Ávidos como estamos de buenas historias, la plataforma Netflix nos acaba de dar una excusa argumental para un bombazo. Según reportes recientes, la empresa ha prohibido que durante los rodajes de sus producciones el personal técnico establezca miradas que superen los cinco segundos. La norma ha sido acordada tras un training general en el que los trabajadores han sido instruidos para reconocer el acoso sexual en todas sus formas. Y las miradas largas estaban en el catálogo. El arsenal legislativo de la empresa la protegerá de personajes como Kevin Spacey, que según supimos gracias al ventilado general del Metoo se dedicó a depredar jovencitos durante años.
Los excesos del genio le han salido muy caros a Netflix, obsesionada ahora con evitar que el siguiente crac de la escena acabe devorado por los rigores de una libido descontrolada y delictiva. Entre el mercado de la carne que durante años fue Hollywood y las miradas de cinco segundos ha emergido un nuevo mundo que empezó siendo más justo pero que amenaza con convertirse en el siguiente capítulo de Black Mirror. Tras quedar inaugurado el estándar del vistazo correcto proponemos crear un cuerpo policial pertrechado con cronómetros de alta precisión que nos acompañen en la vida y nos vayan señalando cuándo el tiempo de nuestra mirada se aproxima a un abismo. Estos agentes podrían hasta perfilar un catálogo de ojeadas en el que se describiesen los diferentes tipos y los rasgos de sus intenciones. Ahí ya vemos la mirada libidinosa que conocemos desde que habitamos la tierra, pero hay otras de largo alcance que, aunque prolongadas, están exentas de malas intenciones. La más arriesgada puede que sea la de carnero degollado, esa mirada perdida y sostenida en el tiempo que proyecta una persona enajenada en sus pensamientos y que en realidad atraviesa el cuerpo de quienes se cruzan en su radar aunque desde fuera pareciese escrutadora. El problema es que durar, dura; con lo que ya veo a la policía de los 5 segundos retener a la fuerza a quienes trasladen a sus ojos un instante de reflexión desmadejada para colocarles un antifaz de castigo que zanje de raíz el atrevimiento.
Hay algo paradójico en esta sujeción de la vista en una empresa que hace películas. El cine es sobre todo miradas, la de los buenos actores y la de los creadores que interpretan el mundo con puntos de vista originales. Lauren Bacall proyectaba sus ojos de tal forma que fue apodada como The Look y de algunos golpes de vista de Brando todavía no nos hemos recuperado. Nadie puede presumir de haber vivido si no ha sido bendecido con algunas miradas básicas que nos convierten en personas: la de papá, la de te quiero tanto, la de te como entera o esa mirada indiscutible que mantienes con una hija y que es una conversación para toda la vida. Las miradas seguirán sin matar pero de momento ya hemos convertido algunas en un delito.