Christian Gálvez: «Una llamada me cambió la vida»

Con la P: ¡Pasión!, la palabra que mejor define a Christian Gálvez. Este experto mundial en Leonardo da Vinci lleva más de diez años al frente de «Pasapalabra», un formato que acaba de alcanzar la mayoría de edad. A él de momento le quedan muchos roscos.

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M.V.

Es uno de los rostros más famosos de la televisión, pero detrás de este presentador que dispara definiciones a 120 por hora hay mucho más. Christian Gálvez (Móstoles, 1980) es escritor, experto en Leonardo da Vinci, estudiante de historia del arte y friki, como se define.

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-El formato de «Pasapalabra» cumple 18 años, tú ya llevas más de 10 al frente, ¿estás a gusto o piensas en cambiar?

-No, no, yo siempre he dicho que me encantaría firmar un contrato vitalicio con Pasapalabra (se ríe). Estoy feliz, sí que es verdad que me suelen comentar si no tengo miedo a encasillarme, pero yo estoy muy feliz con ese encasillamiento. Puedo tener quizá la ambición profesional de querer hacer más cosas, pero no implicaría en ningún momento prescindir de Pasapalabra.

-¿Qué es lo mejor de ser presentador?

-Poder juntar en un espacio televisivo cultura y entretenimiento. A priori, la gente puede pensar que no tienen la posibilidad de ir juntas, pero en los concursos demostramos que es todo lo contrario, que se puede aprender de una manera muy divertida.

-¿En todo este tiempo no te han tentado con otros programas?

-No, la verdad es que no. Estoy bastante bien cubierto y desde hace bastante tiempo no tengo ningún ofrecimiento ni paralelo, ni sustitutivo. Combino muy bien lo que significa llevar Pasapalabra por un lado y la literatura por otro.

-¿Cuál ha sido tu mayor metedura de pata leyendo las preguntas?

-Tengo tan interiorizado el programa que un día estaba leyendo una pregunta del rosco pensando en otra cosa... y terminé inventándome la pregunta. Cuando fui consciente paré y dije: «Perdón, perdón... es que no sé lo que te estoy leyendo y creo que me estoy inventando la pregunta». Todo el mundo se rio de mí, lógicamente (se ríe).

-«Pasapalabra» te ha dado muchas cosas a nivel profesional y en lo personal, incluso a tu mujer, ¿no?

-¡Eso es! Dejar Pasapalabra sería muy difícil, porque abandonaría un pedazo muy importante de mi vida. Espero que a la vida del programa, como a mi vida junto a él, todavía les queden mucho roscos que dar.

-El otro día viéndote en una entrevista me entró la curiosidad. ¿A quién llevas en tu cartera?

-A Almudena, por supuesto.

-Ahora estás viviendo el éxito, pero no siempre fue así. ¿Cómo fueron esos momentos?

-Todos los profesionales que trabajamos en televisión vivimos, no con el miedo, pero sí con la sombra de la duda por encima de nuestras cabezas, tenemos que vivir con eso. No tenía ni la intención ni la esperanza de poder volver a trabajar ahí. Y me pregunté: ¿Cómo vivo este fracaso? ¿Dejo que me hunda o permito que me instruya para poder evolucionar? Al final es la escuela de la vida realmente.

-Pero el teléfono volvió a sonar...

-Comprobé que ese dicho de «una llamada te puede cambiar la vida», de verdad pasaba. A mí me pasó. Es una profesión en la que hay mucha envidia, pero también descubrí que había gratitud y confianza, y de repente hay una persona que se acuerda de ti. Y me llamaron. Yo tuve que demostrar que podía ser una persona idónea para formar parte del equipo de Pasapalabra, claro.

-Ibas para profesor, pero acabaste siendo presentador.

-El ser profesor y presentador tienen en común la comunicación, hablas para las personas, en ambos comunicas. Yo decidí arriesgarme, tomé la decisión de coger el tren que solo pasaba una vez y de momento no me he bajado.

-Eres experto mundial en Leonardo da Vinci. ¿Por qué te interesaste por él?

-Fue en el 2009. Estaba saturado de que todo el mundo hablase de la genialidad de los genios, y que luego no me supieran explicar qué era ser un genio. Entonces, como soy buen tauro, me encabezoné y me propuse descubrir al hombre de verdad con sus éxitos y fracasos. Intentar ponerle pantalones vaqueros, mirarle cara a cara y hacerlo comprensible para todos.

-¿Qué es lo más interesante que descubriste hasta ahora de él?

-Lo más interesante y lo que me ha valido el reconocimiento internacional es demostrar que no existe ninguna prueba histórica, artística, literaria o científica que demuestre que la cara que todos tenemos en nuestra mente cuando hablamos de Leonardo, represente a Leonardo da Vinci.

-Como experto en la materia, ¿hay algo de cierto en el «Código Da Vinci»?

-Ni en la película, ni en el libro. No olvidemos que se trata de ficción. No es investigación, no es una tesis... No hay evidencias históricas que respalden lo que dice ahí. Por poner un ejemplo, María Magdalena no está representada en La última cena de Leonardo da Vinci, pero en el hipotético caso de que estuviese representada, que es en lo que se basa todo el Código Da Vinci, no sería ni una herejía, ni un secreto, ni nada... En aquella época ya había muchos artistas que la pintaban en La última cena, no era raro. Vincular a Leonardo con todo lo de la película es pura fantasía, pero bendita fantasía.

-Y si fueras padre, ¿le pondrías Leonardo a tu hijo?

-Sí. Leonardo y Olimpia. A lo largo de mi vida he tenido varias personas o personajes que he admirado, pero cuando creces tus héroes dejan de llevar capa o mallas y se convierten en personas de carne y hueso. Me gustaría que si al final soy padre, mi hijo tuviese las características que tenía Leonardo da Vinci. Porque él nunca dejó de ser un niño, nunca dejó de ser curioso, de ser apasionado, de preguntarse por qué y para qué. Y yo ahora con 38 años tampoco dejo de hacerlo.

-Te defines como friki orgulloso, ¿qué le dirías a los demás frikis del mundo?

-No estáis solos (se ríe). Yo lo soy y con todo el orgullo del mundo. El frikismo se basa en la auténtica pasión y su crítica en la destrucción. Y a mí la destrucción me resbala bastante.

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