Es urgente la elaboración de un plan de regeneración de las aguas
28 sep 2015 . Actualizado a las 09:48 h.Disculpen la obviedad, pero en buena medida en Vigo vivimos de la pesca, en todos los sentidos. Lo sabemos y seguramente somos conscientes de ello, aunque no lo parezca. Por eso nos impactaron las informaciones que, en solo tres días, leíamos esta semana. Agárrense: las lonjas de la ría encadenan una década consecutiva de descenso de pesca fresca; las mismas lonjas perdieron un 10% de sus ventas este verano; la ría ya no soporta la cantidad de barcos que faenan en sus aguas, los caladeros están sobreexplotados y esquilmados. Es urgente un plan de regeneración de la ría.
La depuradora de Vigo no solo no va a depurar, sino que su emisario es una amenaza para la pesca. Se miente sistemáticamente en las declaraciones de capturas, porque se pesca mucho más de lo regulado y declarado. Nuestra flota no es sostenible para el medio. Los niveles de contaminación son alarmantes, y así un largo etc.
Con semejante resumen podrían ustedes pensar que los ecologistas nos hemos desatado esta semana, pero no. Las declaraciones que transcribimos proceden de las cofradías de pescadores de la ría de Vigo. Podríamos, para empezar, dejar de mirar para otro lado y asumir colectivamente las cosas que sabemos de sobra, que son muchas repartidas. Por orden aleatorio fijémonos en el simpático jubilado que llega en su lanchita, mostrando orgullosamente sus dos robalizas recién pescadas, mientras dice: «Por dos robalizas no pasa nada». En un tambucho, junto a los aparejos, lleva un capacho con 20 kilos de chocos. El fornido submarinista, que surge de las aguas con el sargo arponeado, mientras dice: «Por un sarguito no pasa nada». Previamente amarró en la punta del espigón una malla con 10 kilos de nécoras que irá a retirar esta noche. O el patrón del barquito que llora amargamente porque no hay una sola sardina en la red, mientras en la bodega lleva dinamita suficiente como para volar el Galiñeiro. O el patrón del otro barquito, que dice cumplir estrictamente sus cuotas y cupos mientras su hija, apenas una niña, pasea por el puerto vigilando que no asomen los inspectores para que no vean que el barco de papá llega a puerto con las bodegas colmadas de especies, tamaños y toneladas ilegales, cosa que saben perfectamente los insuficientes inspectores.
La simpática pescantina de la plaza, esa encantadora señora de confianza, que pone a la vista una variada oferta pero que sabes, clienta de toda la vida, que bajo el mostrador, o en la furgoneta aparcada a la entrada, te tiene reservadas esas cariocas que está prohibido comercializar, aunque lo hace porque claro «las clientas me las piden». Y no te olvides de ti, que las compras aunque, eso sí, argumentando eso tan bonito de que «pues que no las pesquen» o «ya que están». O la mejor excusa: «Ya sé que está mal y no las deberíamos comprar, pero es que están tan ricas?».
Somos, seguramente, amigas o amigos de quienes, con el trasero en pompa, casi todos los días se pasean por los arenales capturando navaja, almeja o berberecho. «Son un puñadito para hacer hoy con arroz, y por un puñadito no pasa nada», dice la simpática señora de las bolsas cargando con cinco kilos de bivalvos en cada mano. En Baiona, tocamos a tres percebeiros furtivos por cada uno legal «tengo que alimentar a la familia», dicen, mientras se lo llevan muerto, sin gasto alguno y como si los hijos de los percebeiros legales, que pagan sus impuestos correspondientes, no comieran. Al fondo están las nasas, en las que también por cada una legal tenemos tres furtivas fondeadas día y noche.
Y mientras tanto los indicadores objetivos siguen cayendo inexorablemente. Mínimos históricos en capturas de pulpo y sardina. Aumento gradual de la temperatura de la ría. Descenso de los períodos de afloramiento marino, con el consiguiente descenso de zooplacton y fitoplacton (es decir, que no hay alimento para los peces). Niveles de contaminación tan elevados que nos imponen una denuncia europea, por mucho que los intentemos camuflar ondeando banderas azules. Se convierte en noticia que los polígonos de bateas estén abiertos, y lo cotidiano es que permanezcan cerrados por las toxinas. No hay semana sin incautaciones de pesca y marisco ilegal. Fraudes en los impuestos por pesca no declarada.
Todo esto lo sabemos; lo estamos viendo todos los días y que levante la mano quien sea tan ingenuo como para no imaginar que el ecosistema de la ría lleva tiempo advirtiendo que su colapso llegaría en cualquier momento. La esperanza absurda era que el colapso le tocase a los que vinieran detrás, pero ya podemos perder la esperanza: la ría no va a aguantar mucho más y nos ha tocado a nosotros solucionar el problema.
La gran pregunta es obvia: ¿Tiene solución? Los ecologistas, como decía Chesterton, somos como una tetera? aún estando hasta el cuello de agua hirviendo, silbamos. No existen solucionas simples para problemas tan complejos y donde influyen tantos factores, pero existen soluciones. A veces nos falta espacio, por lo que las posibles soluciones las expondremos en una pertinente segunda parte la próxima semana, aunque para empezar, quizás por el final, bienvenido sea que varias cofradías de pescadores de la ría pusieran esta semana, quizás sin saberlo, la primera piedra de la tan necesaria como inevitable declaración de la reserva pesquera de la ría de Vigo.