¡QUÉ ANIMALADA! Puestos a elegir, ellos se quedan con los dos, aunque tengan sus preferencias. Esto merece un guau. ¿O un miau?
05 mar 2016 . Actualizado a las 05:40 h.«Lo nuestro no va a ser fácil, pero me digno a intentarlo», maulló el gato. Y el perro no tardó un guau en aceptar. Lo que tienen los felinos es que, allá donde van, su contoneo provoca admiración (¿no?), especialmente en quienes, por más que ladren, exigen poco a cambio de su amistad. A la sabiduría que da la experiencia -que ha cuajado en frases como «cuanto más conozco a las personas, más quiero a mi perro»-, se suman estudios para todo. Hay uno que advierte que tener un gato aguza la memoria; otro, que el que tiene perro vive más feliz, y otro, ¡que el nivel de oxitocina en orina determina el apego entre dueño y can! ¿Para mearse... de amor?
Así a primera vista, parece necesario decidir: ¿playa o montaña?, ¿naranja o limón?, ¿trekking o yoga?, ¿perro o gato? «Si, hai que admitir que ou es de can ou es de gato», afirma Moisés Barcia, traductor y editor de Rinoceronte, que, a pesar de su sentencia, convive con los dos. ¿Y reina la paz en esta mezcla animal? A él, al que siempre le han gustado los animales, lo de la convivencia gatoperruna le viene de familia. Moisés, que es más de gato, vive con dos. Dos felinos que miran atónitos a un tercero de otra especie: Rufino. ¿Pero qué tal entre ellos, saltan chispas, andan como el perro y los gatos? «A relación -revela Moisés- é peculiar. É que o meu can, Rufino, é boíño... pero moi parvo, tremendamente parvo. Fai cousas como comer a caca dos gatos como se fose un pastel. Os gatos quedan mirando para el e imaxino o que están pensando: ¡Que lamentable representante do xénero animal temos diante!». Pero entonces ¿no tienen quien les ladre los gatos de Moisés? «Nesta casa, é o can o que ten medo», dice. El editor recuerda cuando llegó a casa el más pequeño, «un gatucho que fóra amamantado por unha cadela». Rufino enseguida se dejó intimidar. «Os gatos co can se envalentonan, danlle un moquetazo e róubanlle a comida. ¡É cómico!», comenta.
Sobra decir quién manda en casa de Moisés, que recogió a sus tres mascotas en una protectora, «que por desgraza están cheas».
¿Son tan diferentes perro y gato como especie, o la cosa va en función del ejemplar? Parece que a los gatos hay que darles de comer aparte. «Os gatos teñen outra dignidade. Débennos de ver á súa altura, como gatos grandes. En cambio, os cans ven ao amo como o todo, como se fose un deus». Algo hay en esa escena del gato ovillado a los pies de alguien que lee sentado junto a la chimenea: «Os gatos achéganse a min, comproban a moleza do meu bandullo -comparte- e ás veces concédenme a dignidade de usarme como coxín». El perro, en cambio, muere de entusiasmo en cuanto le ve: «¡Executa unhas danzas para min...!». Con Rufino, Moisés puede hacer cosas que con los gatos jamás: «Ir de picnic, correr pola praia... ¡ou levalo ao bar!». En buena compañía da tanto gusto quedarse como salir.
AMOR A PRIMERA VISTA
En materia de perros y gatos está claro, cada uno habla de la feria como le va en ella. Marta Ben, una coruñesa de 35 años, relata que nunca se había planteado vivir bajo el mismo techo que canes y felinos, hasta que su marido apareció en casa con un pan, perdón... gato, debajo del brazo. «Salía de una obra y se encontró a una gatita entre los escombros; no pudo evitar traerla a casa y claro, nos decidimos a adoptarla».
Cuatro años pasaron mientras Luci se sintió la reina del hogar. Pero Marta, fiel amante de los perros, seguía con la mosca detrás de la oreja, así que un día se decidió a ir a una perrera y poner fin a la monarquía absolutista que la gata Luci estaba imponiendo en su piso herculino. «Fue amor a primera vista con mi perro Fer», asegura esta química.
Y llegó el (temido) encuentro. Fer, el nuevo miembro de la familia, había llegado para quedarse, y Luci no tenía pensado hacerlo fácil. Pero Marta se lo tomó con filosofía, y es que... ¿en qué relación son fáciles los comienzos? «Optamos por dejarlos a su aire, que se fueran conociendo poco a poco, sin meternos nosotros. Eso sí, los primeros días, para evitarnos disgustos, cuando salíamos de casa los dejábamos en habitaciones separadas, aunque seguro que ni falta habría hecho, porque al cabo de una semana ya estaban acostumbrados el uno al otro», dice Marta.
Para esta coruñesa, la convivencia de sus pequeños ha sido un coser y cantar; es más, en la actualidad un cachorrito hijo de su perro Fer también vive con ellos. ¿Tres son multitud? «Para Luci muchas veces sí, porque no puede seguir el ritmo de juegos de los perros». Sin embargo, a Marta le va la marcha en materia animal, así que por eso es tajante y afirma (sin que la oiga la reina de su hogar): «En un futuro solo tendré perros».
VIVIR CON CUATRO MASCOTAS
¿Tiene la felicidad un instinto animal? Cristina Prieto Ledo no se imagina vivir sin sus cuatro mascotas. Sus dos perros -Señor y Lucas- y sus dos gatos -Luisma y Lercho- son, con su pareja, su compañía diaria. En su hogar se organizan para cuidar a los animales. «Entre semana a miña parella saca o can grande porque pasea máis rápido e eu saco o pequeno. A fin de semana é máis relaxada e saímos todos xuntos», dice Cristina, quien reconoce que siente predilección por Lucas, un perro que ya tiene 13 años y que adoptó hace unos meses en la sociedad protectora de animales y plantas de Lugo. Lo lleva a agility -competición canina- y dice que le viene de perlas. «A emoción que me produce Lucas non ma produce ningún outro. Ninguén o quería por ser maior e por ter artrose, pero agora véxoo tan ben que é unha gran satisfacción», relata Cristina. En cuanto a la convivencia perrogatuna, comenta que es maravillosa. «Os gatos non merecen a mala fama que teñen. Son listos, intuitivos, independentes e moi cariñosos. Os cans son distintos pero aportan moito. Chegas a casa e emociónanse. Son agradecidos e teñen moita telepatía entre eles», relata. Con respecto al carácter, los gatos, a diferencia de los perros, no pasan la fase del miedo, advierte esta lucense que dispone de una casa grande con dos terrazas para que los perros puedan corretear al sol. Los gatos, cómodos en su gatera. ¿Reina la paz? «Os animais non pelexan. Se os gatos son novos xogan máis. Corren e escapan». Hace veinte años que Cristina convive con animales, que son parte de su pequeña familia.
«Hacen tanta compañía. Ahora no podría vivir sin ninguno de los dos», confiesa la actriz Dolores Gippini, que no ve nada pero nada negro a lo de vivir con perro y gato, por más que sus reyes sean negros los dos. «La reina es ella, está poseída por el espíritu de Cleopatra, ja ja ja», comparte Dolores refiriéndose a Mamba. Esta es la gata de un hogar donde se cumple el tópico, al menos uno: «La pequeña Mamba es la consentida. Él [el perro, Beltz] es el pobre y santurrón hermano mayor», cuenta su dueña.
LA GATA Y SU CURIOSIDAD
Ella tiene 5 años, él 8, y el destino -empujado por Dolores-, les llevó a vivir en una casa con jardín en la que «había ratones». En los roedores, ojo, está el quid de la relación. El perro ya estaba cuando llegó la gata, librando a Beltz de la suerte relativa del animal único. «Ella llegó para librarnos de los ratones, ¡y lo hizo rápidamente! Y se quedó. Yo era más de perro -admite Dolores-. Los perros te buscan, se dejan cuidar, juegan... Son muy cariñosos. En cambio, los gatos se mueven más por interés. Mamba te persigue, y no te deja... pero para que le des comida. Con el gato no sueles tener esa complicidad que te une al perro». ¿Se hacen los felinos más de rogar? «Sí. Pero en el momento en que quedó claro que era ella la que mandaba todo fue perfecto. Pero aunque tiene genio, hay que decir que Mamba es muy cariñosa».
Además de negro brillante, Beltz es un perro muy protector, cuenta Dolores, que dice que él vive muy pendiente de su dueña: «Un día, caminando en grupo, me dio un bajoncillo de azúcar y me quedé atrás. Allá se vino él, atrás conmigo. Él, siempre conmigo». Ella, más a su bola, no acata normas, en plan duquesa en sus dominios: «Si ahí no se puede subir, ¡ahí está subida!». Mamba tampoco se pierde una conversación. Escucha silenciosa ahora que Dolores remata: «Lo de la curiosidad mató al gato es verdad».