Pedro Alonso: «Eu son o fillo de Antonio o da Chora»

El entrañable cura de «Padre Casares» es hoy Berlín, el miembro más maquiavélico de los atracadores de «La Casa de Papel». «En un tren me han dicho: ?Tú has nacido para hacer de cabrón?», confiesa el actor sin esconder que le divierte.

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Artista, sapito y pinturillas. Esta es la descripción que Pedro Alonso ofrece de sí mismo en su perfil de Instagram, donde da rienda suelta a su otra pasión: la pintura. Detrás de todo su arte se esconden unas raíces que tiene muy presentes: «Firmo mis obras como O’ Choro, que es el mote que le tenían a mi familia en la aldea». Es lo que se le ocurrió para compensar a su padre por haber escogido el apellido materno para su nombre artístico. «No le hizo ninguna gracia», recuerda. Habla como lo haría Berlín, con elegancia y sin atropellarse. «No me gusta aturdir», dice.

-Enhorabuena, todos destacan especialmente tu papel.

-Ja, ja. ¿Quiénes son todos?

-Pues la crítica.

-¿Es que sabes lo que pasa? No leo las críticas, porque todo lo que se dice para bien y para mal tiene un peligro tan grande que procuro concentrarme en el trabajo. Sí es verdad que uno siempre nota cuando está pasando algo que tiene que ver con una corriente favorable, y percibo una energía cómplice y contagiosa con la serie y con Berlín. Algo parecido en lo que en su momento pasó con el Padre Casares. Tiene un retorno con el que la gente conecta muy directamente. Lo curioso de este caso es que sea tan cómplice con un personaje tan controvertido, porque se las trae. Lo estoy viviendo como un regalo.

-Por momentos Berlín no parece un ser humano. ¿Es un psicópata?

-No, diría que está en el filo de varias cosas. Si acaso es un sociópata. Cuando tiene un tipo delante con una emoción en marcha lo lee bien. Un psicópata no entiende, no lee, confunde. Un sociópata igual lo lee y lo rechaza. Berlín ve la mayoría de las emociones humanas como algo patético, algo muy pobre, como de niños pequeños, y le hace gracia. Se la pela. A veces tú ves en televisión realities de máxima audiencia y es grotesco. Y lo ven la mayor parte de los españoles. Berlín es como si estuviese viendo un reality pasado de vueltas todo el rato y diciendo: venga, este expulsado. A veces no sabes si estar de acuerdo o estar en contra.

-¿Qué tiene que ganar en ese atraco si tiene una enfermedad degenerativa y sabe que va a perderlo todo?

-¿Y tú qué crees?

-¿A un hijo? ¿A alguna causa?

-Como no podemos desvelar cosas, digo algo. Yo procuro definir lo menos posible hacia dónde va, porque te cierras vías. Hay algo que mola muchísimo en esa realidad tan difícil de la muerte inminente, y es que él va a fondo perdido. Hay un aliento trágico en su comportamiento, él conoce que la muerte está cerca, y parece que cuando la muerte está cerca la gente es más como realmente es, se concentra más en el presente.

-¿Has visto de cerca esa sensación?

-Yo fui a ver a unos enfermos terminales y había algo muy claro en ellos: estaban absolutamente enchufados al ahora. Y a Berlín le encanta provocar la liberación de lo más reprimido.

-¿Ves algo de ti en él?

-Yo busco no hacer que hago, me tomo la interpretación como una investigación. Obviamente no hace falta cargarse a alguien para hacer de asesino, pero sí que trato de ver lo que hay detrás. Todos somos muy poliédricos. Yo puedo ser muy malo, muy macarra y dar sustos, pero a mí me gusta llevar al espectador de la mano y que entienda lo que estoy haciendo, aunque no lo comparta. No me gusta aturdir.

-Del cura de «Padre Casares» a la encarnación del mal en «La Casa de Papel». Menudo salto.

-Desde luego del Padre Casares a Berlín hay una oscilación del péndulo. Yo recuerdo un viaje en tren entre Vigo y Madrid, creo que todavía se emitía Padre Casares y que al mismo tiempo ya se estaba emitiendo Gran Hotel, donde hice mi primer personaje turbio. Estando aún dentro de Galicia una señora me dijo: ‘Claro, tú haciendo de padre, siempre vas a hacer de bueno porque con esa cara de bueno que tienes...’. En el mismo tren, estábamos ya por Zamora y me dice un tío: ‘Eres un hijo de puta tan impresentable... Tú has nacido para hacer de cabrón’. A los dos les dije lo mismo: ‘Gracias’. Porque lo agradezco mucho, pero yo ya no me justifico. En esa zona de controversia, de fricción, es donde está la salsa de mi trabajo, y yo diría que de la vida.

-En tu Instagram leí: ‘Actor, sapito y pinturillas’. Lo de actor y pinturillas lo entendí, lo de sapito no...

-Ja, ja, ja ¡Mi madre tampoco! ¿Qué crees que es sapito?

-Sorpréndeme.

-Pues hice un viaje a México, que fue un descubrimiento, y lo de sapito es una imagen que tuve allí y que... por no decirlo todo, digamos que es propia de los cuentos donde todo es posible. Donde la imaginación no tiene límites, las ranas se convierten en príncipes... Se me ocurrió poner sapito y mi madre me lo preguntó: ‘¿Sapito, hijo mío?’ ja, ja, ja. Está bien ser claro y que la gente te siga, pero también que tenga su propia versión. Eso hago con las pinturas. Pienso: ‘¿Tú ves eso? Pues es una opción’. La verdad es que pinto como un loco.

-Hablando de pintura, firmas tus obras como O’Choro, que es el mote de tu familia paterna. ¿Es para compensar lo de tu nombre artístico, que lleva el apellido de tu madre?

-Sí, es que yo era un choro, un choriño, o fillo de Antonio o da Chora, éramos de la familia dos Choros, de los lloros, no sé muy bien por qué. Yo soy de aldea, aunque nací en Vigo, y mi infancia la asocio mucho a Soutelo de Montes. Me fui temprano de Galicia y tardé, pero cuando retorné me di cuenta de que era mucho más gallego de lo que pensaba. Y sí, ha sido una forma de restitución del nombre de mi padre. Ahora me gusta también decir que soy Pedro Alonso O’ Choro. Mi Instagram ya lo es, @pedroalonsoochoro. De hecho muchas veces pienso: ‘¿Cuándo lo pondré todo?’. Si escribo algo, seguramente firme así.

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