Esto sí es currarse la felicidad

GANARSE LA VIDA DE VERDAD. Hay quien sostiene con ingresos eso de «Yo hago lo que quiero». Ellos dan una sonrisa por su empleo. Celebramos el 1 de mayo con una pareja que recorre el mundo, un cura en la gloria, un atleta de la gastronomía, una bióloga experta en sembrar vida y una profe que enseña a los adultos a firmar su futuro


Hay quien se gana la vida con fundamento, felizmente. Quien se emplea la vida como quiere con ingresos. Chris Oliveira e Inês Nunes sonríen al hablar de trabajo. Esta pareja de gallego y portuguesa está de vuelta de un año «asiático». Aunque ha tenido momentos de relax, ha sido un año de trabajo repartido en 11 países. Los empleos que tenían antes de emprender la aventura que cambió el rumbo de sus vidas (¡síguela en el blog RandomTrip!) «no daban más que para un mes de viaje al año, y sabía a poco», dice Chris, de Cambados, consultor SEO, responsable de la estrategia y el tráfico en webs de empresas de primer nivel. Inês, de Setúbal, copywriter y social media, es experta en gestión y dinamización de redes sociales con clientes con Homeaway, y colabora con artículos sobre feminismos y viajes en la web Tourse. Así se ganan la vida, y desde hace más de un año, viajando por el mundo. Dan fe: puedes ganarte la vida sin atarte a un lugar, pero «no es perfecto, y esta vida nómada tiene que ir contigo». Si trabajas en mundo digital, y solo necesitan un ordenador y una conexión a Internet, como esta pareja, será más sencillo. «En el viaje que hicimos a Sri Lanka en el 2014, conocimos a los nómadas digitales, gente que trabaja en el mundo del márketing, como nosotros, y se gana la vida sin necesidad de atarse a una oficina. En el 2016 dimos el paso», revela la pareja. Pidieron una excedencia de un año en sus trabajos en Madrid «por si la cosa no salía bien», pero pensando en un cambio definitivo de vida. Y salió bien. Entre los atractivos del viaje infinito está que «puedes estar donde quieras cuando quieras, con la única condición en nuestro caso de una conexión a Internet. Tú gestionas tu tiempo -afirman-. Vas viendo tus ingresos según el país en el que te encuentras. Un país donde el coste de vida es menor te permite trabajar menos horas; necesitas menos ingresos».

EL DADO DE LA SUERTE

«Viajar sin los días contados» es otra ventaja. ¿Y los hándicaps? «La lejanía de la familia y la inestabilidad», dicen. Chris e Inês son autónomos, y al echarse a la espalda la mochila para ponerse el mundo por montera perdieron la seguridad del empleado. Ser freelance, autónomo, a su manera es estar hoy bien «y mañana quizá perder uno o dos clientes...», dice Chris, que cuenta que los primeros meses de su aventura fueron duros. «Partimos de cero. Nos costó encontrar clientes, pero mal no hemos llegado a estar -valora-. Nos dijimos que si bajábamos de un límite de dinero volveríamos. Y felizmente, no ha sido así».

El viaje empezó en Timor Oriental, país que se encuentra en «el podio emocional» de Inês. «Fue colonia portuguesa. Después sufrió una invasión genocida por parte de Indonesia y hoy está recuperando el portugués. Simbólicamente era muy bonito para mí empezar allí», asegura ella.

Su ruta se fue haciendo sobre la marcha, dicen, con azares, apetencias, visados y tiempos, y se explayó en Asia: «Lleva su tiempo conocerla si viajamos como nos gusta. Cuanto más viajamos, más tiempo queremos estar en cada sitio». En sus decisiones influye, entre otras cosas, el clima: «Que ahora hay monzón en Indonesia, pues ya vendremos después. ¡Nos vamos a Vietnam!». Así.

Sugieren como destino estrella Sri Lanka y hoy tienen su base en Lisboa, pero no dejan de moverse por el mundo. Se han metido en la mochila 11 países en su año asiático, y no saben cuántos van desde que viajan juntos. «Se nota que somos poco de números y más de experiencias», dice Inês.

¿Siempre de acuerdo o manda uno? «Solemos estar de acuerdo, pero tenemos un dado que lanzamos si no hay consenso. El «¿Dadónde vamos?».

«LA DE CURA ES LA PROFESIÓN MÁS FELIZ DEL MUNDO»

«Mil veces naciera, mil veces sería cura». El que habla es José Carlos Alonso, el párroco de la iglesia de Santa Eulalia de Liáns (A Coruña, 1965), que asegura que el suyo es el mejor trabajo de todos: «Mi profesión es, según Forbes, la más feliz del mundo. No vives para ti, vives para los demás. Como diría la madre santa Teresa de Calcuta, el que venga a ti debe marchar siempre un poco más feliz». Lo que más le gusta, comenta, es ayudar: «Haz el bien y no mires a quién. Hay que ayudar al que entre por la puerta, sea católico, musulmán, ateo, de izquierdas o de derechas». El padre Alonso cumple con esta misión de muchas formas diferentes. «Yo dedico una gran parte de mi tiempo a buscar trabajo para el que no tiene. En la misa estoy media hora cada día, pero en el despacho paso otras cuatro. Y cuando digo en el despacho no me refiero a estar entre papeles. Viene gente que necesita ser escuchada, porque está sola en medio de los demás. Otra gente busca una ayuda inmediata básica, como el alimento. Llamas a un sitio, llamas a otro, preguntas... A lo mejor de cada cien favores que pides te hacen veinte, pero son veinte vidas solucionadas», concluye. ¿Y al confesionario, sigue yendo mucha gente? «Hay personas que van al confesionario tradicional, que es el de la iglesia, de madera, con una rejilla, pero tengo mucha otra que viene a la salita que tengo detrás de mi despacho, donde hablan, ríen, lloran... y se marchan consoladas. Igual empezamos hablando del Deportivo-Madrid y acabamos con la confesión». En sus 26 años como cura ha oído de todo, aunque le quita hierro al asunto: «La patente de los pecados la tiene Adán, así que no hay nada inventado. Creo que me he enfrentado a todos los pecados, porque todos los hombres somos capaces de los mayores errores y de los mayores horrores».

Es tontería preguntarle cuánto dura su jornada, que empieza cuando se levanta cada mañana a las siete menos cuarto para leerse las 13 ediciones de La Voz. «Mi jornada dura las 24 horas del día. Nosotros solo nos retiramos con un traje de pino y nos vamos a un apartamento de 2x1. Hasta entonces, estamos todo el tiempo trabajando porque el cura, es cura siempre. No es un trabajo de 8 a 8», cuenta este párroco que no tuvo siempre clara su vocación: «Antes de ser sacerdote estudiaba Psicología, y no creí que este fuese mi camino. Pero cuando Dios se empeña en que seas cura, monja o casado, aunque tú no quieras, él sí quiere. Cambié el diván por el confesionario. Lo que hacía antes cobrando, que es atender a la gente, ahora lo hago gratis. Pero cuando uno no trabaja para sí y lo hace para los demás, ya tiene su recompensa. La felicidad es esa».

«COMER EN LOS MEJORES SITIOS TIENE SU PARTE DURA»

A quién no le llama pasarse la vida viajando y comiendo. Gratis. «Como Dios y mejor que vosotros que vais pagando». «Me lo han dicho muchas veces, que mi trabajo era envidiable pero tiene su parte dura», reconoce Rafael García Santos, uno de los críticos gastronómicos más reconocidos de nuestro país. Durante 32 años se dedicó básicamente a comer y a contarlo. Se metía una media de 20 platos al mediodía y otros tantos a la noche, lo que hace un total de 400 restaurantes al año durante tres décadas. No se asusten, su peso siempre osciló entre los 65 y los 70 kilos, gracias a que después de una semana poniéndose las botas, tenía asumido que el sábado y el domingo tocaba hacer dieta. «Tenía que perder lo que había cogido para volver a salir. Hay temporadas en las que engordas más o menos, depende del tiempo que pases en ruta o en la oficina, porque si estaba escribiendo no paraba ni para comer», reconoce este empresario vasco.

Se ha sentado a la mesa de los mejores restaurantes del mundo, y no una, ni dos... Hasta 35 veces ha comido en El Bulli, «y uno ya no es capaz de motivarse como si fuera la primera vez». Sin subestimar a la alta cocina, a Rafa le pierden los platos populares, «es que los percebes, o la tortilla de Betanzos, que es la mejor del mundo, o el cocido de Lalín...». «El mundo va cambiando. El bacalao a la vizcaína o la paella siempre han sido nuestras insignias, pero el bacalao ya apenas... Hoy el pulpo á feira está en todos los bares de nuestro país, es una de las tres recetas más importantes de nuestra gastronomía y quién nos lo iba a decir», explica Rafa, que reconoce haber rebajado de categoría a todos los cocineros de España. Unas reseñas por las que ha recibido presiones, sufrido conspiraciones y provocado enemistades. «No te creas que en la gastronomía hay más ética que en la política», reconoce.

Este atleta de la gastronomía señala que esta profesión no es tan idílica como puede parecer. «Esto no va de ir un día a la semana y escribir, que es lo que puede hacer un cronista, lo mío era diferente, trabajaba para radios, periódicos, guías, congresos... Al final trabajaba una media de 14 horas. Al principio lo haces porque te gusta comer, pero al final el proyecto personal y la empresa te aporta más que la gastronomía». Ahora se dedica a la bolsa, come lo que le da la gana y es igual de feliz. «A mi mujer no le gusta la alta cocina, así que ahora somos más de cocina de producto».

«CUANDO ME JUBILÉ NO PENSÉ QUE ME PONDRÍA A DAR CLASE»

«Tiiiii-la, muy bien Veva». «María, qué, ¿nos peleamos con los números, no? Tres por nueve veintisiete, llevas dos...». «A ver, Generosa, lee». «Non sei tanto». «¡Buenooo, será ahora que no sabes!».

Esta es solo una pequeña parte del recorrido que Rosa María Martínez (A Coruña, 1948), la profesora del curso de alfabetización para adultos del centro cívico de Monte Alto, en A Coruña, hace cada martes y jueves entre pupitres. Si hay algo de lo que está llena esta aula, es de ilusión. Ilusión a pesar de la edad y de las circunstancias.

Observo la clase y noto que me empiezo a contagiar de sus ganas de vivir. Mientras, Rosa sigue supervisando y se detiene en una alumna. «Aquí tienes que poner una mayúscula, los nombres propios siempre la llevan, aunque no vayan después de un punto», indica. «No lo sabía», responde ella. Es Aida Barrul (A Coruña, 1981), que a sus 37 años es madre de tres hijos, está a punto de ser abuela y saca tiempo para acudir a estas clases. «Si quieres, puedes», repite incesantemente como un mantra esta valiente que no necesita otro impulso que el que se da a ella misma para ir a clase.

«A mí me da mucha vergüenza llegar a un sitio, que me den un papel para rellenar y trabarme. La profesora lo sabe, a mí la b y la v me van fatal, y las cuentas. Nunca estudié porque mis padres marcharon para Tenerife, crié yo a mi sobrino, me casé muy jovencita, empecé a tener hijos y no tenía tiempo para mí. Y ahora me lo planteé, me enteré de este curso y aquí estoy».

Aida rompe las estadísticas en cuanto a la edad media de maternidad, pero no quiere que su hija siga sus pasos. «Yo siempre digo que se reflejen en mí y que estudien, que no esperen ayudas, que se busquen la vida por ellos mismos. A ver ahora que, además de la mayor, tengo una niña de catorce años y otro niño de dos, que va a ser tío con dos años y medio», cuenta. ¿Cómo se lo tomaron en tu entorno?, le preguntamos. «Muy bien, mi padre me dijo: ‘Hija, nunca es tarde si la dicha es buena’. Él tiene una letra preciosa... Fue padre también muy joven, con 15 añitos, y tuvo que dejar los estudios, una locura. Tiene 60 años cumplidos el otro día y ya tiene un bisnieto de 5», relata.

Aida no sabía escribir en minúscula, pero va avanzando con paso firme, al igual que sus compañeros. Cuando llegó y vio a personas mayores, no se echó atrás. «Son muy, muy majos. No notas rechazo ninguno, y eso me gustó mucho», dice la chica, que se abre aún más: «Yo soy independiente, pero soy de etnia gitana, y son muy estrictos. Cuando te casas ya parece que no tienes derecho a nada, pero yo no soy así. Yo siempre viví en la Sagrada Familia y me fui a vivir a Monte Alto hace un año y medio, y estoy encantadísima. Yo soy así y a mí nada me va a hacer cambiar», zanja.

LOS TEMIDOS DEBERES

Le comento lo importante que es que cuente su decisión de mejorar la escritura y el cálculo para inspirar a otras personas a hacerlo. Y es que Aida no viene a estas clases porque forme parte de ningún programa de formación ni de búsqueda de empleo. Acude por su propia iniciativa. «Yo con los deberes de mi hija me desespero, porque me dice: ‘Ayúdame a hacer esto’. Y yo le digo: ‘Imposible, no te puedo ayudar porque no sé’. Con las tablas me pasaba lo mismo, y eso es vergonzoso en la época que estamos. Así que tuve esta oportunidad y no lo dudé. Ahora voy a dedicarme un poquito a mí, que ya es hora», indica.

«Me gustaría que siguieses viniendo, que no te corte que el horario sea este. Si me dices: ‘Rosa, tengo que venir antes o después’, yo vengo. Lo que no quiero es que lo dejes. Es un orgullo tener alumnos así», le insiste su maestra. Rosa tiene 4 niveles dentro de su aula de 12 alumnos, y Aida no parte del de iniciación. «Ella no tiene problema con la escritura. Sí que es verdad que tiene errores de ortografía, pero lee con soltura y discurre muy bien. Lo que pasa es que le falta dominio de las reglas de cálculo básicas, aunque como siga viniendo eso lo consigue enseguida», defiende.

Tiene mérito que una maestra siga con semejante vocación a pesar de estar jubilada. Porque Rosa hace esto de forma voluntaria después de toda una vida dedicada a la enseñanza. «Yo vine aquí a anotarme a yoga y se me presentó la necesidad delante de mis narices. Estaba Generosa pidiéndole a una persona que mirase en la lista si ella estaba, porque no sabía leer. Luego comentaron que el grupo que tenía la formadora era demasiado grande, y que teniendo a gente que no sabe leer es muy difícil avanzar. Me lo propusieron y dije que lo pensaría, porque no lo tenía en mis planes, ¡estaba recién jubilada! Pero mira, antes de llegar a casa di la vuelta y me ofrecí», recuerda. Cinco años después dando clases de hora y media los martes y los jueves, no se arrepiente: «Es muy gratificante. Yo tuve a muchos niños, pero nunca a adultos. Siempre había tenido que ser yo la provocadora del interés, y en este caso es al revés. Ellos traen el interés, la ilusión por aprender, no faltan nunca y hasta se vuelven locos para que no les pongan falta cuando no vienen por alguna cita médica. Aquí hay una alumna, Pilar, que cuando empezó venía caminando, después lo hizo con un tacataca y ahora viene con su silla de ruedas». Aquí todos vienen porque quieren. No hay sueldos ni notas de por medio.

«Cada persona nace con dones. Es muy bonito tenerlos, y quedártelos, porque son tuyos. Pero compartirlos es mucho más gratificante», dice. Y en esta clase eso se palpa cada día.

 «CUANDO LOGRAMOS UN EMBARAZO ME SIGUE PARECIENDO UN MILAGRO

Hay oficios que nos dan la vida y hay personas, como Mariana García, que literalmente nos la dan, que trabajan con el principio de la vida. Son personas capaces de hacer el milagro de los milagros: que una mujer traiga un hijo al mundo cuando por diversas circunstancias no podía. Por eso Mariana se atreve todavía, 30 años después de iniciarse en una profesión que le apasiona, a confesar que su trabajo es mágico. Y la maga es ella. La persona capaz de unir en el laboratorio el espermatozoide con el óvulo, de cuidar y vigilar la división de esa célula hasta que días después le es transferido el embrión a una mujer.

Cuando empezó la universidad, Mariana se imaginaba «salvando delfines» porque la biología entonces prácticamente se asociaba a la zoología. «Yo me veía en el Calypso con Jack Cousteau surcando los mares», recuerda, pero un día lluvioso, cuando iba ya en tercero de carrera, la casualidad la llevó a entrar en una conferencia de Vicente Goyanes. «Me quedé impactada, fue la primera vez que alguien me hablaba con ese magnetismo, con ese entusiasmo de la genética. Fíjate si me quedó grabado, que a falta de puntero, Goyanes usó el paraguas para ir dando sus indicaciones en la pizarra». El destino de Mariana viró por completo en ese instante y, sientiéndolo por los delfines, los gallegos ganamos una «madre» a la que muchos no saben aún cómo agradecer su dedicación diaria (no hay ni domingos ni festivos en una profesión así). Mariana empezó la tesis con cultivos celulares, y al poco tiempo surgió la posibilidad, en 1989, de que el Chuac fuese el primer centro público gallego de reproducción asistida. Que fuese un hospital de referencia, y casi al iniciarse como unidad de reproducción llegó su primer éxito: el embarazo de Montse, que hace solo unas semanas contó en YES cómo al séptimo intento consiguió tener un hijo, Manuel, en ese centro.

«¡Como para olvidarlo -dice Mariana-, creo que aún tiemblo de emoción, porque además fue muy pronto, solo llevábamos seis meses cuando conseguimos ese embarazo, y pensé: ‘O somos muy buenos o qué suerte hemos tenido’». Las dos cosas se mezclaron porque ahora hay muchas Marianas y Marianos por Galicia adelante. ¿Sabrías decir cuántos? «¡Uf, no sé, miles!». «Lo que sé es que no tantos como nos gustaría, porque todavía falta mucho por controlar. La implantación del embrión sigue siendo el santo Grial; pero se ha avanzado muchísimo». «Yo sigo enamorada de esto, porque me encanta», confiesa la bióloga, que también se ha hecho a los malos momentos. «A veces la ciencia no llega, y por lo menos intentamos acompañar a la gente a cerrar una etapa de su vida». Ahora por la sanidad pública se permiten tres intentos de fecundación y dejan que la mujer decida si se pone uno o dos embriones, pero que se produzca el embarazo o no sigue siendo un misterio. «Los biólogos ya no decimos si un ciclo es bueno o es malo -apunta-. He partido de células aparentemente perfectas y no se ha conseguido y de otro material no tan idóneo que sí ha prendido». Y aunque por supuesto mantienen el anonimato de la gente, mucha se le acerca con sus hijos para decirles: «¡Mira, esta es tu ‘madre’!». Personas como Mariana, ya lo ven, nos dan la vida.

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