César Casal González
13 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.HAY más maltrato de lo que parece. El maltrato es como un iceberg. Sólo asoma la punta del cuchillo cuando hay sangre. La montaña de odio está por debajo, helada. La mujer de Tui acuchillada por su marido lanza una certera advertencia a las que tengan la bota de su pareja encima de la cara: «A la primera bofetada hay que largarse. Yo pasé ocho años horribles. Al año me quiso ahorcar y después le perdoné». Son palabras que dañan. Añade: «Lo mío no se podía evitar». Siempre hay fatalismo en el maltrato y nos toca a todos luchar contra esa situación de impunidad de la que goza el machista leninista que aplasta a su mujer. Y hay más maltrato del que parecía porque Vicepresidencia señala, con razón, que es violencia el control de las amistades y del dinero de la mujer. Sucede mucho. Las tarjetas son del marido y se las deja a ella. Incluso cuando ella trabaja, es él el que fiscaliza el dinero. Y, cuando trabaja en casa, él desprecia su labor. No se da cuenta de lo que cuesta el servicio doméstico y lo duro que es. Muchas depresiones emergen en esa labor sin compañía, repetitiva: hacer las camas, los niños, las comidas, las cenas, fregar y volver a fregar sobre fregado, un millón de veces. No vamos por el buen camino. Hoy es la tontería de san Valentín. No creo en ese santurrón del comercio. No se ama un día. Ahí están las cifras del maltrato en el 2006. Asustan. Tres mil denuncias, aquí, entre nosotros, nuestros vecinos. Más de 1.300 órdenes de protección. Y en lo que va de año, ni mes y medio, otro medio centenar de esas órdenes. Un cónyuge no es un yugo. Ni la cama de matrimonio, un cadalso. Hay que vivir, no sobrevivir. El amor es compartir, con papeles o sin ellos. Y sufrir no tiene nada que ver con querer. Hay que seguir el consejo de la mujer de Tui: irse a la primera bofetada. Después, sólo hay más. cesar.casal@lavoz.es