Padre no hay más que uno

Diferentes historias con un hilo en común: todos son unos padres entregados


Sandra Faginas, Noelia Silvosa, Patricia García, Gladys Vázquez

Pablo es un padre entregado desde que tuvo a sus hijas, Laura, de 3 años, y Lucía, de año y medio. Sabe que está en ese momento en que hay que echarles todas las manos y todos los ojos a estas dos niñas que, en cuanto les deja, se suben encima de él. Las atiende a diario, las lleva al cole, les hace la comida, va a jugar con ellas al parque y se encarga de todas esas atenciones y cuidados que vienen con este oficio. «Claro que me ocupo de mis hijas, es lo normal, ¿no?», responde con naturalidad sin quitarle ni un solo mérito a su mujer, Ana, que a su lado confirma que Pablo y ella se reparten los papeles desde que están juntos.

«Yo no me acuerdo de la última vez que planché -dice-, suele hacerlo él». Como los dos trabajan y Pablo puede variar su turno de mañana o tarde, dependiendo de ese horario, él asume unas u otras tareas domésticas indistintamente, pero que nadie le robe tiempo con sus hijas. «Yo tengo algunos compañeros que, si pueden, se escaquean, pero yo no entiendo otra manera de ser padre si no es atendiendo a tus hijos. Si decides tenerlos, y sobre todo a nuestra edad, con más de 30 años, ya sabes lo que te toca. A mí me decían ‘aprovecha ahora para dormir, que luego no vas a poder, y todas esas cosas’, que luego resultaron ser ciertas. Avisados estábamos, pero quisimos y en esta fase lo que nos toca es esto», asegura Pablo. Porque, además, en su caso se cumplió: desde que tuvieron a las niñas no han vuelto a dormir una noche seguida. «Lucía, la más pequeña, se despierta siempre, mientras Ana le cambia el pañal, yo le hago el biberón; pero Laura de bebé aún durmió peor, teníamos que levantarnos con ella dos o tres veces de madrugada», apunta este padre que se reconoce también sobrepasado. «Hay momentos en que eres tú el que frena porque ves a tu mujer fatal, y al revés, hay otros en que si no fuera por ella yo me volvería loco. Hay que soplar, respirar y tirar para adelante». Pablo se da maña con la cocina y todas las papillas que le echen ? «A ver, es juntarlo todo y batir», dice resuelto-, pero en lo que no se daría un premio (ni siquiera una mención) es en peinarlas. «Ahí sí que no puedo sacar pecho», bromea quien tanto un día coge el taladro, como se pone a cocinar pescado («es lo que se me da mejor; eso y colocar el papel pintado») o pasa el aspirador. «Yo no tengo problema con nada, si hay que hacerlo se hace», responde rotundo. «NO ES UNA OBLIGACIÓN»

Cuando le digo que es un «chollo», su mujer se ríe porque a lo normal no le da ningún mérito: «Yo lo conocí así, jamás tuve que exigirle nada ni tampoco organizar nada, nunca le he visto un gesto machista, y el reparto de tareas ha sido siempre fácil, seguimos una máxima: 'Lo que me da tiempo'.

Laura y Lucía suelen comer en el cole y en la guardería, así que el mediodía es más fácil para ellos, pero en rutina, si Pablo está de mañana, se encarga de recogerlas, darles la merienda, salir con las dos al parque («o sobrevivir en un centro comercial») y bañarlas. Si está de tarde, entonces aprovecha la jornada, después de llevarlas al colegio, para las tareas domésticas. «Yo no lo veo como una obligación -señala- para mí sería vergonzoso que mi pareja me tuviera que decir 'haz esto o lo otro', yo no estoy obligado a cuidarlas, no lo siento una obligación, son mis hijas y quiero estar con ellas. Además, es una etapa que hay que aprovechar; nosotros somos los que hemos decidido tenerlas, ¡cómo van a ser una carga!». Eso sí, reconoce que pese a todas sus destrezas y a todo su cariño como padre, las dos niñas tiran más a su madre si está ella presente. «Ahí no hay duda, en momentos de rabietas o de ansiedad, como esté ella, a mí no me quieren», se ríe. Aunque cuando toca jugar -solo hay que verlo en la foto- tienen claro también a quién eligen.

Fernando y su hijo David: «Yo peleé por tener a mis hijos como fuese»

La de Fernando ha sido una carrera de fondo para arañar días junto a sus tres hijos. Vicepresidente de la Asociación de Padres de Familia Separados, desde el principio tuvo claro que quería luchar por disfrutar de ellos lo máximo posible. Con los dos pequeños comparte seis días de cada quince, todo un logro para un padre que quiere seguir estando presente en sus vidas. Pero con David, que hoy tiene 19 años, ha conseguido compartirlos todos. «Cuando me separé él tenía 11 años y se quedó a vivir con su madre, pero a los 14 decidió que quería venirse a vivir conmigo», relata Fernando. Después de atravesar varios juicios y con los 15 años de David cumplidos, el deseo de padre e hijo se convirtió por fin en una realidad. «Finalmente la jueza decidió que con esa edad David ya tenía poder de decisión, y me quedé con él», dice Fernando saboreando la satisfacción de ese recuerdo. Sus palabras todavía desprenden la angustia de todo aquello que creyó haber perdido en el momento en el que decidió separarse. «Yo quería ver a mis hijos, peleé por tenerlos como fuese», insiste un padre que asegura que el día en el que David entró por la puerta de su casa se le abrió el cielo: «En el momento en que mi hijo se viene, a mí me da la vida. Mi vida cambió cien por cien».

Fernando sabe que no es lo mismo pasar unos días con un hijo que vivir con él. «Es una responsabilidad, pero ya tienes a tu hijo contigo. Esta es una situación que no es descriptible... Llega en un momento en el que estás hecho polvo y, de pronto, asumes algo que quieres asumir y ves que las cosas se van normalizando. Es increíble que algo tan común tengas que pelearlo tanto...», señala. Claro que tanto esfuerzo dio sus frutos. El propio David asegura que con su padre no echa de menos nada más en su día a día. «Yo no estoy de acuerdo con esa querencia popular de que una madre es insustituible. Para mí mi padre asume las dos figuras, se podría decir así», dice. ¿Que si cambió su vida? David ni se lo piensa a la hora de responder que ha cambiado a mejor: «Sí, sí, cambió por completo. Mi vida hubiese sido completamente diferente si no me hubiese venido a vivir con mi padre». Aunque al principio la separación de los hermanos no fue fácil y el proceso no estuvo exento de momentos críticos, Fernando apunta que poco a poco se cierran las heridas. «Nos costó mucho llegar hasta aquí», dice. Bravo por ellos.

Manuel y su hija Martina: «Ella es mi regalito, el mejor regalo del Día del Padre»

Casualidades de la vida, Manuel Lubián se convirtió en padre… el Día del Padre. «Eso es hacer las cosas bien», bromea con su pequeña-gran Martina al lado. Fue un 19 de marzo de hace 22 años. Ni corbatas ni camisas ni collares de macarrones: Martina fue un regalazo que no cambiaría por nada. «Es mi regalito: el mejor regalo del Día Padre. Y así le llamo de forma cariñosa en casa: ‘regalito’, mi pequeña», confiesa Manuel. El lunes en casa de los Lubián estarán de doble celebración. «Hay discusiones a ver quién tiene prioridad: si es más importante mi cumpleaños o el Día del Padre», cuenta Martina con una sonrisa. «Podemos negociar con el regalo, quién regala a quién, la verdad es que es divertido. Pero Martina ya sabe que padre no hay más que uno», apunta Manuel.

Al margen de las bromas, para él se trata de una fecha más que especial. «Ser padre es mucho más que un día marcado en el calendario. No hay nada comparable a esto y es algo que te marca y te cambia la vida para siempre», asegura. Compartir día de celebración les ha unido. Los dos tienen un carácter fuerte, son fans de Ella Fitzgerald y un gran gusto por el arte. «Todas las tardes me llevaba a clase de música y me esperaba a la salida. Era muy puntual, no fallaba, estaba siempre en la puerta cinco minutos antes», recuerda Martina con una sonrisa.

Un vínculo difícil de romper

También era Manuel el que conseguía calmarla cuando se ponía a llorar. «Me acuerdo que una vez le tenían que hacer una prueba médica y no paraba. Le dije a la enfermera: déjamela a mí que ya verás cómo se calma. Me puse a cantar y a contarle tonterías y al rato dejó de llorar. Siempre conseguí hacerla reír inventándome historias y canciones», relata con ternura. Un vínculo difícil de romper. Incluso aunque a Martina, cuando era pequeña, no le gustasen los intentos de su padre por cuidar de su alimentación. «Siempre me preocupé de que comiese bien. Y creo que algo conseguí. Sé que ahora no lo entiende, pero ya me lo agradecerá cuando sea mayor. Al final son cosas que quedan, un esfuerzo que merece, y mucho, la pena», confiesa Manuel. Martina asiente a su lado. Eso es amor de padre e hija, y viceversa.

Elena y su padre Alfonso: «É o meu pai, o meu mestre, meu cómplice»

No parece raro que Alfonso Ferro intentase evitar por todos los medios que su hija Elena se dedicase a la artesanía. Lo que no sabía es que desde finales de los 70 estaba luchando contra corriente. «O meu primeiro recordo é sempre con el, xogando no taller, indo ás feiras. Eu pasábao moi ben. Era un laboratorio para min», dice Elena Ferro. Un laboratorio familiar. Un trabajo coral en la fabricación de zuecos. Su padre y su tía Agripina, su otra mentora, veían que llegaban los malos tiempos para el oficio. «O meu pai quería que estudase, que fixese unha carreira. Cando nacín en realidade estaban a deixarse de usar os zocos. E despois chegaron os oitenta, que foron durísimos. Pero a min encantábanme. Sempre eramos os tres no taller. Eu enredando, sempre fixándome. Foi como aprendín». Y es que ella llevaba los zuecos en la sangre. Poco a poco introdujo pulseras, marroquinería, y a todo ello le dio color. Algo que ha llevado a Eferro a ser una marca de lo más reconocida. «O meu pai era a autoridade, algo propio da sociedade do momento. Nunca foi moi duro, pero sempre lle gustou levar o control. Aínda que é certo que na nosa casa gañan as mulleres. Somos maioría e facemos o que nos peta», explica Elena en tono irónico. «Eu sempre fun a máis rebelde, no bo sentido. Hoxe en día tanto o meu pai como eu queremos impoñer o noso criterio. É cousa de negociar». Alfonso, al igual que gran parte de la familia, «vive» en el taller de Vila de Cruces. Ahora la salud no le deja desempeñar tantas funciones, pero siempre está. «Ademais moi pendente do que fago. Para el é a súa vida». De sus mayores Elena aprendió el oficio. «Tamén a solucionar os problemas da xente». Llevaba mucho ganado para dedicarse a los zuecos, pero su carácter también le ayudó. «Na forma de ser parézome ao meu pai. Sempre foi moi sociable. Tratar coa xente era parte do traballo. Somos moi cómplices e iso tamén provoca os roces típicos. A miña nai é máis tranquila, máis caseira. Pero o meu pai e a miña tía Agripina sempre estaban a punto para apuntarse a calquera plan», explica con una sonrisa. Esa sociabilidad de su padre hizo también que su apertura de miras fuese mayor cuando su hija comenzó la renovación del negocio. Llegaron los zuecos de colores de todos los estilos, la venta online y la creación de marca a través de las redes sociales. «Non houbo impedimentos, todo o contrario. Non entende ben as redes sociais, pero sabe que é algo bo. Levo anos facendo montaxes para Facebook con zocos, e ó principio o comentario era, ‘pero que fas? Ti es o demo! Despois ensináballe a foto e comentaba :‘Isto vaille a gustar á xente!’».

Con esta complicidad, Elena ha conseguido su objetivo: dignificar el oficio artesanal de su familia. Trasladar el conocimiento a una nueva época. «É o máis bonito que vou facer na vida. Estou segura». Esta firma vende a través de su tienda-taller en Vila de Cruces, han abierto un establecimiento en A Coruña, venden en diferentes puntos de Galicia, vía online y, por supuesto, en ferias. «Estamos a gozar do momento. É un orgullo, non pensabamos chegar aquí. O meu pai foi, xunto coa miña tía, un mestre en todos os sentidos. Para el é unha alegría moi grande ver que o taller continúa». Mientras, cada poco Alfonso le pregunta: «Que vas inventar esta semana?».

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