Esto sí es un hermano

NIÑOS Y PERROS, UN FEELING PERSONAL. Tener un perro no es un juego, pero sí una terapia, un plus de empatía y una gran responsabilidad. Tres hogares abren sus puertas para enseñarnos a crecer de la pata de un animal. Y cómo convive un bebé con 15 teckels...

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Bimba, yorkshire, y Carlota, niña, se levantan juntas, juegan juntas y si no duermen juntas es porque la perra ha escogido para el sueño otra habitación de la casa, la de la hermana mayor. Viven en Oleiros, en un chalé con finca que también acoge a Mini y Cooper, dos rottweilers que deben su nombre a un coche de Paula. Ella es la madre de Carlota, que lleva sus 15 meses pasito a pasito bajo la estrecha vigilancia de la perrita de 10 años que la vio nacer. «Bimba y Carlota son como hermanas. La niña alucina con todo lo que hace la perra... pero si Bimba la molesta la aparta», cuenta Paula. El papel de la perra con la niña, apunta, es protector: «Bimba tiene ese instinto y eso que no ha sido madre... Si oye llorar a Carlota, siempre va a ver qué pasa. Y si tardamos en acudir, viene a buscarnos adonde estemos». Bimba, que no tiene ese mal genio proverbial de los perros pequeños («No es una yorkshire ladrona; si te ve enseguida se pone patas arriba», cuenta Paula), es la primera en ir a ver a Carlota por la mañana. Entre ellas hay un feeling especial. ¿Pelean como hermanas? «No, pero la perra no pierde de vista a la niña y, si ve que a ella no le hacemos caso, ladra como diciendo ‘¡Eh, que yo también quiero jugar!’».

Hay estudios recientes que señalan que las personas con gato son más felices. Y el potencial terapéutico del perro ha llegado a los centros educativos y los hospitales gallegos, de la mano del educador canino Octavio Villazala, del Centro de Montegatto. «Hay algo mágico pero que es también científico; y es que un perro es un niño eterno, un cachorro toda la vida. Eso hace que su relación con el niño sea horizontal, plena, de tú a tú. Por eso, el niño al perro lo siente desde el principio como un amigo, percibe que no le va a reñir ni lo va a juzgar. Percibe su mensaje de: ‘Yo tengo buen rollo’, ‘Quiero jugar’, ‘Quiero que me acaricies’. Un niño y un perro se convierten a través del juego en compañeros para toda la vida», señala Villazala.

Un animal es un regalo, «y una responsabilidad enorme. Es bonito, pero implica sacrificios, hay que ser muy consciente de eso. Si no podemos asumirlos, es mejor no tener un animal», insta Paula, que cuenta que llegaron a hacerse cargo de un caballo por su hija mayor. «Esto no son unos patines. La responsabilidad es grande, para los padres y los niños», advierte.

 «Cando o gato lle colle un xoguete, ela di: ¡Mío!»

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Primero llegó Erin. Él, Luigi, su hermano gatuno, casi un año después. «Tiñamos unha cadela e un gato cando naceu Erin, pero, desafortunadamente, morreron os dous o Nadal que ela chegou á casa. Queriamos ter outro animal, pero non sabiamos cando. Tiñamos que superar o loito. Porque cada animal é único, a cada can e cada gato quéreselle á parte», asegura la madre de Erin, la autora Érica Esmorís (Nena e o mar). Como amantes de los animales que son, los padres de Erin no tardaron en encontrar a Luigi. Buscaban a «un gatiño especial, tranquilo, que fose cariñoso e que non supuxese perigo. E demos cun gato persa que tiña moi boa pinta en canto a carácter», comparte Érica.

El feeling gato-niña surgió enseguida. «Meus pais aínda non sabían que tiñamos o gato, e déronse conta ao escoitar a Erin facer ‘Iaaaaaa’, porque os nenos imitan así o son do gato». Ahora que Erin tiene un año y tres meses, y Luigi, 7 meses, la relación es de competencia. «Sobre todo pola parte dela...», completa su madre. «Ela é a irmá maior, e o gato, o pequeno. Cando Luigi aparece e lle colle algo, a nena di: ‘¡Mío!’». Pero esa rivalidad de cómplices puntúa para comer. «Como Erin non é comedora, o que facemos é levar o gato á cociña, e dicímoslle a ela: ‘Se non comes a tortilla, é toda para Luigi! E ela come, come... Erin vixía calquera cousa que fai o gato. Para Erin, é un irmán pequeno e indesexable. Son fases...».

Para sus padres era importante que Erin aprendiese a respetar y tratar bien a los animales, como convertirse en una persona autónoma capaz de apreciar el arte. «Era importante para min que a nosa filla crecese con algo que eu amo tanto», dice Érica, que observa que tener un hijo no es tan direrente a hacerse cargo de un animal. Se parecen en lo vulnerables que son, en cómo les das sin esperar a cambio, señala.

Erin crece con Luigi, mientras sus padres piensan en tener un perro. Sin prisa. Sin tapar el vacío que dejó su pastor alemán Lola, única, como un hijo.

 «Álvaro tiene 15 hermanos perros»

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Álvaro tiene seis meses y 15 hermanos perros. «Podemos decirlo así», admite su madre, Paula, entrecomillando la expresión con su sonrisa. Son 15 teckels de entre 4 y 6 años que han empezado hace un par de meses a relacionarse con el niño. En la foto hay solo tres (a la espera de un descuido de Álvaro para pillarle el chupete), porque no fue fácil lograr el orden y concierto para el posado. «Soy veterinaria, y una apasionada de los perros desde pequeña. Y con mi marido... ¡nos juntamos dos buenos! Los teckels son una raza que nos gusta y que conocimos en una exposición, a la que fuimos con una perrita que teníamos, una basset, que murió hace poco», cuenta Paula, madre de esta camada a la que se sumó hace solo medio año su niño.

Los perros lo intuyen todo, señala ella, «huelen el embarazo, saben que en ese momento algo está cambiando en ti». La llegada de Álvaro fue recibida con mucha excitación. «Los perros se pusieron nerviosísimos, estaban alteradísimos... Pero los presenté hace poco, porque Álvaro es aún muy pequeño», dice Paula. El contacto entre niño y teckels empezó cuando él cumplió 4 meses. ¿Cómo es su relación? «Los perros se acercan a él, lo huelen, a veces le lamen la cara a modo de saludo. La cara y las manos... Se acercan y lo huelen ¡y lo huelen y lo huelen!», enfatiza para bajar la intensidad con un matiz: «Pero en realidad como harían con cualquier cosa. Aún no hay entre ellos un vínculo exagerado, hay que decirlo...». Con todo, al niño sus perros lo distinguen del resto. «Ellos saben de sobra que Álvaro es mi hijo», asegura.

Entre estos 15 hermanos guau están Felipe, Mariló, Catalina, Muñeca, Arosa y Popa, y esta familia de Nigrán cuenta también entre los suyos a Proa, Babor y Estribor, que marcan el rumbo de la convivencia. «El contacto entre niños y animales es básico. Los animales enseñan empatía, responsabilidad, a conectar con otros seres vivos. El vínculo que se crea es precioso», afirma Paula, a la que tener un niño no cambió gran cosa la vida: «Si un perro da trabajo, ¡15 dan mucho más! Así que antes de que Álvaro naciese, yo ya sabía qué era ser una madre sacrificada».

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