Suele decir mi amigo Roberto Blanco que todo lo exagerado tiende a convertirse en irrelevante. Es una máxima infalible que no siempre se tiene en cuenta pero que podría protegernos de algunos charlatanes. En ese campo se ha movido estos días la OMS, difusora de un inquietante mensaje que, en contra de lo dicho estos días, ha provocado una reacción mundial de cachondeo que debería preocupar a la ONU. Sostienen los científicos serios que la alerta que lanzaba esta semana la organización, en la que se juntaban en una sola frase las palabras cáncer y carne, es rigurosa y atinada y que el problema es que no hemos sabido aquilatar su trascendencia. Sostienen también que muchos de los indignados no han entrado en la letra pequeña del informe y que el incremento pavoroso del maldito cáncer requiere de esfuerzos educativos planetarios. Quizás el problema tenga que ver con la propia identidad de la OMS y con el carácter de sus interlocutores. En un mundo intoxicado que a veces también hace espectáculo de la ciencia, el organismo que vigila la salud del planeta se ha convertido en una especie de agencia de noticias que incorpora, además, el principio de autoridad. El «lo dice la OMS» tiene la capacidad de zanjar cualquier parloteo intrascendente que cada segundo del día se abre en este mundo para arreglar los grandes desaguisados de la humanidad. Es algo así como el «lo pone el periódico» de los asuntos sanitarios, una referencia inapelable cuyas conclusiones son de naturaleza divina aunque se desatiendan los matices que siempre acompañan sus informes. La OMS nos ha dicho que la humanidad morirá de gripe, que el azúcar es el nuevo tabaco, que el consumo de antibióticos a gogó ha creado superbacterias inmortales y superresistentes, ha advertido contra la homeopatía y contra los teléfonos móviles por si producen cáncer pero también ha dejado de dar explicaciones serias y convincentes sobre los beneficios que grandes multinacionales farmacéuticas han sacado de alertas mundiales de la OMS.
El 11 de junio del año 2009, la agencia lanzó una de sus famosas alertas sobre un brote de gripe A. Los reportes diarios de la organización invitaban a imaginar la inminencia de un crack humanitario en el que las avenidas de las grandes ciudades se llenarían de zombis infectados y la especie humana sucumbiría entre mascarillas. La crisis se superó finalmente sin haber siquiera rozado el panorama pronosticado. En mayo, la organización convocó para participar en su asamblea general a delegados de 192 países, técnicos especializados liberados de la obediencia institucional. La mayor parte de estos científicos no solo reprocharon a la OMS la alerta, sino que la consideraron dictada por la gran industria farmacéutica que, al utilizar la autoridad de este organismo para inyectar ese miedo cerval que las epidemias provocan en todos nosotros, forzó a los estados a adquirir de forma masiva cientos de miles de dosis de vacunas contra la gripe que, finalmente, nunca llegaron a ser utilizadas. Imagínense el negocio. Las críticas más afligidas las profirieron, además, los representantes de los países en desarrollo, que a diario conviven con el cinismo de quien consiente que cada día mueran 19.000 niños por causas evitables. El delegado de Colombia, Hernán Velásquez, llegó a declarar: «Los estados miembros han perdido la confianza en la OMS, porque han visto que no se ha actuado con neutralidad ni independencia». Ningún científico serio duda a estas alturas de la importancia de la divulgación y la alerta; de lo que nos jugamos en salud pública; del progreso insoportable del maldito cáncer; de la necesidad de introducir hábitos saludables; de que somos lo que comemos. Pero este batiburrillo comestible en el que se ha metido la OMS estos días no beneficia aparentemente a nadie e inquieta solamente a las personas que ya estaban preocupadas por comer bien y que ya sabemos desde hace tiempo que las hamburguesas del McDonald?s, muchísimo mejor desde el escaparate. Meter en el mismo cesto unas salchichas procesadas, precocinadas, precalentadas y compactadas con las zonas más innobles de un mamífero, y un majestuoso jamón de Jabugo no es que sea una irresponsabilidad, es que es directamente una gilipollez.