Ese perro que entiende lo que dices

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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El mundo se divide entre los amantes de los gatos y los amigos de los perros. Son dos categorías indisolubles que proyectan en esos mamíferos su visión del mundo. Quienes conviven con gatos destacan de ellos su independencia, su elegancia y esa dignidad que los convierte en implacables ante la traición. Como aquel felino que tras ser cruelmente expulsado del hogar aguardó en la escalera a su dueña, se le abalanzó a la primera ocasión y desapareció para nunca más volver. Es justo ese amor propio extremo lo que le reprochan a los gatos los amantes de los perros. De los canes alaban su lealtad ciega y esa capacidad cierta para fundirse con su dueño, un talante que hay quien considera sumisión. Como aquel galgo golpeado hasta la agonía por su dueño al que seguía adorando con una disposición inexplicable.

Aunque se proceda de la hinchada gatuna, es inevitable doblegarse ante el grandioso bien que los perros hacen al ser humano, a pesar de que entre ellos, entre los humanos digo, menudeen los energúmenos indignos de ser considerados como tales. Ahora que está de moda computarlo todo, habría que crear un índice del bienestar, de la felicidad y el amor que los perros proporcionan a las personas en todos los rincones de la tierra. La ciencia ha demostrado que fue el can el que se aproximó a un entorno, el humano, que le proporcionaba ventajas existenciales, así que parece que la iniciativa de esta fructífera alianza le correspondió desde el principio al perro. En el año 2008 se encontró en Bélgica la evidencia fósil más antigua de un perro domesticado. Según este vestigio, los cánidos llevan al menos 32.000 años compartiendo la vida con las personas, en una alianza que no hace más que sofisticarse. Resulta asombrosa, por ejemplo, la colaboración con humanos enfermos o discapacitados, una evidencia de que los perros acumulan talentos inalcanzables para nosotros, como cheirar una subida de azúcar en un niño diabético.

Hablamos esta semana de esa investigación publicada en Science según la cual los perros entienden las palabras que pronuncian sus dueños. Y no hablamos de percibir un tono impositivo o cariñoso, sino de comprender vocablos precisos con la implicación química y eléctrica de la región cerebral correspondiente. Algo, por cierto, que muchos ya sabían. Basta con observar la intensidad demoledora de las miradas que se cruzan algunos perros con sus personas para deducir que ahí hay comunicación de la buena, sin ruido ni imprecisiones.

Copérnico demostró en el siglo XVI que la Tierra no era el centro del universo. No fue suficiente esta cura de humildad, porque el ser humano sigue enfermo de egocentrismo. Acabamos de saber que los perros entienden lo que decimos. Puede ser un paso para empezar a considerar que el mundo no es nuestra huerta, un patatal del que disponer a nuestro antojo, y que en el mismo habitan criaturas inteligentes que tienen tantos derechos sobre el planeta como nosotros.