«Estoy muy mayor para seguir luchando por estas pedras». Serafín Rodríguez subido en lo alto de una presa, la misma que abastece su casa desde hace 47 años, no da crédito a lo que el fuego ha dejado a su paso en Acevedo, uno de tantos lugares teñidos de negro en O Rosal para unos cuantos años. Todo su esfuerzo y el de sus hijos se centra en tratar de desviar la presa para enfriar el suelo mientras va y viene un helicóptero soltando un agua del que nadie abajo escapa y que parece poca para rebajar unos grados el suelo hirviente. Enfrente, al otro lado del río Tambre, en Couselo, una mujer confiesa llevar horas sentada en la cuneta entre pinos quemados para vigilar que el fuego no vuelva a surgir del suelo y rodee de nuevo su casa.
En Vilachán do Monte, José Vicente Rodríguez relata como el miedo no les deja descansar desde el lunes, cuando vieron correr en cuestión de segundos las llamas hacia el mar camino de A Guarda. Amelia Giráldez no es capaz de hablar del fuego sin lágrimas en los ojos, como tampoco María del Carmen Rodríguez, la concejala convertida en alcaldesa en los días más negros de O Rosal.
Da igual el nombre, la cara a la que le pregunte. Hoy, ayer, es el Baixo Miño, y ahora también el Val Miñor, O Morrazo... Como siempre, como todos los veranos, como todos los años en los que se promete mano dura contra los incendiarios y más medios para evitar las catástrofes. Nada cambia, y para que cambie, para que Galicia no sea un mal asador de árboles, la educación tendrá que empezar desde abajo, desde la más tierna infancia, para que no solo se nos llene la boca diciendo que amamos a nuestra tierra. Habrá que educar; que impedir que se construya en el monte, penar a los infractores y no dejar de luchar por estas piedras.