Hay pocas cosas más enojosas para el oído que escuchar a una persona llamarse humana. Algo tiene esta tautología que suena a inútil y reiterado, pero que carece de la impronta poética y hasta trágica que a veces tiene lo evidente, ese «temprano madrugó la madrugada» con el que Miguel Hernández elogió a Ramón Sijé. Las personas, de hecho, solíamos ser humanas de forma evidente y exclusiva hasta hace unos dos años, cuando la justicia argentina abrió una brecha en la especie al considerar a Sandra una «persona no humana». La decisión apenas quebrantó la vanidad inflexible de los humanos, acostumbrados a divisar el mundo desde arriba y a disponer a su antojo de sus criaturas, pero en realidad estableció una brecha esperanzadora. Hasta aquella sentencia, Sandra vivió veinte años cautiva en un zoo de Buenos Aires, enjaulada y privada de sus derechos de primate, de especie inteligente y sintiente, con raciocinio, autoconciencia e individualidad. La orangutana había nacido en Alemania en 1986, cuando arrancó una penosa peripecia vital que en octubre del año 2015 concluyó con un hito histórico. La Cámara de Casación Penal de Argentina le concedió un habeas corpus a esta orangutana de Sumatra, que oficialmente pasó a ser la primera «persona no humana» del planeta.
Sandra debería haber marcado una muesca en nuestro desbordante engreimiento, que tiende a concedernos la exclusividad de la inteligencia por muchas muestras diarias que las personas humanas y hasta algunos presidentes de Estados Unidos den de nuestra infinita capacidad para ser estúpidos. No fue exactamente así, aunque avance firme el trabajo serio de científicos empeñados en demostrar que hay vida inteligente más allá de nuestras humanas narices. Uno de los ejemplos más reveladores es el del cuervo, con un raciocinio equivalente al de un niño de ocho años y capaz de introducir monedas en una máquina de vending para conseguir comida.
Disponer a las criaturas que habitamos la tierra en posición horizontal y no piramidal es uno de los desafíos del presente. Esta semana se avanzó un paso en esta carrera por la dignidad general. El hito lleva el nombre de Naruto, un macaco indonesio que en el año 2011 se hizo uno de los primeros selfies de la historia, convirtiéndose en un adelantado de esta deriva enloquecida de las autofotos. Es cierto que el mono apretó el botón sin anticipar sus consecuencias, pero su sonrisa guasona parecía una mina de oro para el dueño de la cámara, el fotógrafo David Slater, que consiguió congelar la estampa de una especie esquiva abandonando la cámara cerca de Naruto y permitiéndole que jugara con ella. Un juzgado declinó la petición de una organización animalista que exigía el copyright para el macaco, pero Slater comunicó estos días que cede el 25 % de esos derechos a la atención de esta especie animal, lo que sienta un gratificante precedente.
Mientras la nómina de personas se amplía con orangutanes con habeas corpus y macacos con derechos de imagen, la impronta humana necesita reafirmarse por doquier. El apocalipsis robótico que algunos anticipan choca con algunos hechos incontestables. Hasta la fecha, la supersónica evolución tecnológica no ha conseguido que una máquina hable como un humano. Ese metálico «su tabaco, gracias» que pronuncia las expendedora de cigarrillos; ese insensible «ha elegido usted gasolina eurosúper 95»; ese porfiado «plaza de Pontevedra, pueden cruzar» de los semáforos parlantes han sido grabados antes por una voz de persona. Como Siri, que es una vasca llamada Iratxe Gómez que da clases de inglés en Vitoria. Cuando le dé una orden a su iPhone, recuerde que es más persona humana de lo que parece.
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