Somos los más divertidos de la playa

ELLOS NO SE ABURREN al sol. Si extienden la toalla es para jugar al Uno y si no, no paran: voleibol, carreras por la arena, ejercicios en las barras... cualquier actividad es buena para pasar el mejor verano

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CAROLINA D. GONZÁLEZ-BESADA S.F

¿Quién no se ha pasado horas jugando al Uno en la playa, haciendo castillos de arena o peleándose por ver cuál de nuestros amigos es el mejor en el voleibol? Hay gente que jamás se aburre cuando pisa la arena y busca la mejor excusa para disfrutar del verano sin necesidad de tumbarse a tomar el sol. Andrea, Lidia, Jaime, Alicia, Álex, Raúl, Sara, Jorge, Carlos, Mario, María y Nicandro, (de izquierda a derecha en la imagen) se conocieron en el instituto de Monelos cuando empezaron la secundaria y desde entonces son grandes amigos. Ahora están en la universidad, pero la playa les sigue uniendo cada vez que llega esta época. Son fijos de la de Oza. «Para nosotros es genial porque es la que tenemos al lado de casa y todos vivimos por esta zona, así que venimos a diario», dice Lidia.

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Este grupo se divierte de todas las maneras posibles y hacen de la playa un campo de juegos donde aburrirse no es una opción: «Organizamos nuestras pachangas al fútbol siempre que podemos y cuando alguien se olvida la pelota no perdemos el tiempo y hacemos una buena batalla al Uno», dicen riéndose. «También jugamos al culo o al cuadrado; en estas partidas hay que ser el más rápido y el que antes se queda sin cartas gana», añade Sara.

Verlos aparecer por la playa es todo un espectáculo porque son tantos y vienen tan cargados que es imposible que no llamen la atención. Además del balón, las cartas y las mochilas, traen comida para pasar todo el día. La playa es para ellos mucho más que mar y sol. «Tenemos tantas toallas que a veces no las podemos contar, pero solo las traemos para guardar el sitio porque no tomamos el sol en todo el día», dice Andrea. Su parcela bien podría competir con las de San Juan, no les hace falta acordonarla pero tienen metros cuadrados suficientes como para construirse un chalé.

Es habitual verlos llegar a primera hora de la tarde, guardan su sitio desde las cuatro, y suelen quedarse hasta las ocho. «Aprovechamos todo el tiempo que podemos hasta que empieza a dar la sombra», apunta Mario. Por la orientación de la playa, el sol se recoge antes, pero dura lo suficiente como para que disfruten de todo el día como cuando eran niños. Solo se atreven a pisar la playa a partir de junio y hasta septiembre no hay fallo.

PARTIDAS INTERMINABLES

¿Por qué sobre todo están enganchados al Uno? «Es un juego muy rápido, en el que tienes que ir tirando las cartas por colores o por números -explica Nicandro-, a veces algunas de las jugadas lo revolucionan todo porque no te dejan tirar durante una ronda o tienes que coger más cartas que el resto, y si te toca un comodín, puedes cambiar el color de la partida y fastidiar a tus compañeros. Gana el que antes se queda sin cartas, que suele ser Sara», dice entre risas.

En caso de que te toque perder, ellos tienen sus propias reglas para vengarse y pasar un buen rato. Quizás te toque el escarmiento de que te metan en el agua helada o tengas que rascarte el bolsillo e invitar a todos a unas cuantas bolsas de patatas. Los días que tienen suerte, este grupo aprovecha la oportunidad que les bridan otros playeros que traen su propia red de vóley, porque esta playa tiene el suficiente espacio para montarse un buen campo improvisado. Cualquier actividad es buena con tal de no estarse quietos. Otra opción para los habituales de esta playa es divertirse con las bolas gigantes de goma que muchos se traen de casa para jugar en la arena dando botes. Se suben encima e intentan aguantar el máximo tiempo posible sin caerse.

Para estos jóvenes el verano es sinónimo de playa, diversión y deporte, e imaginar lo contrario les parecería imposible. Sus míticos campeonatos no terminarán hasta el último día de agosto. Nosotras nos hemos cansado solo de verlos y las vacaciones para ellos no han hecho más que empezar, seguro que no faltarán ni un día a la playa. ¿Y tú cómo te diviertes?

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Marta, Alberto, Gabriel y Silvia son cuatro amigos amantes del deporte y una de las cosas que más les gusta es disfrutar jugando juntos al voleibol en las playas de Galicia. «Venimos a la playa porque es donde más espacio tenemos para tirarnos a volear la pelota, y es un sitio en el que podemos montar la red con libertad», explica Marta.

Este simpático grupo disfruta de este conocido deporte desde hace ya mucho tiempo, tanto que ni ellos lo recuerdan. La red que llevan a la playa está con ellos desde hace 8 años nada menos. La compró una amiga del grupo y desde entonces, gracias a ella, las tardes veraniegas son mucho más entretenidas. Tienen la costumbre de bajar a la playa por la tarde, aunque, como dice Marta, les gusta más ir a primera hora: «Si hace bueno, algún sábado por la mañana también venimos aquí, porque si madrugamos hay menos gente y es más fácil montar la red». Sus tardes en la playa pasan volando entre partido y partido, en los cuales no solo se enfrentan entre ellos en la arena, sino que, a lo largo del día, es bastante común que otros playeros se unan a la partida aportando algo más de emoción al juego. «Siempre que viene alguien y nos pide jugar, no tenemos problema. Esto no es un coto privado. Es cierto que es nuestra red y la montamos nosotros, pero si quieren participar estamos encantados», explica Alberto. Una de las cosas que más les gusta es que gracias a esta actividad conocen a mucha gente. «Varios de los amigos con los que cuento hoy en día, los conocí un día como este de playa», recuerda Silvia. Además de disfrutar con el ejercicio, estos cuatro compañeros suelen compartir un baño cuando terminan cada partido y así consiguen refrescarse después de tanta actividad... Un chapuzón que para Gabriel, que es de Canarias, eso sí, le refresca un poco más de lo que le gustaría: «Al principio está bastante fría, pero luego te acostumbras y no está tan mal. Hay días y días también... », aclara entre risas.

Y es que las playas de Galicia son irresistibles sin duda alguna, pero la temperatura del agua es solo para los más valientes.

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Leonardo es un hostelero brasileño enamorado del deporte, su pasión es correr por la playa, y su debilidad, pasar tiempo con su hija. Todos los días del año cumple su sueño haciendo las dos cosas. Lleva 10 años viviendo en España y está feliz de tener al lado de casa el Atlántico. «En mi tierra no tenemos mar, pero sí unas playas de agua dulce que molan mucho», cuenta, y es que Maranhão, que es la región donde nació, se caracteriza por sus grandes dunas e impresionantes paisajes y es la arena precisamente el lugar preferido de este deportista, ya que ahí es donde realiza los mejores entrenamientos. La playa es su válvula de escape, escuchar el sonido del mar mientras libera endorfinas es su plan perfecto para acabar el día. «Suelo venir solo a correr, aunque a veces me acompaña un amigo, y cuando sale el sol siempre viene mi familia», afirma. Es más de invierno que de verano, le gustan los días que no hace tanto calor porque suele haber menos gente. «Si se llena la playa no puedo correr a gusto, no me queda espacio para mis entrenamientos», explica. Si está nublado, él lo celebra, mucho mejor para ponerse a tono. Y es que, aunque solo tenga un descanso de media hora, aprovecha para venir a correr a la playa.

«Me paso todo el día encerrado en un local-dice Leonardo- vengo aquí para pasármelo bien y respirar un poco». ¿Y quién no se ha sentido lleno de tranquilidad dando un paseo o corriendo por la playa? Él lo sabe y por eso no se lo pierde, pero le gusta la soledad de la arena. «Hago más ejercicio si corro aquí que si voy por el asfalto, se ejercita mucho más». Su estado natural es verle volar de una punta a la otra de la playa y cuando las piernas ya no pueden más, pasa a colgarse de los brazos con las barras y máquinas que hay adaptadas en el parque. No para. Es otro de los casos extraordinarios, porque siempre va a la playa pero nunca se baña. «No me gusta meterme en el agua porque está muy fría, no me acostumbro todavía», dice. Y mientras él hace deporte, Nicole, su hija, se queda haciendo castillos de arena, no es tan deportista como su padre. Son playeros por excelencia y exprimen la playa al máximo, aunque siempre desde la barrera, sin tocar el agua.

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