Hoy comes gratis

DE AQUÍ NO SALES CON HAMBRE Da igual que tu idea fuese solo ir a tomar unas cañas o un vino, y que tuvieses pensado ir a casa a comer o a cenar. Si entras en cualquiera de estos sitios, a la segunda ronda de tapas no va a haber quien te siente en una mesa.

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Parece que hiciera siglos de aquello pero hubo una época, hace no mucho, en que uno se sentaba a tomar algo y el local de turno se lo agradecía con un platito de aceitunas o cacahuetes. Si tenía suerte, le tocaban unas chips en un cuenquito. Incluso en aquellos momentos tan difíciles -no solo para el cliente, ojo, también para la hostelería- muchos de los locales que te presentamos aquí ya llenaban los estómagos de visitantes casuales y habituales con tapas en toda regla. Esto no es pasado, todavía quedan locales en los que si sales con hambre, es que no has bebido lo suficiente.

LA TAPA GRATUITA

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Elena Veiga dice que se le notan los 69 años, pero no es cierto. Por mucho que se empeñe. Dice que el sentido del humor no tiene que ver con la edad, y que ella tiene mucho de ambas cosas. Y ahí puede empezar a tener razón. Pero cuando realmente se llena de autoridad es cuando presume abiertamente de haber sido la primera en toda Pontevedra en dar a elegir la tapa gratuita con la consumición. Es posible que sea por eso por lo que desde hace diez años es tarea complicada encontrar un hueco en el Barbol, en plena calle Real del centro histórico a la hora del vermú o las cañas.

Cargada de tanta vida como su establecimiento, Elena prepara en la cocina las guarniciones que va a ofrecer cada día: chorizos a la sidra, ensalada de pasta, tostas y una oferta amplia y variada. Incluso los sábados y los domingos, cuando, a pesar de no ser ella muy de callos, no le queda otra que preparar unos cuantos centenares de raciones a petición popular. Los cocina, incluso, para otros establecimientos. Ella no los come, pero su fama la supera en toda la ciudad. Si tiene suerte y es domingo puede encontrarse con un cocido. Y los martes, con menos exclusividad pero más populares, fija unos huevos fritos a su minicarta de tapas para asegurarse de que sus adeptos siguen venerando su mano en la cocina.

Y es que a Elena le pierden los fogones tanto como sus ganas de vivir. Tras quedarse viuda a los 59 años, «y como mis hijos me consintieron», decidió volver a sus orígenes. Dice que se crio en una taberna-baile-fábrica de gaseosa, y que dejarse vencer por la pena no es lo suyo. Por eso, cuando quedó vacío el local de la calle Real quiso llenarlo con sus platos -también sirve comidas y cenas-, sus risas y una colección de cervezas y vinos que hacen una combinación mágica. Su decoración elegante y discreta y su céntrica ubicación cierran la fórmula maestra.

Poca gente sabe que detrás de todo esto está ella. Los camareros, más jóvenes, asumen sin saberlo el papel de encargados a ojos de los clientes más ajenos al corazón del local. Puede que sea esa la razón de que Elena siga creyendo que los años sí pasan por ella.

Y UN HUEVO FRITO

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A un paso de eso que en Vigo se llama «Abrir Vigo al mar» y que viene siendo el paseo pegado al Atlántico desde el puerto deportivo hasta donde ya empieza el Berbés, se sitúa el bar restaurante Boga, un clásico de la zona en la que conviven ejecutivos y funcionarios (la delegación de la Xunta está a diez pasos) y los muchos turistas que llegan en los cruceros. Del local se hicieron cargo hace una década Ana Caride y su hermano Miguel. Con él en la cocina y ella de maître, le dieron un vuelco y se ha convertido en uno de los referentes de un área que cambia de ambiente de la mañana a la noche. Ellos aprovechan todos los tramos. «Desde los desayunos hasta la primera copa tras la cena», resume ella. Y la hora punta, actualmente, se ha desplazado hacia los viernes a la hora del aperitivo. Es el día en el que ofrecen de tapa un huevo frito acompañado de patatas, un trozo de chorizo y otro de pan. Es la happy hour del Boga y se llena hasta la bandera, «es la celebración de que llega el fin de semana», justifica. Pero Ana recuerda que dan tapa todos los días con la consumición. Habitualmente es un spin off de lo que tenga de menú del día, pero siempre tienen tortilla de patatas y en invierno algún potaje. El bar es riquiño no solo a la hora en la que el hambre aprieta. Por la mañana se estiran y con el café va un chupito de zumo y un trocito de bizcocho. Pero los hay que no se resisten y piden las tostas de pan de sésamo untadas con tomate para afrontar con fuerzas la jornada. Con la cocina tradicional gallega como base y un toque contemporáneo, ofrecen un tipo de menú del día que ofrece lo que escasea. La hostelera viguesa asegura que para la gente que tiene que comer fuera casi a diario, en su casa encuentran un lugar donde comer sano y equilibrado, no fritanga. Y como ejemplo, recuerda el más reciente: corzo estofado.

 «UN YOGUR Y A DORMIR»

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En Santiago, no diga tapas copiosas, diga Abrente. En una ciudad en la que siempre se acompañaron las consumiciones con algún tentempié, en este local de la calle San Pedro de Mezonzo se le ha dado una vuelta y media hasta dar la impresión de que lo que se pide es comida que se acompaña con café o refrescos. El ambiente de la cafetería es muy variado, con mucha presencia de estudiantes a cualquier hora y vecinos de la zona que a veces se confiesan a su dueño, Salvador Martí: «Hoy me tomo un yogur y ya me meto en la cama», me dicen los más veteranos, que siempre salen llenos y sin ganas de cenar. Lo de poner media baguette como bocadillo con calamares o lomo es a diario, pero al menos una vez a la semana van a lo grande y directamente sirven una hamburguesa o un plato combinado, que incluye patatas fritas, huevo y algún embutido. ¿Suficiente? Nunca en el Abrente, donde también pasan cada cierto tiempo bandejas con canapés que se ofrecen con independencia de la cantidad de consumiciones que se hagan.

Con todo, si el final del día es potente, las mañanas no le van a la zaga. Con el café normal (1,10 euros) los clientes pueden escoger entre tostadas, donuts, cruasanes, una buena variedad de bollería o zumo de naranja «de tamaño grande, nada de esos chupitos que ponen por ahí». En una mañana normal, en el Abrente se ponen de 250 a 300 desayunos, cifras que dan respuesta a los que se cuestionen cómo es posible mantener ese nivel de atención cobrando las consumiciones a dos euros como máximo. «Se trata de vender mucho», explica Salvador, que desvela que entre todos sus negocios hosteleros -quiere abrir uno más en la costa con vistas al verano- consume casi 80 kilos de café al mes y 30 litros de leche a diario.

Y después están los pequeños detalles, como el hecho de disponer de tapas veganas o sin gluten para que nadie se quede con hambre.

 PINCHOS DE CUCHARA

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Una parada en el Caprice, en O Burgo, puede ser suficiente para salir con el estómago lleno, -depende de si uno es de buen comer o de poca cosa- pero si hacen como Maruja y Antonio, que paran varias veces a lo largo del día, entenderán por qué se van para casa «bastante cheíños». Dicen que después de un pincho de fabada y un arroz con conejo, solo hace falta rematar con algo «leve» en casa. La culpa de que Maruja y Antonio no tengan apenas que ensuciar la cocina o darle vueltas al qué comeremos mañana, la tiene Belén, que tiene mucha mano con los platos de cuchara. Caldo de grelos, fabada, fideuá o arroz son algunas de sus recetas que además de formar parte del menú del día salen disparadas de la cocina cada vez que alguien pide una consumición. «Desde las nueve de la mañana hasta las doce de la noche, entre semana, o dos de la madrugada, los fines de semana, siempre servimos pincho, que puede ser frío o caliente», explica Sandra García, la responsable del local.

Esto si te cuadra de pasar por aquí a la hora del mediodía, pero si lo haces antes, también puedes salir desayunao. Al café siempre lo acompaña un trozo de bizcocho de limón, de vainilla, de naranja... Van alternando sabores pero siempre ¡casero! «Mimamos mucho el momento del pincho, es un cariño, un detalle, que tenemos con los clientes. Si alguien se pide una segunda o tercera consumición nunca repetimos, si ya le dimos fabada, pues tortilla o ensaladilla, pero también les solemos preguntar qué les apetece o les gusta, porque si no te gusta el caldo para qué te lo voy a dejar, pudiéndote poner otra cosa. Al ser platos del menú los vamos cambiando en función del día, y siempre tenemos cinco o seis opciones diferentes», comenta Sandra. A este nivel habrá quien empiece por pedir pincho, y luego ya verá que bebe. Porque está claro que aquí se viene a comer.

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