Ella ha roto los límites del ballet

Misty copeland.Tiene 1,2 millones de seguidores en Instagram, es imagen de una marca de ropa deportiva, y hasta tiene una Barbie. La primera mujer negra en estrenar «El lago de los cisnes» en el Metropolitan de Nueva York quiere más.


El sueño americano se acuñó pensando en ella. Misty Copeland es la primera mujer negra que alcanza el puesto de primera bailarina en el American Ballet Theatre, una de las mejores compañías clásicas del mundo. En diciembre del 2014, Copeland hizo historia al convertirse en la primera bailarina afroamericana que protagonizó El lago de los cisnes para esta misma compañía. Y con un físico fuerte, atlético, muy alejado del prototipo de bailarina clásica extremadamente delgada y grácil. Copeland es todo lo contrario. Es potente, rápida, musculosa. Y lleva su carrera con un ritmo arrollador. No es, probablemente, la mejor bailarina del mundo. Pero es un símbolo de la lucha por la igualdad y la diversidad. Y una diva: acumula 1,2 millones de seguidores en Instagram, Under Armour la ha fichado para anunciar ropa deportiva, acaba de convertirse en imagen de una marca de yogures, es embajadora de Seiko, y hasta Barack Obama la fichó para su Comité de salud, deporte y nutrición. En un número histórico de la revista Time sobre las 100 personalidades más influyentes del 2015, Copeland ocupaba la portada de los pioneros. Y si todo eso no fuera suficiente, se ha convertido en mentora de varios jóvenes afroamericanos que quieren llegar a convertirse en bailarines profesionales. Es lo más parecido a una estrella del rock en puntas. Y un modelo para las niñas. Como ella misma decía en la promoción de su Barbie, que una cría pueda ver una muñeca negra, con un cuerpo diferente a las barbies tradicionales, y que triunfa, es un ejemplo de que puedes conseguir que tus sueños se cumplan.

 CONTRA LOS ELEMENTOS

La vida de Copeland ha sido de todo menos fácil. Empezó en el ballet con 13 años, una edad muy tardía para soñar con una carrera profesional. Con cinco hermanos, criados por una madre sola, cuando su familia tuvo que mudarse a otra ciudad en la que no podría continuar con sus estudios de danza, su profesora decidió acogerla. Una solución que duró unos años, hasta que su familia decidió que ya no necesitaba de sus maestros para continuar su carrera. En un culebrón muy televisado, la maestra le recomendó que solicitase la emancipación de su madre, que pidió que alejasen a la niña de su profesora. Con intervención de la policía incluida, la joven finalmente volvió con su madre, y durante años, apenas volvió a ver a la familia que la acogió. Poco después, Copeland llegó al American Ballet. Solo tenía 18 años.

Han pasado 14 años, varias lesiones y operaciones, el ascenso a solista, y una promoción a bailarina principal que tardó 7 años en fraguarse. No todo han sido luces: voces críticas, sobre todo en Internet, se preguntan si su subida a la máxima categoría no es fruto de una calculada campaña de márketing, sumada al interés del American Ballet de hacerse un lugar en la historia y atraer un nuevo público, por encima de sus méritos artísticos. Y es que Copeland es el personaje perfecto: una infancia complicada, el esfuerzo para hacerse un hueco en un mundo tan cerrado como el ballet clásico, al que parece no pertenecer, y un color de piel y un cuerpo que rompen con los esquemas habituales de la bailarina clásica. Aunque esto también está cambiando. El año pasado, la bailarina Sarah Hay no solo logró colarse en los Globos de Oro por su papel en la serie Flesh and Bone. También abrió el debate sobre la necesidad de que el ballet cambie su definición de lo que es un cuerpo adecuado.

Copeland ha luchado contra los cánones clásicos desde la adolescencia. Las bailarinas apenas tienen pecho, y sus músculos son discretos, a pesar de la fuerza física que desarrollan y el durísimo entrenamiento. Pero ella ha potenciado su imagen atlética. Lo ha hecho como rostro de la marca de ropa deportiva Under Armour (su primer anuncio para la firma lleva más de 10,5 millones de visionados en YouTube), pero también en las fotografías que ilustran libros y promociones. Y es que su carrera juega en otra liga. Libros, guías, una gira con Prince, publicidad, platós de televisión (el último enseñando a bailar a Jimmy Fallon). Ahora que el éxito se mide en seguidores, su cuenta de Instagram @mistyonpointe suma 1,2 millones. Bailarines de su nivel en todo el mundo no se acercan ni de lejos. El ballet no es un arte de masas, pero ella también ha superado esa barrera. Y se ha convertido, por derecho propio, en la mejor encarnación del eslogan de Under Armour «Seré lo que yo quiera». Una pionera, una estrella, un cisne, un modelo. Una diva.

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