Los cobardes caen en la Red

YES

28 mar 2015 . Actualizado a las 05:16 h.

Supongo que un cobarde nace. Que uno no se vuelve cobarde con el tiempo. Que este tipo de pendejos solo necesitan las condiciones idóneas de temperatura y humedad para que sus miserias asomen y que los damnificados ni siquiera son sus enemigos, sino las víctimas propiciatorias de una tara ética cuya genética es muy misteriosa. Puede que en cada uno de nosotros habiten un cobarde y un valiente y que la tensión entre ambos sea constante, de forma que unas veces gana el bueno y otras se impone el malo. La cobardía, de hecho, es muy inspiradora. Su representación está detrás de casi todos los grandes personajes del cine, porque un héroe siempre necesita un cagón cerca para brillar, un miserable al que no frenen los límites que siempre imponen la ética y la generosidad.

Hay épocas especialmente propicias para los grandísimos cobardes. Se multiplican, por ejemplo, durante las dictaduras. De eso saben los miles de españoles que durante el franquismo fueron delatados por sus vecinos, como el profesor sabio de La lengua de las mariposas, convertido en arquetipo de todos los que fueron acorralados por la miseria intelectual, la envidia y el miedo cerval que los fascistas sienten ante un librepensador. Voltaire fijó mejor que nadie los límites entre las personas decentes y esos individuos que amenazan, amedrentan, ridiculizan, insultan o directamente aniquilan a los que piensan de una forma diferente. ?No estoy de acuerdo con lo que dices pero defenderé con mi muerte tu derecho a expresarlo?, proclamó el héroe de la Ilustración, regalando así al mundo un mandamiento de dignidad que estos días debería estar esculpido en los frontispicios de los colegios, en las fachadas de los parlamentos, en las sedes de los partidos políticos y en el acceso de esa red social llamada Twitter en la que suceden cosas estupendas pero que miles de capullos usan cada día para dejar constancia de lo vulgar que puede llegar a ser la estupidez humana.

El accidente de los Alpes ha permitido a miles de anormales vomitar estiércol en la Red, pero desde que este instrumento de comunicación se generalizó hay cientos de personas que a diario reciben amenazas y son insultadas y difamadas. Sucedió siempre, me dirán. No creo que el porcentaje de cretinos se haya disparado con la crisis o con la tecnología, pero es verdad que los matones han encontrado en Twitter un magnífico aliado. No solo por la difusión masiva y la organización en red, fundamental para que su propósito de infligir miedo se cumpla, sino por el anonimato que proporcionan esas cuentas sin identificación nominal a las que recurren todos estos cobardes. Muchos compañeros de letras saben de qué hablo porque sufren a diario las chabacanas invectivas verbales de troles agazapados detrás de un huevo o de un seudónimo que les permite disparar contra cualquier pensamiento ajeno con una agresividad que se califica sola pero que incomoda a las víctimas. Son cobardes ellos y los que multiplican la onda expansiva reproduciendo esos eructos. 

Esta moda por la denigración anónima y sin piedad es ideológicamente transversal pero, ojo, porque hay quien está utilizando como coartada la indignación y la desventura que ha traído la crisis para disparar a dolor. Hay quien ha decidido apropiarse de la desdicha de muchos y erigirse en portavoces anónimos de un desconsuelo que en el caso de los trolls es simple oportunismo fundamentalista expresado, insisto, con la cobardía que siempre pone en evidencia insultar detrás de una máscara.