Una lesión cuando jugaba en el Celta de baloncesto despertó su interés por la medicina, la profesión actual de la que hoy es doctora del primer equipo del club
09 ene 2023 . Actualizado a las 05:00 h.Primero fue el baloncesto y, luego, la medicina. Laura Cabaleiro (Vigo, 1991) comenzó a jugar en Salceda y su vocación de doctora no apareció hasta que se lesionó siendo muy joven. Los estudios y el deporte fueron de la mano mucho tiempo, hasta que dejó de jugar precisamente por los problemas físicos. Y pasado el tiempo, las dos pasiones volvieron a caminar juntas: actualmente es doctora del Celta de baloncesto, cuya camiseta vistió un buen puñado de años, y también colabora con las categorías inferiores de la selección española.
Cabaleiro, nacida en Vigo pero criada durante parte de su infancia en Salceda, comenzó en el club de ese municipio «siendo bastante pequeñita» y recuerda con cariño a sus entrenadores José Luis, Manolo y Ana. Allí la vio jugar y se fijó en ella Carlos Colinas, de cuya mano llegó al Celta siendo cadete. Recuerda con cariño que participó en el año 2007 en el Campeonato de España de Jaca con nombres propios del baloncesto español como Alba Torrens o Tamara Abalde. Una de muchísimas experiencias solo empañadas por las lesiones.
Pero fue a raíz de su primera cirugía cómo despertó su vocación por la medicina. «De entrada, me planteaba quedarme en Vigo y estudiar otro tipo de carrera. Me llamaba la atención Fisioterapia e incluso valoraba hacer alguna ingeniería», recuerda. Pero cuando le tocó pasar por quirófano por primera vez para ser operada de una rodilla, algo cambió. «Los cirujanos me dijeron si quería que pusieran la cámara y me fueran explicando. Me picó la curiosidad y, a raíz de eso, decidí tirar por ahí», relata.
La carrera hizo que se tuviera que trasladar a Santiago, donde inicialmente no jugó, pero luego rompió el paréntesis incorporándose al Pío XII, primero como jugadora y luego, lesiones mediante, como delegada. «Sentía una especie de amor-odio, pensaba que no podía terminar de esa manera. Quería reconciliarme con el baloncesto», comenta. Por eso lo retomó en Salamanca, donde cursó otro período de estudios y, mientras, logró el ascenso a Liga femenina 2 con el equipo de la universidad en un año que le trae grandes recuerdos.
Y con ese buen sabor de boca, sí decidió que era el momento de poner el punto y final a su presencia como jugadora en la pista. «No se perdió ningún partido, éramos una piña, el entrenador me conocía y sabía de dónde venía y lo que podía dar... La tranquilidad de terminar en positivo hizo que la sensación de angustia, ansiedad o como se quiera llamar que tenía con el baloncesto se calmara», recuerda. De ese modo, sintió que saldaba su cuenta pendiente y, a su vuelta a Galicia ya para afrontar el último año de carrera con el MIR en el horizonte, decidió abandonarlo de manera definitiva.
Compatibilizar estudios y baloncesto fue una constante en su vida durante muchos años, algo que afrontó con naturalidad y también con mucha ayuda, agradece. «Soy de Salceda, pero hice el Bachillerato en O Porriño y entrenaba en Vigo. Por edad, no tenía coche, y tanto Carlos (Colinas) en su día, como entrenadores del Salceda y vecinos de allí me ayudaban mucho». Tiene claro que la organización era —y sigue siendo en su día a día— fundamental. «Ahora compagino el trabajo con el Celta y estoy haciendo un máster. Es cuestión de encajarlo todo», asegura.
La opción de colaborar con el Celta se le presentó el pasado verano. Desde hace dos, trabaja como doctora con las categorías inferiores de la selección española, por las que también pasó en su momento como baloncestista. «Me puse en contacto con ellos diciendo que me gustaría colaborar y este verano estuve con Cris (Cantero) en el Mundial sub-17», detalla. Ya la conocía de antes, como a Colinas, que luego se dirigió a ella para plantearle la posibilidad de una colaboración.
Cabaleiro señala que le fue franca, explicando que su trabajo actual, como médica de urgencias extrahospitalarias en un punto de atención continuada en Pontevedra, no siempre es fácil de cuadrar. «Fue una toma de contacto para ver si encajaba por ambas partes y así fue. Para mí, no deja de ser mi casa y mi familia», dice feliz con la oportunidad de poder «ayudar al equipo en el día a día».
Recalca que actualmente no echa de menos jugar al baloncesto, sino que disfruta «desde el otro lado», tanto viendo partidos como, en estos últimos meses, ejerciendo la medicina en su club de toda la vida. «Es diferente a mi día a día laboral, otro mundo, otra dinámica. Me resulta muy reconfortante trabajar con las jugadoras de manera directa, poder estar con ellas a pie de pista y echarles una mano», precisa. Además, ha congeniado muy bien con la fisioterapeuta del equipo, Sabela Crespo, mientras que a la mayor parte del resto de la gente que se ha encontrado en el club ya la conocía y ha sido un reencuentro.
El haber sido jugadora le ayuda a ponerse en la piel de las deportistas y a conectar con ellas. «Recuerdas las sensaciones, lo que podías llegar a pensar y a sentir. Puedo entender mejor sus miedos y cuando no son capaces de expresarlos. Y ha establecido este vínculo nuevo con un deporte que le ha dado «valores, muchos amigos y más pros que contras». Y la balanza se sigue decantando cada vez más hacia lo positivo.