Un estadio de fútbol, una sala de conciertos, una terraza. Los terroristas de París atentaron contra la alegría. A todos los tiranos les molesta que la gente disfrute. Creen que la felicidad es una incitación a la rebelión y que la sonrisa hace a la gente libre. Ven en la carcajada un pecado mortal. Hay una censura atávica al goce inducida por muchas religiones que pescan mejor en la amargura. Algunas consiguieron incrustar esa censura en nuestro ADN social. Si te lo pasas demasiado bien, algo malo estarás haciendo.
Una terraza es una ventana al mundo. Desde un cenador observas que la realidad es una sujeto cambiante y dejas que el presente te mire a ti. Es una exposición democrática, en la que todos comparten nivel y posición.
Una terraza es una exhibición de normalidad, una evidencia de paz. Cuando las pistolas chillan lo primero que se cierran son los cafés, esos lugares en los que se va hilvanando la modernidad, entre un cortado y un copazo de coñac, o entre un roiboos y un Jägermeister, dependiendo de la época. La democracia empezó a verbalizarse en Galicia en las tertulias de lugares como el Miño, el legendario café de la calle del Paseo de Ourense en el que departían Cuevillas, Otero y Risco ante la mirada asombrada de los chavales con más inquietudes de la ciudad.
En Santiago siempre estuvo el Derby. Cuando Avelino San Luis lo abrió, a finales de los años veinte, artistas de la época ayudaron a decorarlo. Los zócalos de la parte superior del local son de Camilo Díaz Baliño, que también aportó unos tapices que ya no se conservan. En Pontevedra estaba el Moderno y en Vigo, otro Derby. En sus barras y entorno a sus mesas se han ido comentando las novedades del mundo que a principios del siglo XX llegaban de París; en los ochenta, de Nueva York; en los primeros 2000, de Berlín y hoy de alguna bulliciosa ciudad del oriente.
Además del Miño, en Ourense estaban el Royalty y el Roma; en Lugo, el Méndez Núñez y en Compostela, también el Español. A la tertulia del Derby acudían Valle, Maside, Dieste, Seoane, García Sabell y Díaz Pardo, una concentración de inteligencias por la que es fácil subyugarse. Cuentan las crónicas que en El Español, frecuentado por estudiantes y artistas, ¡un día habló García Lorca!
Los cafés y sus terrazas han sido las redes sociales del siglo XX, capaces de tejer un hilván invisible entre los que siempre han preferido la inteligencia a la muerte. Las mentes más efervescentes necesitan compartirse en torno a una mesa. A principios del siglo XX, la bohemia se hizo mítica en París en sitios como Le Dome, en donde se dice que Gertrude Stein convenció a Matisse para que abriera su academia de arte. Los montparnos (Modigliani, Miró, Kandinski, Picasso, Stravinsky y Hemingway, Cocteau...) convirtieron en un templo a La Coupole, una joyita del art deco que todavía conserva las columnas que pintó Chagall. Jorge Edwards veía allí a diario a Samuel Beckett, destilando whiski. Y Mario Vargas Llosa dijo de esta brasserie: ?Yo dedicaba todos los domingos a escribir un artículo. [?] Cuando acababa me premiaba yendo a La Coupole a despachar un Curry d?agneau (?) Allí estaba, sin fallar nunca, Alberto Giacometti».
Contra todo esto se disparó el viernes. Cada vez que ocupemos la terraza de un café deberíamos recordarlo.