El precio del VIH


¿Cuánto vale una vida? Hay quien dice que infinito. En estos días inciertos en que los algoritmos están de moda, tal vez sería útil consensuar el algoritmo de la vida -o de la muerte-, para ponerle un precio objetivo. Sería algo parecido a lo que ya hacen los seguros, los jueces o Hacienda en las herencias: dividir futuro esperado entre pasado consumido para obtener un resultado en euros. A muchos lectores de La Voz les ha indignado la información sobre un vecino de Nigrán que vivió quince años creyendo que portaba el VIH, el virus del sida, y al que esa convicción le arruinó la vida. Se lo diagnosticaron erróneamente en el Hospital Povisa y, aunque se le repitió la prueba y arrojó un resultado negativo, nadie se lo dijo ni se anotó en su historia clínica. A los lectores les indigna la ridícula indemnización que ha fijado el juez: 60.000 euros. Gracias a él sabemos que cada año que piensas que tienes una enfermedad incurable y potencialmente mortal vale 4.000 euros. Pero lo peor no es la falsa creencia, sino sus consecuencias: el joven tenía 35 años, una mujer y una hija; y, creyéndose sentenciado, cayó en la droga, se divorció, perdió el contacto con su familia, se perdió a su hija y ahora está en la cárcel. Una canallada. La sentencia recoge algo más inquietante: cuando su entorno supo que tenía el virus del sida lo convirtió en un apestado. Lo aisló. A la niña la señalaban en el colegio. Porque el sida, al contrario que la diabetes o la hipertensión, es una enfermedad moral. Eso sí, somos capaces de indignarnos por esta perrería y, a la vez, cruzar de acera al tropezarnos con un sidoso, no vaya a ser el aire que atraviesa sea contagioso.

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