no quedarnos con la duda, allá que nos vamos. Jacinto Pérez, propietario de Hydronauta, en Ribeira, lleva 36 años buceando y más de 8.800 inmersiones a sus espaldas. Podría decirse que conoce los fondos marinos de su zona como la palma de su mano. Y asegura que la ría de Arousa es la zona de mayor diversidad marina de Europa. Sí, cada uno defiende lo suyo.

DOS MIL ESPECIES EN RIBEIRA

A la pregunta de qué nos podemos encontrar en una de sus rutas bajo el agua, responde con un dato: «De todo. Hemos fotografiado dos mil especies en nuestras inmersiones, y de esas dos mil especies, a seis les pusimos nosotros nombre». Cuando le cuento que en Fisterra también nos dijeron que allí se encuentra la mayor biodiversidad marina de Europa, dice que ni de broma. «Pero si aquí 

cuando te caes de rodillas ya ves cerca de diez especies... No puede compararse. La enorme diversidad de la ría de Arousa se explica por el fitoplancton y el zooplancton que dan alimento a la fauna. ¿El peaje? Que nuestras aguas son más oscuras, porque hay mucho alimento en suspensión», zanja.

Lo primero que llama la atención de la gente de fuera son, de nuevo, los crustáceos. «Lo ven como algo prohibitivo, y al verlos seguro que más de uno segrega jugos gástricos», bromea el instructor, que dice que también aparecen muchos sargos, fanecas y de nuevo, pulpo, «aunque este año menos». Pero más allá de los peces y del marisco, Jacinto contempla «corales blandos, también conocidos como animales flor, y tenemos ocho especies distintas de gorgonias, manos de muerto (en colonias de ramas gruesas y carnosas que simulan dedos en colores amarillentos o anaranjados), colonias de corales que tapizan la arena, anémonas joya de colores... Un sinfín de cosas con las que te puedes quedar. Por ejemplo, hay quien en cuatro metros cuadrados de inmersión, divisa cinco especies diferentes de estrellas de mar», relata. ¿Estaremos ante el Caribe gallego? «El Caribe tiene temperatura, colores y visibilidad. Pero aquí la biodiversidad es enorme», afirma.

Amante de la naturaleza, el buceador dice que cuando ocurrió lo del Prestige, se encontraron con que no conocían muchas de las cosas que estaban viendo bajo el agua. Así fue como empezaron a contactar con catedráticos para colaborar en la realización de estudios. «Ellos nos enviaban trabajos en inglés con imágenes anatómicas, y nosotros hacíamos fotos y se las enviábamos al especialista», cuenta el buceador, que fundó junto a otros profesionales el Grupo de Estudio del Medio Marino y crearon la base de datos en la que hoy ya identificaron dos mil especies. «Yo tengo el orgullo de que un compañero le puso mi nombre a un caracol, Gimia Jacintoi». Con todo lo vivido, la experiencia no le ha restado ni un ápice de ilusión: «Disfruto con cada inmersión. Siempre hay cosas nuevas que aprender, y la cámara es mi mejor compañera. A partir del 15 de septiembre, que empiezan a bajar las inmersiones, es raro el día que no la coja y baje con un compañero». Con tanto que fotografiar, no nos extraña.

Terminamos esta ruta submarina por Galicia acompañando a un grupo que está a punto de hacer su inmersión en A Coruña. Al frente, Jesús Corzo, gerente de Buceo Galicia. Él suele sumergirse entre restos y justo debajo del monumento histórico más importante de la ciudad: la torre de Hércules.

UN BOSQUE EN A CORUÑA

Allí debajo, dice Jesús, lo que más impresiona es la vegetación: «Aunque no tenemos la claridad, porque hablamos del Atlántico, el fondo del mar es un bosque. Claro que la orografía, abrupta, no se queda atrás con sus desfiladeros enormes, formados fundamentalmente de granito. «También hay unos bancos de peces muy grandes y muchísimo marisco», detalla el instructor, que nos cuenta que según vas bajando, el paisaje va cambiando. «A partir de los 20 metros, el alga tipo desaparece y aparecen corales duros, blandos, gorgonias... Cada altura tiene su encanto», señala Ángel, que encuentra un gran contraste entre la gente formada en el norte y en el sur. «A los que aprendieron a bucear en el Pacífico, les sobrecoge hacerlo aquí porque las aguas son mucho más oscuras».

El grupo que lleva en el barco estaba a punto de afrontar su sexta práctica del curso de buceo. «Lo mínimo son cuatro, pero la media es de seis inmersiones. El curso se certifica a criterio del instructor», indica. Esto de aprender a bucear es muy propio del verano, pero aunque pueda parecer que es flor de un día, él asegura que un 20 % de los alumnos del curso siguen practicándolo después: «En Galicia va poco a poco, por las condiciones climatológicas, pero cada vez viene más gente a aprender».

Es que lo de bucear bajo la torre de Hércules y sobre restos de barcos tiene su punto. «Se pueden ver barcos hundidos a profundidades asequibles. A 30 metros de profundidad está un barco de nombre El Chino, y después otro grande a 37 metros», dice como si nada. Para Ángel, los pecios tienen mucho encanto. «Además de ese misterio que sientes al verlos, es que están llenos de vida, colonizados», señala para terminar de describir el paisaje submarino de A Coruña. Ahora que ya los conoces todos, solo es cuestión de elegir... y de probar. El verano, ya lo dijimos desde el principio de este reportaje, es para bucear. Y quién sabe si no te enganchas y acabas bajando igualmente contra viento y marea. Las aletas te esperan.

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