Yo nací por el camino

ESTOS PARTOS SON DE ESPRINT No es una escena de «Mira quién habla» ni de «Fast & Furious». La realidad es de película. Marina, Mauro y Alan nacieron sobre la marcha, salieron a comerse el mundo antes de llegar al hospital

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Marina nació a ritmo de rock un día gordo, el 22 de diciembre del 2014. Le dio a su madre un embarazo rabudo y, en compensación, un parto exprés. Duró lo que la canción más corta del mundo, el tiempo justo para echarse al suelo a la puerta de casa contra todo pronóstico, empujar dos veces y coger a la niña al salir. «Fue todo muy rápido, no tuve tiempo a pensar nada, solo a cogerla mientras salía. Mi madre estaba llegando a casa en ese momento...». ¿Y la asistencia médica? Un poco después. «El 061 llegó a los diez minutos y cortó el cordón».

Mientras Laura traía a su tercera niña al mundo sin dolor -«Tuve dos o tres contracciones fuertes y de repente muchas ganas de empujar, casi no dolió», cuenta sin drama ni ceremonias- el rellano del quinto de A Coruña donde vive se convirtió en un paritorio de andar por casa: Laura dio a luz en familia.

Rewind, please. Volvamos a la escena de película conociendo el happy end, a esta niña que hoy no deja de moverse con los pies descalzos por el parque. «Siempre se quita los zapatos», dice su madre.

A la llegada fulminante de Marina al mundo asistieron el marido y padre de la esprínter, Miguel, que se secaba de los nervios («¡No paraba de beber agua, un vaso, otro vaso!», recuerda Laura), sus hijas Iria y Carmen, la perra Pepa y la abuela Pata (vaya el apelativo familiar, que así la llaman sus nietas, quizá en un guiño a Brazos largos, ese cuento para dormir en que abuela y nieta son dos patas inseparables). «Todos me miraban sorprendidos», dice Laura sin sorpresa. ¿Cómo se sintió al ser matrona de sí misma, al ser la primerísima en coger a su hija, el pedazo de vida perfecta «que bajaba por las piernas?». «Lo vi como algo automático, muy natural», afirma.

La cosa en la barriga empezó a cambiar ya al mediodía de ese 22 de diciembre de premio. Laura empezó a notar las contracciones hacia las dos y media o tres, suaves e irregulares. La experiencia de la espera en sus partos anteriores la hizo decidirse por un paseo. Se fue con su hermana por el paseo marítimo «a dar una vuelta». A la vuelta a casa, hacia las cuatro y media, «me puse a comer algo y noté una contracción fuerte... y ganas de empujar. Me metí en la ducha con la idea de prepararme para ir al materno y Miguel llamó a mi madre para que se quedase con las niñas», detalla.

Marina no esperó. Nació con tres kilos justos y un llanto pequeño (aunque su hermana mayor, Iria, lo recuerda grande). Marina se llama Marina «por la médica del 061» que atendió a su madre tras dar a luz. El equipo médico comprobó in rellanu que todo estaba bien y puso rumbo al materno, donde salió la placenta y el «trabajito» de parto llegó a su fin.

EL MEJOR PARTO

«Ninguno de mis partos fue difícil», asegura Laura. El azar y la genética pueden soplar en contra o a favor, ¿y los tiempos, cómo son? Hace sesenta años se paría en casa por necesidad, hoy se paga por dar a luz en el hogar. ¿Tendemos a complicar y planificar demasiado un proceso en esencia natural? «Sí, quizá sí, creo que todo es más fácil de lo que parece. Marina salió sola» en el que Laura considera, en facilidad, el mejor parto de los tres.

Oráculo materno, que se pronuncie la voz de esta curiosa experiencia de parir en el umbral: ¿qué debe tener un buen parto? «Ser lo más natural posible, no tener ninguna intervención que no esté justificada... ¡y que sea rápido!», dice Laura. ¿Qué debe hacer alguien que se pone de parto sin contarlo a la puerta de casa, en el rellano, en el ascensor, en el coche? «Sobre todo, tratar de conservar la calma. Especialmente los que están alrededor. Yo sé que si Marina no estuviese aún para nacer no habría salido así. Si va rápido, el parto es fácil, significa que va bien», asegura la madre que parió a la puerta de casa, sin dolor, con la familia mirando cómo la vida sale a veces (casi casi) sola.

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OLALLA, MADRE DE MAURO:«EN EL ASCENSOR YA EMPEZÓ A ASOMAR LA CABEZA»

Hace tres semanas que nació un niño de casi tres kilos y medio llamado Mauro. Hasta aquí todo normal. Lo insólito del acontecimiento, que fue narrado por mi compañero Pablo Portabales, es que el bebé se abrió paso entre el ascensor y el portal de su casa. Esta es la historia de un parto de vértigo del que la madre se encuentra absolutamente recuperada y el niño, bien se ve, está que da gusto verlo. «Hasta la matrona se asombró de la recuperación. Pensó que al ser un parto precipitado estaría desgarrada, pero para nada. «Di a luz en la mejor postura», cuenta ahora Olalla, la valiente protagonista de esta trepidante aventura. «Empecé a las seis de la madrugada con las contracciones y hasta las seis y media solo tuve cinco, pero la última fue dolorosísima. Estaba tumbada, así que me levanté, desperté a mi otro niño, Breogán, que tiene tres años, y le dije a mi marido que llamase a su padre para quedarse con él mientras nosotros íbamos para el hospital. Me metí en el baño con las manos apoyadas en el lavabo y las piernas flexionadas», relata Olalla, que dice que lo primero que hizo su marido fue reñirle un poco: «Me dijo que cómo había tardado tanto en avisarle, pero es que él no sabía que había sido tan rápido».

MAURO PIDE PASO

En cuanto llegan los sanitarios de la ambulancia se encuentran con una mujer que está dando a luz, así que la sientan en una silla y la meten rápidamente en el ascensor para irse volando al hospital. «Me decían que aguantase hasta llegar allí, pero ¿cómo iba a aguantar? Les dije que no podía, que el niño ya venía», relata. Y tanto que venía. Mientras ella les hablaba, Mauro ya asomaba la cabeza y, al momento, lo que Olalla cree que eran los hombros. «Noté que se me fue la presión de repente, y eso es porque ya estaba con ellos de fuera», asegura sin estremecerse ni por un segundo. Con este panorama, el ascensor llega a su destino. Salen a la acera. Y justo cuando estaban cambiándola de la silla a la camilla de la ambulancia, delante su portal, Olalla aprovecha la inercia y empuja. «¡El niño ya está aquí!», le dijeron. Ella respondió: «¡De verdad, es que ya os dije que esto no se puede aguantar!».

Así llegaron al hospital. «Yo llegué allí con el niño en brazos. Salieron de Urgencias, de Pediatría y de Ginecología para darme la enhorabuena», dice aún con emoción. Pero este no es el primer parto de Olalla. ¿Con cuál se queda? «¡Con el segundo! De hecho, si tuviese un tercero, me plantearía el servicio de matronas en casa. Del primero, que fue en el hospital, tardé un año en recuperarme y tuvieron que ayudarle a salir con ventosa. Estuve desde las cuatro de la madrugada con contracciones y hasta las ocho no empezaron a ser dolorosas. Sin embargo, con este al día siguiente ya estaba como si no hubiese pasado nada», sentencia. ¿Pero hemos escuchado bien? ¿Piensa ya en un tercero? «¡Nooo! Solo digo que si se volviese a dar, valoraría que fuese en casa». Visto lo visto, habrá que estar atentos.

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LUCÍA, MADRE DE ALAN: «¡PARA EL COCHE, QUE NACE AQUÍ!»

Esta es una historia de película, de esas que habría que leer aguantando la respiración para intentar imaginarse a Lucía con su barriga de nueve meses soplando en el coche de camino al hospital. Imaginarse a Lucía sudando y a grito pelado en el asiento del copiloto berreando que no puede más. Que el niño empuja. Y su marido al lado, nerviosísimo, intentando ponerse en contacto con una ambulancia. Si leemos este reportaje así, entre contracción y contracción, tal vez podamos sentir por un momento la angustia de estos padres, Manuel y Lucía, cuando hace dos años, un 29 de julio, tuvieron que enfrentarse al nacimiento de Alan, su segundo hijo, en plena autovía de camino a Santiago. Pero vayamos al principio para conocer cómo fue la llegada al mundo de Alan, más conocido como Alan de la Rotonda, por el lugar en el que decidió nacer.

Lucía y Manuel esperaban tener a Alan del mismo modo que a su primer hijo, Axel, en el Clínico de Santiago. Así que cuando ella empezó a notar las primeras contracciones, se fueron al hospital y allí pasaron todo el 28 de julio, entre paseos por el pasillo y revisiones. Las matronas que atendieron a Lucía la tranquilizaron y le dijeron que en principio se trataba de contracciones de ensayo, no de parto, por lo que la mandaron para casa la mañana del día 29. Y tanto que eran de ensayo, el ensayo final. Porque de vuelta en A Estrada, donde viven, a tan solo media hora del hospital donde pensaban dar a luz, Lucía se encontró con la sorpresa de que había roto aguas y que el nacimiento de Alan se precipitaba. «Subimos al coche para llegar cuanto antes al médico y recuerdo que en la primera rotonda (este parto se cuenta por rotondas) Lucía ya no podía más, empezó a gritar, a gritar, así que decidí pedir por teléfono una ambulancia. Mientras le explicaba al de la centralita en qué dirección iba, el chico que me atendía yo creo que estaba más nervioso que yo -cuenta Manuel- porque oía a Lucía y sabía que estábamos en apuros».

EN PLENA AUTOVÍA

En ese momento, la imagen que describen era propia de un sketch: ella agarrada con la mano derecha al asa alta del coche, «escarranchada», con el asiento echado hacia atrás y con la otra mano tocándose porque notaba que el niño le salía. «Ahora lo cuento con gracia, pero entonces no sabía qué hacer. Ella me pedía que siguiese, que siguiese, por su deseo de llegar al hospital, pero al mismo tiempo gritaba que no podía más», relata Manuel. Y no pudo. Un cuarto de hora después de salir de casa, notó que la cabeza del niño asomaba. «Para aquí, que nace, que nace», y Manuel decidió bajar del coche en plena autovía, en la famosa rotonda con la que Alan quedó bautizado. «Allí -cuenta Lucía- el gesto de Manuel fue muy revelador. Me bajé el pantalón y entonces él se echó las manos a la cabeza y dio un giro sobre sí mismo». A Alan ya se le veía y a su padre le entró la angustia de que le pudiera pasar algo. Entonces, como en las películas, solo pudo ayudar a su mujer con un imperativo clásico: «¡Empuja!». Y en solo dos empujones, el niño nació en manos de su padre, que lo colocó instintivamente hacia abajo para que no se atragantase. En ese momento, como en los finales felices, llegaron dos ambulancias, la segunda con un médico que fue el encargado de cortarle el cordón a Alan. Pero a su madre le quedaba todavía más trabajo: expulsar en el hospital la placenta, por lo que le tuvieron que poner el gotero. «Cuando oí decir: ‘Esta chica ha parido, pero no ha dado a luz’ creí que me daba algo», indica Lucía, pero tuvo suerte y también en dos empujones echó la placenta. El recuerdo del nacimiento de Alan es imborrable -bromea Manuel- eso sí, otro día te cuento cómo me quedaron los asientos; si me llega a parar la Guardia Civil con toda esa sangre ¡me llevan preso!».

Alan, que hoy tiene 2 años, pesó 3.700 gramos, fue un bebé sano y ahí lo tienen, ajeno a tanta movida delante del coche en el que vino al mundo y que nunca venderán. A ver quién lo frena.

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