Que Vigo no es localista lo demuestra el sable de Soult. Lo normal sería honrar al arma de la liberación, en lugar de hacerlo con la que empuñó el enemigo. Pero esta ciudad no conserva el hacha de Carolo y Cachamuíña. Y, por el contrario, expone en Castrelos, con todos los honores, el mandoble del mariscal francés.
Vigo es distinta. Y la manida etiqueta de los localismos no es sino otra campaña -la enésima- para desacreditar a la mayor ciudad de Galicia. A la que le sobran motivos para quejarse. Históricamente, porque arrastra el pecado original de que le fuese arrebatada su capitalidad, hace casi dos siglos. Y que, en un momento en que provincias y diputaciones son un modelo decimonónico y decadente, no se ha querido resolver un problema no solo gallego sino estatal. Existen en España un par de ciudades con similar población que su capital provincial. Pero ninguna que cuadruplique su censo.
Este crimen de origen lo emponzoña todo. Y ningún político ha querido resolverlo. Antes bien, se ha dinamitado toda solución, como en el caso del área metropolitana, boicoteada en el último minuto por Feijoo, ya en trámite parlamentario.
Pero Vigo salió mala de matar. Aun privada de las ubres administrativas que amamantan otras ciudades, no solo resistió. Sino que, en dos siglos, ha emergido como una potencia civil y económica. Y, para frenarla, últimamente ya vale todo. La postración del aeropuerto, la aberración del puerto nodal, la supresión del partido judicial, la cosa de las cajas de ahorros, el desastre sanitario, el abandono de la diputación, la marginación en la red de alta velocidad...
Son tantos los insultos, que esto es ya intolerable. Suerte que esta ciudad solo conserve el sable de Soult.
Algunos no sé qué llegaríamos a hacer con el hacha...
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