Los Billy Elliot gallegos

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El futuro de la danza tiene cantera en Galicia. Lo demuestran chicos como David y Sofía, que ya bailaba en la barriga de su madre. La directora de la escuela donde se forman da las claves de su talento, y advierte: «Sin constancia no llegas»

02 jul 2018 . Actualizado a las 13:03 h.

En sus respectivas historias no hay minas de carbón, pero sí pico y pala. Varias veces a la semana, Sofía Sánchez (A Coruña, 2006) y David Freire (A Coruña, 2000) acuden a la academia de baile Danza 10 Studio para pulir y dar forma a su futuro. Les separan seis años, pero les une el talento para moverse sobre el parqué que no ha pasado desapercibido a los ojos de quienes les ven a diario. Alexandra Vidal, directora de la escuela, no duda al vincular este hecho al rigor de trabajo que ambos han asumido, quizá más próximo a la que cabría imaginarse en un adulto: «Depende del estilo, pero hay que tener capacidad y aptitudes. Y sin constancia tampoco llegas».

Sofía (en primera línea, a la izquierda de la foto) sonríe cuando le preguntan cómo se ve dentro de unos años. Aún tiene once, pero le ilusiona la posibilidad de «poder vivir de esto» y alcanzar la Ópera de París a través de su disciplina, el ballet clásico, una pasión que le viene de familia. Comenzó a disfrutarlo con apenas cinco primaveras tras haber empezado a las tres, pero la semilla ya había sido puesta mucho antes. «Mi madre era bailarina, yo ya estaba en su barriga cuando ella bailaba», cuenta. Al otro lado del teléfono, Alicia aporta algún detalle más: «Colgué las puntas a los 38 años, a los cuatro meses de estar embarazada de Sofía».

Ahora, ya es algo más que una posible discípula. «Está a un nivel muy potente para la edad que tiene», afirma Alexandra. Su análisis lo respalda el hecho de que, este año, y por segunda vez consecutiva, ha sido becada para los cursos de verano que imparte en Alicante la Academia Vagánova, una de las más prestigiosas del planeta. «Varios profesores rusos vinieron a España a hacer una selección a nivel internacional, y Sofía fue a Madrid para ver hasta dónde podía llegar. En su clase eran casi 50 personas y ella fue una de las cinco becadas al nivel más alto de su categoría. Y es un trampolín, porque les forman para entrar en las primeras compañías mundiales del ballet», cuenta Alicia.

De sus palabras se desprende orgullo, quizá porque también sabe del sacrificio que lleva consigo: «Una niña de once años tiene que trabajar cuatro horas diarias porque nunca paras de enriquecerte y perfeccionar cosas. Y ella va todos los días a Danza 10, también los sábados». En esa carrera de fondo por mejorar técnica y habilidades también está David, un descubrimiento tardío. No importó, porque se le identificó a tiempo, como a Billy Elliot. «Lo lleva en la sangre», sostiene Alexandra. Una vez más, todo remite al empuje de la familia. Lo cuenta el propio David: «Al principio fue un poco por obligación. Con diez años solo quería jugar a la consola, pero mi tía July tenía una escuela de baile pequeñita y me llevó un día. Puso la música y ya fue como de película».

Ese horizonte nuevo que se abrió para él casi por casualidad reforzó un vínculo que de por sí era especial: «Mi relación con ella es distinta a la que tengo con otra gente. Por la apertura de puertas, por todo». Ahora ya no hay azar, y es lo que le ha llevado a tener la posibilidad de abrir otra. Alexandra le tiene en mente para que sea profesor de la academia el año que viene: «Le estamos formando. Vale para coreógrafo y también para enseñar». A pocos meses de cumplir los 18, David es consciente de ello, y agradece el apoyo incluso con un deje de incredulidad: «Me dicen en la academia donde me estoy formando que yo también puedo ser profesor y piensas: ‘¿Estoy a ese nivel?’. Fue una gran sensación».

Por si acaso, él ya se prepara para subirse al tren: «Quiero estudiar Magisterio en Educación Primaria el año que viene, porque va un poco ligado. Y también estoy recibiendo clases de ballet y hip-hop de cara al próximo curso. Me empapo un poco de todo, aunque mi especialización es la danza moderna». Con suerte, dejará una estela que Alexandra insta a seguir a ambos géneros. Ya no hay cabida para los clichés o concepciones más rancias, porque el seguimiento de sus clases le permite lanzar un mensaje alentador: «Cada vez hay más afición. Y cada vez hay más chicos, en todo tipo de disciplinas».