Cuando el padre-abuelo era él

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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En el año 1760, el doctor inglés Michael Turner escribió un tratado sobre la sífilis que ha pasado a la historia por incluir la primera mención escrita al término condón. La enfermedad era entonces uno de los grandes problemas de salud pública en Europa, a pesar de lo cual el médico reconocía que muchos hombres preferían enfermar antes que usar la «detestable armadura».

Es relevante esta primera mención lingüística al más popular de los métodos anticonceptivos porque durante siglos todas las barreras físicas que se inventaron no estaban destinadas a proporcionar a la mujer herramientas de control de sus embarazos sino a proteger al hombre de enfermedades de transmisión sexual.

La maternidad ha sido, pues, el gran asunto durante buena parte de la historia de la humanidad, un asunto demasiado relevante para dejarlo en manos de las mujeres. Así parecen haberlo entendido la mayor parte de las religiones, con la católica al frente. Resulta inaudito que hasta el año 2010 un papa, en este caso Benedicto XVI, no haya aprobado el uso de preservativos y que esta autorización moral estuviera únicamente destinada a frenar el avance del VIH. Oficialmente, para la Iglesia de Roma la sexualidad de las mujeres sigue vinculada a la maternidad y cada coito encierra una posibilidad cierta de procreación.

Así que la gran revolución del siglo XXI volverá a ser la de la maternidad. La generalización de los métodos anticonceptivos en la segunda mitad del siglo XX permitió a las mujeres tomar el control de su cuerpo y organizar sus vidas de una manera nueva. La ciencia se puso al servicio de las señoras y de una forma indirecta provocó un terremoto social de dimensiones siderales, pues la incorporación masiva de la mujer al mundo del trabajo y la independencia económica que trajo consigo ha redefinido el contexto socioeconómico del mundo. Una mujer que decide cuándo quiere ser madre es una mujer más libre.

La novedad en este siglo está siendo la ruptura de las fronteras de la edad. La fertilidad femenina ha estado sometida a unos límites diferentes de los que regían en la masculina. Los anticonceptivos hormonales permitieron aplazar la decisión, pero esa decisión se encontraba de pronto con una frontera temporal. La gestión de ese tiempo, apurar el calendario hasta el final, ha creado de hecho una nueva industria, la de la fertilidad, que proporciona a las mujeres herramientas científicas para ser madres más allá de lo que consentiría la naturaleza, aplicada esta en el más estricto de los sentidos. Surgen aquí de nuevo los apocalípticos que pronostican un mundo de zombis engendrados en vientres viejos, agoreros que aplican las estrictas normas de lo natural cuando conviene, sin levantar la vista y aceptar que poco queda a nuestro alrededor que no esté intervenido, modificado o alterado, incluido el paisaje que nos acoge.

Hoy las chicas de veinte años congelan sus óvulos para utilizarlos veinte años después y en el periódico sobresale el embarazo de una mujer de 62 años. Echamos cuentas de cómo progresará su vida a medida que avance la de su hija y efectivamente parece una locura que pueda acompañar a una adolescente bordeando los 80. La misma locura que ha alcanzado desde siempre a hombres de esa misma edad para quienes la procreación en el entorno de la vejez era un síntoma de vitalidad, un triunfo de la virilidad y no una irresponsabilidad manifiesta.