El vecino del obispo de Tui-Vigo vive en una chabola

Un septuagenario desahuciado de un piso de la Iglesia vive en una cabaña junto a la sede diocesana


vigo / la voz

El vecino del obispo de Tui-Vigo vive en una chabola sin corriente eléctrica en la finca contigua a la sede de la Diócesis, en la calle Doctor Corbal de Teis. «Me hice una cabaña como la del Tío Tom. Aquí no entra ni una gota de frío», afirma este hombre de 76 años que fue cocinero de barcos de altura y paracaidista en la Legión. Por las noches duerme con la compañía de un gato y la música de un transistor le ayuda a combatir la soledad. Tiene una huerta en la que ha plantado cebollas, pero las patatas le sale más barato si las compra. «Siempre he sido una persona muy respetuosa y hay que tener mucho coraje y mucho valor para estar donde estoy yo en estos momentos» afirma.

El Obispado intentó ayudarle cuando lo vio en esta situación y le alquiló un piso por un precio simbólico en Teis. Allí vivió durante unos tres años, pero le acabaron echando y tuvo que volver a vivir contra el muro de la casa del jefe de la Iglesia. Afirma que su error fue haber tenido el buen corazón de meter en aquella vivienda de la calle Doctor Corbal a una mujer alcohólica. «No sabía el proceder de ella. Era educada, pero empezó a beber y tenía la borrachera muy faltona», comenta. La mujer, de nacionalidad alemana, montaba escándalos con frecuencia, «hasta que a los vecinos se les inflaron las narices y empezaron a quejarse». Manuel había firmado un contrato de arrendamiento por cinco años, pero un día llegó a la vivienda y se encontró con que le habían cambiado la cerradura. Dice que algún apoderado del Obispado aprovechó la coyuntura para sacarlo fuera y meterse él dentro a vivir. «Quiero que el obispo se entere de que me han echado», afirma indignado. «No quise problemas ni follones, así que me vine de nuevo para la finca», dice.

Un portavoz de la Diócesis apunta, sin embargo, que fue un juzgado el que acabó desahuciando a este hombre tras las denuncias que formularon los vecinos por los problemas de convivencia que generaba la mujer a la que había acogido en la casa. Cuenta que hace cuatro o cinco años se estableció en una choza al lado del Obispado. Le comentaron que esa situación no era digna y que querían ayudarle. Le ofrecieron un piso en la calle Doctor Corbal y aceptó. Así estuvo viviendo tres años, hasta que un día apareció una mujer alemana que ronda los 60 años, que comenzó a crear conflictos en el piso. La comunidad de vecinos pidió al Obispado que interviniese en este asunto como propietario de la vivienda. Un sacerdote intentó mediar pero no logró que Manuel echara a la alemana de casa. Los vecinos llamaron a la policía varias veces y un juez impuso una orden de alejamiento a la mujer. Tres días después acudió la policía al domicilio ante la llamada de los vecinos y se encontraron que la señora seguía viviendo allí, a pesar de la orden de alejamiento. Los agentes la detuvieron y se la llevaron. Dos días después, cuando la soltaron de los calabozos, regresó de nuevo al piso alquilado por Manuel.

Los vecinos denunciaron todo esto a la policía y al juzgado, que obligó a que los dos se marchasen de la vivienda. Un secretario judicial acudió con un cerrajero, que cambió la cerradura. El Obispado puso un camión a disposición de Manuel para que trasladase todas su cosas. «No lo echamos nosotros, fueron todas las denuncias que presentaron los vecinos contra ellos», señala el administrador del Obispado, Jesús Martínez Carracedo.

Manuel ha vuelto a la finca y quiere construir allí una casa. Alguien tiró piedras sobre el tejado de uralita de su chabola y cuando llueve se empapa. «Menos mal que soy un hombre fuerte porque si no estaba jodido», dice.

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