¿Nos llegará á molestar el agua salada del mar?


Decían en Mayo del 68 en París que bajo los adoquines estaba la playa. Aquí fuimos más creativos y sobre las playas instalamos urbanizaciones, carreteras, aparcamientos, paseos marítimos, etcétera. La poca naturaleza que vemos actualmente en nuestro litoral es una mínima parte de lo que hasta hace apenas un siglo fueron unos espacios únicos, una sucesión de pequeñas calas junto a enormes arenales acompañados de enormes ecosistemas dunares que se adentraban centenares de metros tierra adentro. Allí vivían, porque no podían hacerlo en ningún otro lugar, infinidad de especies de flora y fauna, muchas ya desaparecidas y algunas supervivientes a punto de extinguirse.

Una playa es un complejo y frágil sistema vivo y dinámico, pero todo empezó a torcerse cuando empezamos a considerarlas solamente como espacios de ocio en los que tomar el sol y darse un baño. Para estas actividades veraniegas muchas cosas eran una molestia a corregir, y a ello nos pusimos con empeño. El coche tenía que llegar a la orilla, esto era fundamental, y los aparcamientos hicieron su efecto llamada y allí fuimos masivamente por lo que lógicamente necesitábamos un buen paseo urbanizado, sus correspondientes servicios higiénicos y de hostelería y por supuesto todo lo necesario para quedarse a vivir allí quienes se lo pudieron permitir, bien en casitas, en mansiones o directamente en edificios.

Por supuesto las malas hierbas y las alimañas -lo que los tiquismiquis ecologistas llaman flora y fauna silvestre, incluyendo especies endémicas- fueron convenientemente erradicadas y lo mejor de todo, empezamos a considerar como sucias aquellas playas con algas, que era como considerar sucio un bosque con hojas de árboles. Lo siguiente será que nos moleste que el agua esté salada. Paradójicamente terminamos destruyendo todos aquellos valores que nos invitaban a acudir a esas playas. Como se decía… el coche nos lleva cómodamente a aquellos lugares que el coche destruyó, o lo que es lo mismo, queremos volver a la naturaleza, pero no caminando. Y de ahí los interminables atascos que cada verano tenemos en los accesos a las playas, que resolvemos con más carriles de circulación, que viene siendo como pretender curar un coma etílico a base de lingotazos de ginebra. Una playa realmente natural, hoy, es un tesoro. Decía Proust que nada se considera un tesoro, hasta que se pierde. Barra, O santo o Melide son ejemplos de tesoros que todavía no hemos perdido, de lo poco que nos queda. Cuidémoslas como tales.

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