Cuando llega esta flor, el verano se acaba

Antón lois AMIGOS DA TERRA VIGO@TIERRA.ORG

VIGO

Maria Menduíña

Las setembreiras, que son venenosas, tienen una historia muy curiosa

08 sep 2020 . Actualizado a las 00:28 h.

Seguramente si se alejaron un poco de la ciudad han visto estos días unas grandes flores violetas con seis pétalos saliendo directamente desde el suelo al final de un largo tallo marrón. El verano ya está anunciando que se acaba y ambas cosas están muy relacionadas.

 Hoy queremos presentarles a esta planta muy visible pero paradójicamente poco conocida. Todas las plantas tienen sus particularidades, pero el caso de nuestra amiga es francamente curioso: desarrolla sus flores antes que sus hojas y por eso vemos estos días sus largos tallos, que pueden superar el medio metro, coronados por grandes flores violetas. Sus hojas carnosas crecerán dentro de unas semanas, cuando pierda las flores. Aunque es originaria de Sudáfrica (es por lo tanto una especie exótica, pero no está considerada invasora) lleva casi un siglo con nosotros y aquí podemos señalar otra curiosidad: cómo se fue incorporando a la cultura popular.

 Tradicionalmente se las llama azucenas de San Miguel, por aquello de que su floración solía coincidir, aunque más bien terminar, con el famoso veranillo que anuncia la llegada del otoño a finales de este mes. Pero es mucho más preciso y evocador su nombre común setembreiras las flores de septiembre, las que nos avisan del fin del verano. No son muy exigentes a la hora de elegir terreno donde crecer, pero les gusta que tenga un buen drenaje y abundante humedad y por esta característica podemos anotar un uso tradicional que conocimos en distintas zonas de la península de O Morrazo en donde incluso ya tienen alguna relación familiar y las conocen como as flores do avó Lao.

 Los bulbos de las setembreiras se plantaban en las proximidades de los canales de riego y cumplían una función de señalización. A finales de verano muchos de esos canales estaban cubiertos de vegetación y no siempre resultaba sencillo localizarlos para limpiarlos -en este caso limpiar equivale a eliminar plantas silvestres, pero no nos metamos en ese jardín- en previsión de las lluvias otoñales.

 Las setembreiras indicaban el trazado de esos canales de riego deforma muy eficaz gracias a la altura y vistosidad de sus hojas y era una perfecta simbiosis pues precisamente a medida que crecen sus necesidades de agua aumentan exponencialmente por lo que cuanta más agua, más abundantes. Los zahoríes, esos que con la presunta vibración de un palito eran capaces, decían, de determinar dónde existía agua subterránea en realidad utilizaban un sistema más pragmático que sobrenatural… sencillamente identificar la vegetación (lo del palito vibrando dejémoslo en un simple paripé).

Otra curiosidad de las setembreiras es que comprobaremos que sus flores y hojas rara vez aparecen comidas por algún insecto. Esto siempre es un indicador de que se trata de una planta exótica, o muy venenosa, o como en este caso ambas cosas; su nombre científico, Amarillys belladonna nos da algunas pistas.

Aparte de la mitología, que se suele aplicar a estos casos de ponerle nombres a las especies (dicen que Amarillys era la amante -o como se dice ahora la «amiga especial»- del pastor Titiro, y su etimología significa «para encender», por lo que ya se imaginan el percal, pero esas intimidades son otro jardín a evitar) el apellido belladonna nos remite a un grupo de especias cuya savia es muy tóxica.

 Nuestra amiga, especialmente en su bulbo, contiene un alcaloide, la bellamarina, que produce serios problemas respiratorios incluyendo la muerte por asfixia y parálisis muscular generalizada. En sus zonas sudafricanas de origen incluso se utilizaba su savia para envenenar la punta de las flechas. O lo que es lo mismo, nada de usos medicinales a menos que la idea consista en cortar radicalmente todos los males, cosa que, evidentemente, nunca es recomendable en absoluto.