Temperatura infernal en Meaño

Disculparse por el mal tiempo veraniego es una costumbre muy gallega


redacción / la voz

Entrar en un ascensor significa hablar del tiempo durante 30 segundos. Venir en verano a Galicia significa hablar del tiempo durante todo el día. Reduciendo al absurdo, veranear en Galicia sería como veranear en un ascensor. Un detalle importante: en el ascensor, durante ese medio minuto y en cualquier época del año, los interlocutores hablan de igual a igual y comentan la meteorología con frases cortas en las que hay un par de exclamaciones y mucho subtexto, lo propio para un trayecto mínimo y una conversación insustancial: «¡Menudo día... Vaya mañanita... Ya pega... La que está cayendo...!», que traducido puede significar cualquier cosa: que hace calor, que hace frío, que llueve...

Pero veraneando en Galicia, las conversaciones sobre el tiempo tienen bastante más enjundia. En realidad, esconden toda una filosofía de la vida. Para empezar, las conversaciones no son de igual a igual como en el ascensor. Siempre hay un conversador que se coloca en posición de inferioridad, de disculpa y excusa: el nativo, el ciudadano del país, el gallego, que pide perdón por el tiempo en cuanto se nubla, corre una racha de viento o entra un jirón de niebla. En el otro lado de la charla, el forastero, que alucina en colores porque está encantado con la niebla, la nube y la lluvia suave. Acaba de llegar de un infierno de 40 grados y viene a refrescarse así que no entiende que le pidan perdón por darle lo que desea: una excusa para ponerse la rebequita.

Además, un turista no comprende esa capacidad de flagelación del gallego, que se inculpa sistemáticamente de cualquier turbulencia, como si en cada uno de los naturales del país se hubiera reencarnado el anticiclón de las Azores y fueran él o ella los culpables de sus movimientos casquivanos, sus intermitencias y su anticiclónica influencia sobre las sensaciones térmicas y los índices de humedad.

Otra situación muy llamativa es cuando sube el termómetro de 30 grados en O Salnés y los colegas de La Voz de Arousa titulan: «Temperatura infernal en Meaño». Cuando un madrileño viene de los 42 grados a la sombra y las noches con 25 de mínima, sudando e incapaz de pegar ojo, 30 grados le parecen una temperatura celestial, nunca infernal. Pero O Salnés y Galicia son así de divertidos y raros en cuestiones meteorológicas.

Aprovechar el sol

Algo que aprende el turista enseguida es que en Galicia uno no puede veranear como en Gandía. Si te gusta bañarte y estás en el Mediterráneo, te puedes permitir el lujo de no ir a la playa un día si no te apetece. Aquí hay que aprovechar cada jornada de sol como si fuera el último día despejado en el planeta: o te bañas ese día o puede ser que no te vuelvas a bañar en todo el veraneo. ¿Pero quién viene a Vilagarcía a bañarse? Aquí se veranea por otras razones y una de ellas es disfrutar de lo que en O Salnés se considera mal tiempo y en la Meseta se considera tiempo ideal.

Los asturianos llaman al veraneo ir a secarse. En julio y en agosto, los fines de semana y los días de fiesta, la autopista del Huerna, entre Oviedo y León, se llena de coches con familias que cargan neveras repletas de botellas de sidra, bollos preñaos y tortillas de patata. Van a pasar el día con sus familiares veraneantes en Valencia de Don Juan, Mansilla de las Mulas o Sahagún, la costa de León, donde se secan los asturianos durante el estío. Lo mismo sucede, pero al revés, en las portillas del Padornelo y de la Canda o en Pedrafita, por donde entran en Galicia miles de autos cargados de familias castellanas y madrileñas, manchegas y extremeñas, que vienen en busca de la lluvia y el fresquito. Vienen a mojarse.

El verdadero problema en O Salnés es cuando ataca una olita de calor de esas que aquí duran dos días y en el valle del Tajo son un tsunami que no se va en dos semanas. No es fácil combatir el calor en Arousa. Aquí, el aire acondicionado es un electrodoméstico de lujo (en Badajoz o Toledo es tan importante como la lavadora) y los ventiladores, como sabemos en Vilagarcía por experiencia, se agotan en cuanto tenemos tres días seguidos de temperatura infernal. Pero nadie se excusa en Galicia ante un forastero por el calor endiablado, cuando eso sí que debería ser motivo de disculpa.

En lo que no nos gana nadie es en la temperatura del agua del mar. Cuando en Radio Nacional facilitan ese dato, costa a costa, zona a zona, la de las Rías Baixas es la más baja de toda España con diferencia. Hay que ver cómo entran los turistas desprevenidos en A Lanzada, encogiéndose, haciendo contorsiones, agitando los brazos como si los introdujeran desnudos en una olla llena de granizada. La culpa, ya saben, es del famoso efecto de coriolis, que hace emerger el agua fría de las profundidades justamente entre A Guarda y Muros. En O Salnés, no se llega al punto de pedir perdón por el agua fría del mar, pero las disculpas compungidas por el tiempo veraniego son un clásico que no cesa: «Hasta el jueves hizo un tiempo estupendo, pero ha sido llegar vosotros... ¡Éche unha peniña!».

El gallego cree ser la reencarnación del anticiclón de

las Azores y se siente culpable

Aire acondicionado: un lujo en O Salnés, tan importante como la lavadora

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