¡Una panadería que solo hace pan!

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

MOAÑA

XOAN CARLOS GIL

María del Carmen Casal y sus hijas gestionan en Moaña el horno que fundó su abuelo Francisco

04 oct 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Quizás parezca una obviedad, pero el mundo se ha convertido en un lugar lleno de panaderías donde pedir pan no es tan fácil. ¿Qué pan: Barra, bolla, bollo, centeno, trigo, mezcla, integral, con semillas, sin gluten...?

En Moaña hay un horno donde todavía esa comanda es simple y perfecta.

-¿Me da una barra de pan?

-Claro, aquí tiene.

Se paga y punto. Así de sencilla es la vida en el Forno de Francisco, una panadería tan como las de antes, que no luce ningún nombre en el bajo que ocupa, pero los que saben de buena materia prima, llegan o por tradición o porque se lo han soplado.

El negocio lo tenían alquilado los padres de mi abuelo Francisco. Cuando perdió una pierna, fue mi abuela, Carmen, la que se hizo cargo de horno», cuenta su nieta, Salvia. Ella, junto a su hermana María y su madre, María del Carmen Casal, se encarga de seguir la tradición. Pero asegura que no saben con exactitud cuándo la panadería comenzó su actividad. «Calculamos que hace alrededor de 80 años porque cuando la cogió mi abuela ya funcionaba y ella, que falleció hace 8 años, tendría ahora 90».

La panadera cuenta que una de las características más especiales del establecimiento familiar es que el horno de leña es fijo. Luego los hicieron más modernos, con el suelo giratorio, pero este no. La base es de piedra», explica. Eso hace la tarea un poco más complicada. Para sacar el que está más atrás, antes hay que mover el que está delante. Tampoco tiene termostato. El funcionamiento es rústico. «Es todo a ojo», advierte. No hay pitido que avise ni alarma que lo pare pero Salvia no se despista nunca, «lo que ocurre es que es muy trabajoso porque depende mucho de la leña. «La de carballo viene bien para que el horno conserve mejor el calor y la de eucalipto, para que le de la intensidad necesaria para que el pan abra y suba cuando lo metes. Si no, también sale, pero queda más bajito y le cuesta más hacerse».

También es complicado si se avería, porque casi no hay quien lo arregle. Afortunadamente, conocen a un vigués que sabe repararlos. «Es un chico que aprendió el oficio de su padre y aunque trabaja como guardia de seguridad, viene cuando hay problemas», cuenta. Pero lo fundamental en este espacio es el pan. Y ellas lo hacen al modo artesanal, con harina de trigo, agua, levadura y sal. «No lleva nada más», afirma. Pero a un alimento tan natural y orgánico todo le afecta. «Influye el tiempo que hace. Si hace calor la masa se nos puede ir, o si hace norte se queda más duro», explica Salvia, que reconoce que es un trabajo duro y en su caso peor, porque como el horno es difícil de manejar y hay que mover con destreza la pala de cinco metros, no encuentra quien le sustituya para coger vacaciones. Así que excepto los domingos, y 25 de diciembre, 1 y 6 de enero, su pan está disponible. No hay relevo externo y de la familia, solo ella cuece. Aprendió rápido. «A mi madre le dio un infarto, mi tío me explicó cómo hacer, y hasta ahora. Se me da bien aunque tengo las cervicales machacadas», reconoce Salvia, que no se olvida de ensalzar la figura de su abuela. «O forno de Carmen a da praia, que también le llamaban así, está aquí por ella, que tomó las riendas en un entorno complicado, rodeada de trabajadores que llevaban mal que una mujer mandara. Ella cocía pan, hacia las cuentas, cuidaba las hijas y atendía la casa. Levantó el negocio», resume. «Y mi madre y tía, de niñas, hacían el reparto», añade.

El padre también trabajó allí hasta que la pareja se separó, siguió su tío hasta que se jubiló, contrataron a un panadero que fue un fracaso y ella lleva tres años. Cada día baja con su progenitora a las 3.45 horas para preparar la masa, esperar a que leve y hacer barras mientras siguen entablando. «Luego viene mi hermana y coge los capachos para repartir por Moaña, además de lo que se despacha aquí», cuenta.

Solo hacen barras de ese pan de toda la vida, pero hay quien regresa a su infancia solo con el olor del horno, la gente se hace fotos y hay clientes que solo pueden tomar el suyo porque otros les hacen daño. Y siguen recibiendo encantadas a vecinas que llegan con la masa a hacer roscones mientras otros panaderos no las quieren ver. «Aquí, sí. Es una revolución y es algo bonito».