Entran las familias. Lo hacen dos veces cada día, a la una y a las seis. Están una hora. «Como muchas veces los pacientes están sedados, siempre nos preguntan lo mismo: 'Si le hablo, ¿me oye?'», explica una profesional. «Nosotros les decimos que no se sabe seguro, pero que por si acaso siempre es bueno hablarles». Y todos les hablan.
La uci es un lugar en el que cualquier persona ajena tiene una enorme sensación de fragilidad. Los enfermos son críticos: su vida corre peligro. La mayoría están sedados y la vida se encuentra bailando en una frontera que espanta. En esa situación tan extrema, es donde los gestos de cariño cobran una importancia vital: en un sitio donde la vida está al límite, donde la fragilidad lo inunda todo, la esperanza siempre encuentra algún resquicio para colarse. Lo hace a través de los besos en los brazos y en las manos, o a través de las caricias en la cara. Todos los familiares siempre besan a los suyos.
Nuria Leyenda, de Baiona, se ha llevado una alegría: a su padre lo trasladan a planta. Los últimos días han sido difíciles. «Estaba sedado y yo le hablaba, le acariciaba, le decía: 'Si me oyes, mueve el pie' ¡Y lo hacía!».
Otra mujer se queja: «No entendemos por qué solo nos dejan pasar a dos personas por paciente. En otros sitios dejan que entren más».
Una pareja de hermanos está preocupada por la gravedad de su padre, que lleva pocos días. «Hoy estamos muy contentos porque estaba en el box y lo han sacado. Nos conformamos con eso».