Todo por mi madre

ESTO ES ORGULLO DE NAI A Peregrina y a Aida, madre e hija, les dio un vuelco la vida el pasado enero. «Mi madre no es de decir mucho, pero en Navidad nos dijo: ?Mis hijos lo son todo para mí?», cuenta Aida. Días después, Peregrina sufrió una embolia que le paralizó el lado izquierdo. Hoy ellas, que han superado juntas siete meses de hospital, vuelven a «sus lerias». De una madre hacen falta hasta las riñas.

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Suena a tópico, pero en boca de su madre se convirtió en una frase única que a Aida se le grabó a fuego: «Mis hijos lo son todo para mí». Fue lo que Peregrina le dijo a Aida la pasada Navidad, días antes de caerse en el baño al sufrir una embolia. «Mira qué me dejaron los Reyes...», dice esta madre de una pieza, que vino hace ya medio siglo de Poio, huyendo de un matrimonio «preparado» para buscarse la vida y casarse por amor. El derrame a ella le paralizó el lado izquierdo, pero a su familia la hizo cerrarse en un puño, ponerse en acción, no perder tiempo en salir adelante. Aquí están. Pensando incluso en un crucero juntas... madre e hija. «No sé si me subirás al barco», dice Peregrina.

Cuando su vida dio el vuelco supieron que había dos opciones, echarse a llorar o pelear. Y pelearon a muerte. «En otras familias se dicen mucho ‘Te quiero’...», piensa Aida, pero en su casa ocurre lo que en la mayoría, no se come a corazón abierto. Hay mucho que hacer. Y cosas que hablan por sí solas. «Mi madre no es de decir las cosas muy alto, pero lo que dice me influye mucho, para bien y para mal», asegura Aida, que a sus 35 vio cómo la vida le daba la vuelta «como un calcetín». Es una expresión de Manuel, su padre. «Él estuvo al pie del cañón desde el principio. Y eso te hace sentir miedo también por él. No había quién lo arrancase del hospital». Enseguida se les unió Manuel hijo, hermano mayor de Aida, y se organizaron, subraya la que es «niña de papá con mamitis» aguda.

«Cuando era pequeñita, Aida venía siempre conmigo. A la peluquería también...», dice Peregrina. Aunque no tiene la memoria de elefante de su madre, Aida aún se acuerda de los carnavales en los que la disfrazó de Alaska. ¿Edad dorada de La bola de cristal? «Un poco después... Yo siempre quería ir de princesita, y ya ves», cuenta Aida. ¡Qué punk, madre! «Mi madre siempre fue moderna. Ella siempre fue por delante». Palabra de hija.

Este septiembre, este hogar donde la unión hace la fuerza deja atrás siete meses de hospital, miedos, noches de dos o tres horas de sueño. Aida y su madre vuelven a tener, ¡al fin!, «sus lerias», como dice Peregrina. Del enero más duro de su vida Peregrina no recuerda casi nada. «Cuando me caí, no me enteré. Llegó mi marido, yo estaba en el baño y sé que me dio la mano... Sé que ellos estaban allí conmigo. Fuimos echando los días, los meses, hasta volver a casa». ¿Cómo hicieron? «No sé decirte cómo. Los peores fueron los primeros días -cuenta Aida-. Mi madre no podía ni abrir los ojos. Nos decían que no sabían qué iba a pasar, cómo iba a evolucionar... Y no dejas de pensar en eso todo el día. En unos segundos te cambia el chip, ves la vida de otra manera», dice Aida.

La cabeza de Peregrina sigue alta. Llena de humor y de ganas de estar con los hijos, con los dos nietos; de irse a la próxima laconada o celebrar en 6 años, tras toda una vida trabajando (en las bateas, en una conservera, echando piche en carreteras), sus 50 años de oro, codo a codo, con Manuel.

Aida mira a su madre como a la niña de sus ojos. «Es una luchadora nata», dice quien a los 24 años, tras desobedecer a mamá, plantar la carrera de Química y ponerse a trabajar en una copistería cogió la puerta para ser independiente. ¿Diferencias? Ya sabemos que una madre es una madre, no una colega, y menos mal. «Nosotras somos las dos de carácter», admite Aida. «Las dos, Aries», sonríe su madre. «Somos muy parecidas, por eso chocamos», dice la hija. Bueno, «son los choques normales», tercia Manuel padre, la vía conciliadora de este hogar que pide un Deseo para los próximos Reyes: «Seguir todos juntos, como una piña».

Peregrina, que continúa su recuperación en Adaceco de A Coruña, dice que «hay mucha gente en el hospital, soliña, y fuera no nos damos cuenta». Ella se siente orgullosa de los suyos. Nosotros también, porque lo difícil es ser un héroe en casa, un día y otro día.Va por ellas, va por ellos, por los que dan el callo por amor.

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