Por qué Napoleón fue derrotado en Galicia

Hace 210 años, la victoria sobre los franceses provocó el asombro de militares e historiadores


Vigo

En enero de 1809, dos ejércitos de Napoleón, comandados por sus mejores mariscales, Jean de Dieu Soult y Michel Ney, entraron en Galicia persiguiendo a las tropas británicas al mando del general Moore, quien murió en la batalla de Elviña, pero buena parte de las fuerzas pudieron ser evacuadas, en un claro paralelismo con Dunkerke en la Segunda Guerra Mundial. Seguidamente, los franceses iniciarían la ocupación del país, cometiendo brutales atropellos. Muchos de ellos se debieron a la propia naturaleza de unos ejércitos que no iban acompañados de suministros y tenían que abastecerse sobre el terreno.

Cuando los gallegos se levantaron, en villas y ciudades, los militares franceses reaccionaron con terroríficas expediciones de castigo, violando, asesinando e incendiando todo a su paso. La Reconquista de Vigo fue el mayor triunfo de los rebeldes y, tras ella, con casi los mismos protagonistas vigueses, llegó la liberación de Tui, la de Pontevedra o la de Compostela. Como represalia, en mayo el general Maucune marchó sobre el sur de Galicia en una campaña de tierra quemada. Y, en junio, el mariscal Ney intentó sofocar definitivamente la rebelión, pero fue vencido en la batalla de Pontesampaio, ante un ejército tan irregular como el que protagonizó el bando gallego en aquellos seis meses de contienda. Una fuerza integrada por paisanos mal armados, sin instrucción militar, pero con un ardor guerrero que asombró al mundo.

Dos siglos después, abunda el argumento historicista que dice que los gallegos en 1809 lucharon en realidad contra la democracia, jaleados por los curas y por los absolutistas. Es falso. Y es un insulto a la memoria de aquellos paisanos que dieron su vida por una causa noble. Porque ya resulta difícil calificar a Napoleón como un demócrata. Incluso resulta hilarante. Tampoco suele funcionar que cierta democracia pueda imponerse con violencia, estilo Irak, Afganistán o Vietnam. Pero sobre todo es falso que los gallegos luchasen a favor del absolutismo. Lo hicieron por las Cortes de Cádiz, que aprobaron la primera constitución del estado y abolieron la Inquisición, por ejemplo. Y lo hicieron también gallegos liberales como el diputado Francisco Sangro, que fue enviado a Londres por la Junta Suprema del Reino de Galicia. No es culpa de los gallegos que pelearon en 1809 que luego el ominoso Fernando VII traicionase todo este espíritu, y aplastase aquellos anhelos de libertad.

Es sumamente injusto hacer una revisión historicista de los seis meses de 1809. Que, en realidad, fueron un episodio que asombró al mundo. Y la prueba está en los militares e historiadores que escribieron sobre ello. Thiers, en su Historia del Imperio, se sorprende de todo lo que sucedió: «Parece mentira que un cuerpo de ejército tan numeroso y aguerrido como el que mandaba Ney no pudiera hacer frente a los indisciplinados gallegos».

El historiador Louis Madelin, gran autoridad en el tema, se rinde ante los gallegos de 1809: «El hecho de que paisanos mal armados, sin conocimientos ni experiencia militar alguna, derrotados y dispersos frecuentemente, puedan hacer fracasar al genial Emperador y a los valientes ‘vencedores de Europa’, obligándoles, finalmente, a evacuar España, es una verdad que los profesionales no suelen admitir fácilmente, y eso no solamente los franceses, sino también los británicos y, a veces, hasta los propios españoles».

El británico Napier, en su obra Guerra de la Península, reconoce que la guerra de guerrillas, que nace en Galicia, fue clave: «Los batallones de Lord Wellington hubieran sido rápidamente exterminados si los franceses, inquietados por los jefes de las guerrillas, no se hubiesen visto obligados a mantener dispersas sus fuerzas». Madelin resalta algo que deberían sonrojar a los historicistas que ahora se ponen estupendos: es cómico pretender que los gallegos hubiesen recibido con los brazos abiertos a unas tropas que saqueaban sus casas, arrasaban sus cultivos, bebían su vino, mataban a sus animales y cometían toda suerte de violencias: «Hay otro aspecto del problema. Hay que dejar libre al soldado para saquear y procurarse su subsistencia, lo que equivale, en todos los casos, a vivir sobre el país».

El coronel John Jones, en Historia de la guerra de España y Portugal, admira «la perseverancia y la constancia maravillosa» de los gallegos: «La banda desorganizada, casi sin uniformes, en la época de la retirada de los franceses, esperaba el momento oportuno para echarlos con vergüenza del territorio galiciano». Y concluye: «Así pues, los dos más hábiles mariscales de Bonaparte, encargados por él de dominar la Península, fueron, por decirlo así, expulsados de Galicia por unas guerrillas y unos restos de tropas regulares». Eduardo Chao se maravillaba con que «a los cinco meses de ser invadida, se veía libre Galicia, merced a su asombroso levantamiento unánime, a su actividad y perseverancia. Se pudo conocer entonces lo que puede un pueblo defendiendo su hogar y la patria. Rudos paisanos, tropas sin instrucción y mal armadas, caudillos inexpertos triunfaron de huestes aguerridas y de consumados generales».

El conde de Toreno lo resumiría: «No hubo en su reconquista de Vigo ni ingenieros ni cañones, solo ganada a impulso del patriotismo gallego». Pero, desde el simplismo, los revisionistas seguirán diciendo que los gallegos se equivocaron en 1809. ¡Como si hubiesen tenido una alternativa! Pero para entenderlo mejor solo hay que hojear la serie de Los Desastres de la Guerra. Y que ilustre la salvajada que fue todo aquello el inmortal Goya. Da risa y pena que algunos, desde la cómoda distancia de dos siglos después, sostengan que ellos habrían actuado de otra forma.

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