El que la sigue la consigue

ELLOS ERRE QUE ERRE... Desde la profe que se puso a estudiar carrera y a opositar con un niño pequeño hasta el chico que abrió su propio negocio o la mujer que, con 45 primaveras, tardó dos años en sacarse el carné de conducir. Hoy toca quitarse el sombrero ante los que no desisten en la lucha por cumplir sus sueños, incluido el de ser madre tras siete fecundaciones

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La de Eva es una historia de superación. La vida le llevó a hacer algunas cosas demasiado pronto, lo que la obligó a retrasarse en otras. Pero dicen que nunca es tarde si la dicha es buena, y ella consiguió ponerse a estudiar Magisterio con 24 años para después aprobar la oposición de profesora de Educación Infantil. Si se lo hubiesen contado cuando se casó embarazada recién cumplidos los 19, o cuando se divorció cinco años después quedándose a cargo de su hijo, no se lo hubiese creído. «Empecé a estudiar tarde porque tuve un hijo con 19 años. Trabajaba en las tiendas de Don Bacalhau y había empezado ADE. Pero a los cinco años me separé. Quería darle una estabilidad a mi hijo, y yo sabía que valía para algo más que vender bacalao», recuerda Eva. Consiguió sacarse la carrera a curso por año, a pesar de que compaginaba las clases por las mañanas con el trabajo en la tienda por las tardes y estudiaba por las noches mientras su hijo dormía. «Él tenía cinco o seis añitos, y yo aprovechaba el insomnio para estudiar porque no podía permitirme el lujo de dejarlo para el último día», dice su madre, que contó con la ayuda de sus padres para poder compaginarlo todo.

Ya con su título universitario de profesora, decidió ponerse a opositar. Y así transcurrieron cinco largos y dolorosos años. «Fueron los peores de mi vida», afirma. Su camino al aprobado no estuvo exento de piedras. «Me presenté a la primera convocatoria y suspendí, no me quedé ni a las puertas. Fue un palazo. Dije: ‘¿Cómo puede ser que después de estudiar tanto no haya conseguido nada?’. Yo, hasta ese momento, estaba acostumbrada a estudiar y aprobar», cuenta. Al año siguiente, vuelve a intentarlo pero más desmoralizada y sin estudiar tanto, por lo que el suspenso no le pilla de sorpresa.

A la tercera tampoco fue la vencida. Se presenta de nuevo y saca una pedazo de nota, más de un nueve, «pero me quedo a las puertas por un cero coma cero nada... Porque fue el año en que les dieron las plazas a los interinos, que tenían ya puntos por experiencia y les hacían media sin ni siquiera aprobar el examen». En su cuarto intento se presenta dando ya clase, porque estaba en las listas de sustitución, pero fracasa otra vez. La quinta convocatoria fue la suya. «Me dije: ‘O lo quito, o me tomo un año sabático, porque no puedo más’». Eva se tomó su propio ultimátum tan en serio que se puso a ello con todas sus fuerzas. «Estudié tanto que ya no era yo. Aprobé con muy buena nota y entré sin problema. Mi hijo tenía 12 añitos y estudiábamos juntos en una habitación en la que ya teníamos un escritorio cada uno», relata.

Conseguirlo fue como ganar una auténtica guerra contra sí misma. «Cada mañana estudiaba de cinco a siete, después me daba una ducha y me iba al trabajo. Después llegaba, comía y me ponía otra vez de cuatro de la tarde a diez de la noche. Y así todos los santos días, excepto los sábados que me levantaba a los ocho y los domingos, en los que le dedicaba la tarde a mi hijo», indica. Y cuando viste que habías conseguido la plaza, ¿cómo reaccionaste?, le preguntamos. «Lloré lo imaginable; lloré, lloré, lloré... Me decía mi madre: ‘No me lo creo’. Y yo le decía: ‘Yo tampoco’».

Desde la distancia que aporta el tiempo, sigue emocionándose cuando recuerda todo aquel sacrificio. «Me vienen las lágrimas a los ojos. Fue una lucha dura, dura. Tuve todo en contra. Después mi madre cayó enferma, pero por lo menos se fue con la tranquilidad de saber que lo había conseguido». Y añade, sospechamos que porque aún no es consciente de la grandeza de lo que hizo, que le costó tanto porque «no soy una persona muy inteligente, no tengo mucha capacidad de memorización». Eso cree ella.

Quizás movida por el deseo de que otros ganen su misma lucha, hoy en día compagina su trabajo como profesora con el de formadora de oposiciones en la Academia Postal de Vigo, la misma en la que las preparó ella. «A mí también me entra la angustia, porque sé por lo que están pasando», afirma.

Pero todo eso quedó atrás. La amplia sonrisa con la que nos recibe en su clase del CEIP Montemogos de Beluso, en Bueu, resume lo feliz de su final. «Ahora estoy dando clase en Infantil, que es mi locura, es el mejor trabajo del mundo. Lo que te da el alumnado de Infantil no te lo da otro», señala. ¿Cansa? Por supuesto. «Tienes que estar siempre con los cinco sentidos, pero cuidan ellos de ti y tú de ellos. Cuando estás tú mal, ellos lo notan y se portan mejor que nunca. Soy estricta, pero también les doy muchos mimos», dice esta madre y profe coraje que se ha ganado a pulso el premio de su vida.

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 Alberto Amarelle: «Yo quería triunfar y no ser empleado de nadie»

Alberto Amarelle tiene 31 años ahora y una filosofía de vida: no perder tiempo. Él lo tuvo claro desde los 17, cuando dejó los estudios, «quería triunfar joven y no ser empleado de nadie», así que puso todo su empeño en trabajar duro. «Con 40 años quería vivir bien -apunta-, veía a mis tíos que tenían bares y pensé que esa podía ser una buena posibilidad». Primero montó una pizzería, pero no le fue bien, dejó la hostelería unos meses en los que se dedicó a vender purificadores de agua, enciclopedias, y tras trabajar unos años en el café Siboney de cara al público («fue toda una escuela de cómo funciona un negocio, les estoy muy agradecido»), decidió que él también quería tener el suyo propio. Ahora tiene dos locales, uno de copas, La Sastrería, y otro en el que se ha enfocado a dar comidas saludables apostando por la plancha y el horno en El Taller de la Sastrería, al que dedica la mayor parte del tiempo.

«Para mí está siendo un motivo de satisfacción, echo muchas horas aquí, porque también soy el cocinero, aunque mi madre me ayuda con los platos de cuchara sobre todo, pero yo no sé vivir de otra manera. Tiene que haber gente con fe y gente que no la tenga, hay personas que prefieren una vida cómoda, pasear por la tarde con su pareja y hay otras, como yo, que elegimos estar siempre con el límite al cuello», dice. Alberto mide su vida en hechos: «Primero tuve un piso, luego un hijo, luego un negocio, después una hija, otro negocio y aquí estoy, pensando en un tercer local». Él es de los que cree firmemente en eso del que la sigue la consigue, sin embargo también sabe dónde puede estar el límite. «Manejar más de tres locales bien es complicado, por eso creo que si salen las cosas bien, después de ahí me planto», apunta antes de darme otra de sus claves: «Yo estoy orgulloso de todo lo que he hecho, nunca he tenido que pedirle dinero a nadie y no me siento esclavo de mi trabajo. Soy feliz viendo a mis clientes felices». ¿Dirías que lo has conseguido? «Sí, sí. Tengo solo 31 años, ¡con 40 habré cumplido!».

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María Sánchez: «Tardé dos años, pero conseguí sacar el carné»

Dos años, tres renovaciones de matrícula y seis convocatorias de examen. Estas son las cifras de la odisea de María Hortensia Sánchez para sacarse el carné de conducir. Ahora que acaba de conseguirlo, está emocionada y muy agradecida a Xabier y a David, profesor y director de la Autoescuela Cantón de Ferrol, sus salvadores. «Si volviera a sacar el carné, volvería allí. Te dedican el tiempo que necesitas, te dan facilidades según tu situación... Son muy profesionales y me dieron un trato buenísimo», repite una y otra vez. Y es que María llegó a esta autoescuela rebotada de otras dos en las que la experiencia no había sido tan buena: «Yo necesitaba a alguien que me diese seguridad, que es lo más importante, no que me pusiese más nerviosa».

A pesar de que aprobó el teórico a la primera, el práctico se le atragantó: «Aparcar se me daba muy bien, pero yo le tenía miedo a la carretera, a los coches, a los que me venían de frente...». Los nervios le jugaron no una, sino muchas malas pasadas. «Yo no veía nada, ni oía lo que me decía el examinador. Una de las veces, la examinadora me dijo: ‘Tú sigue recto hasta que yo te diga que te desvíes’. Y yo seguí recto, pero me desvié a una calle en dirección prohibida, que la señal más grande no podía estar...», recuerda. Con tanto contratiempo, estuvo a punto más de una vez de tirar la toalla: «Estaba desanimada, con la autoestima baja, quería abandonar. Pero Xabier y David me animaron y me dijeron: ‘Venga María, que ya verás como apruebas’. Y me costó, pero lo conseguí». Tampoco había tiempo para detenerse con una niña y un trabajo que le obliga a desplazarse. Dos razones de peso para sacarse el carné sí o sí. Y dos años y unos cuantos malos tragos después, es capaz de resumir en una sola palabra lo que sintió al ver el aprobado: «Emoción». Aquí la tenemos, con una sonrisa de oreja a oreja y presumiendo de su L de conductora novel a los 45. En cuanto compre el coche no va a haber quién la pille...

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Montse: «Me sometí a siete fecundaciones para ser madre»

Lo cuenta con tanta naturalidad que hasta cuesta darle importancia, pero la historia de Montse es de una fortaleza y una valentía admirables. Hoy puede decir orgullosa que el que la sigue la consigue, aunque para ser madre ella tuviese que luchar contra viento y marea en un tiempo, a finales de los años ochenta, en el que no había los avances que existen en la actualidad. Montse y su marido decidieron tener un hijo cuando llevaban unos seis años casados, pero el bebé no llegaba y a partir de ahí empezaron una peregrinación de médico en médico para intentarlo, aunque sin éxito. «Lo mejor es que yo nunca estuve obsesionada, lo vivía con bastante naturalidad y no me venía abajo cada vez que las técnicas fallaban», dice esta mujer que asumió, eso sí, la maternidad como un reto. «No me sacaba el sueño, pero los niños me encantaban y era mi prioridad, siempre tuve bastante fortaleza, de modo que cuando la cosa fallaba, cambiaba el chip, me enfocaba a trabajar y hasta la siguiente vez que lo intentaba».

Montse lo cuenta con la perspectiva del tiempo y del triunfo alcanzado, pero tardó seis años en que finalmente llegara ese bebé tan deseado. Se sometió primero a tres fecundaciones artificiales en una clínica privada gallega, a dos fecundaciones in vitro en el Hospital de Cruces, en Bilbao, y a otras dos in vitro en el Materno de A Coruña. «Sí, bueno, si las cuentas fueron siete veces, pero yo no lo veía para tanto. Aunque sí siento que con las fecundaciones artificiales me estafaban, porque cada vez que iba pagaba unas 12.000 pesetas de entonces», recuerda. Como en ese momento las técnicas no estaban tan desarrolladas y Cruces era un referente, ella y su marido se trasladaban allí cuando a Montse le tocaba hacer el proceso: «Solo te dejaban hacerlo en ese hospital por la seguridad social una vez al año; yo programaba mis vacaciones y me echaba quince días en Bilbao. Cuando me tocaba consulta muchas veces salía de trabajar a las siete de la tarde, cogíamos el coche y nos plantábamos allí a las 5.30 de la mañana, iba al médico, me revisaba y volvía».

PIONERA EN EL MATERNO

En Cruces no tuvo suerte, pero en el momento en que en A Coruña comenzaron a hacer las fecundaciones in vitro, Montse vio la luz. «Para mí era mucho más fácil, soy de un pueblo de la costa coruñesa, pero trasladarme hasta el Materno era mucho menos coste de todo tipo, además me trataron genial siempre y no tenía que buscar hotel ni quién me pusiera las inyecciones para hormonarme», cuenta. Y aunque ella dice que fue todo sencillo, no se le olvida que en aquel tiempo, en el año 91, tenía que estar ocho horas con las piernas un poco en alto el día en que le ponían los embriones (entonces eran tres) para que alguno implantara. A ella le tocó a la séptima, después de desearlo mucho. «Cuando me comunicaron que estaba embarazada no me lo creía, fue un sueño cumplido y todo fue genial desde el primer momento», señala.

Tanto es así que Montse tiene el honor de ser la primera que consiguió tener un hijo por fecundación in vitro en el Materno de A Coruña y ella jamás se olvida de todo el equipo cuando su hijo Manuel, que hoy tiene 27, está de cumpleaños. «Los llamo todos los 4 de marzo para felicitarlos, porque ellos son como de la familia, allí están sus otros padres y para mí es lo lógico. A los médicos les cuento todo, cómo le va a mi hijo, si trabaja, si tiene novia, si no la tiene, los tengo al día de su vida», relata esta mujer que le quita hierro a su heroicidad. ¿Mi mérito? «Ser constante, no tirar jamás la toalla, y estar siempre al pie del cañón». Y como la vida suele ser agradecida a luchadoras como ella, a los dos años de tener a Manuel, le llegó Alberto. «Ese sí que fue una sorpresa, ¡no me podía creer que estuviera embarazada!».

¿Qué les dirías a todas las mujeres que no consiguen ser madres? «¡Que me llamen -bromea-, que yo las animo enseguida! Lo que les diría es que sean fuertes y no pierdan la confianza, sobre todo ahora que hay tantos avances».

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