La odisea de volver a casa

Cuatro vigueses atrapados en cuatro continentes durante el estado de alarma relatan las peripecias que han vivido para regresar a la ciudad. Lo han hecho desde Argentina, Nueva Zelanda, Marruecos e Italia


Vigo | La Voz

Claudia vivió una pesadila en Argentina tras cuidar de su padre; María pasó 25 horas sin salir de un avión al dejar Nueva Zelanda; Nicolás tomó un ferri de caminos de Roma a Barcelona; y Aitor tuvo que olvidarse de surfear en Marruecos. Estas son las historias de cuatro vigueses, que rememoran para La Voz las trabas que sufrieron para conseguir un billete de vuelta.

«El consulado se ha desentendido de nosotros» 

Claudia Fazio ha estado dos meses atrapada en Mar de Plata. A comienzos de febrero, voló de urgencia hasta Argentina para acompañar a su padre, que estaba gravemente enfermo. Una vez allí, compró un billete de regreso fechado para finales de abril, pero lo cancelaron.

Su historia es el reflejo de la situación que atraviesan otros veintiún gallegos más y 700 españoles en el país de La Pampa. A finales del mes pasado, Claudia no solo vio imposibilitado ese viaje de regreso, sino cuatro en total. Se le ofreció cambiar el pasaje de abril para junio, lo cual aceptó a pesar del «suplemento prohibitivo», explica. No obstante, el pasado 28 de abril, Argentina suspendió todos los vuelos comerciales hasta septiembre.

Ante su desesperación, el Consulado le informó de que Iberia estaba realizando vuelos extraordinarios para el retorno de españoles. El primero de ellos lo perdió por no haber llegado a tiempo desde Mar de Plata hasta Buenos Aires. El segundo por no disponer de una tarjeta de crédito física para presentar en el aeropuerto. «La mía era de débito y debía contar con una de crédito en el mostrador de embarque», recuerda.

«El Consulado se ha desentendido de nosotros. Solo nos dice que estemos pendientes de link de su página web, donde ofrecen los vuelos. Para un vuelo previsto el 10 de mayo, accedí a los dos minutos de publicarse y ya no había pasajes», dice. Precisamente, refrescar continuamente la plataforma del Consulado es lo que le ha permitido a Claudia conseguir un vuelo de regreso para hoy.

«Volví en un ferri que transportaba camiones»

 Su viaje, previsto entre Nápoles y Madrid, se vio cancelado en cuanto España anunció el cese de los vuelos que procedían de Italia. Fue el 10 de marzo. Ante la incertidumbre, Nicolás Lago compró un nuevo billete para Oporto porque «todavía no se habían anulado los vuelos con Portugal», pero este trayecto se suspendió también cuando apenas le quedaban horas para embarcar. El estudiante se encontró entonces en tirado en Roma junto a otra compañera del Erasmus que ambos cursaban en Nápoles.

Pasaron la noche en la ciudad eterna hasta que, a la mañana siguiente, partieron hasta Civitania, a 40 kilómetros de la capital italiana. «El día anterior, unos amigos habían cogido un ferri hasta Barcelona e hicimos lo mismo», explica el joven. «Era un transporte de camiones, una especie de ruta comercial entre Roma y Barcelona, salvando las distancias de Francia», recuerda Nicolás. Llegaron a Civitania a las 21.00 y el barco no partió hasta la una de la madrugada. «Una vez dentro nos encontramos con un montón de compañeros de Erasmus en la misma situación», dice. El trayecto duró 26 horas hasta que desembarcaron en España y, durante el mismo, no disponían de ninguna forma de conexión con el mundo exterior, «algo que nos intranquilizaba un poco por la situación que vivíamos», relata. Ya en Barcelona cogió un vuelo hasta Oporto, donde lo recogió su madre.

Nicolás fue previsor. Todo este trayecto desde el sur de Italia hasta Vigo lo hizo acompañado de dos maletas de veinte kilos. «He dejado de pagar el piso en Nápoles y tengo la suerte de haber dejado el resto de mis pertenencias en casa de un amigo», concluye.

«Pasamos 25 horas sin salir de un avión»

 Por motivos laborales, María Bamio y Andrew Terris viajan frecuentemente a la otra punta del planeta. Tienen una empresa de importación y exportación de productos de alto stanting y, en la última de sus visitas, les pilló el cierre de fronteras de Australia y Nueva Zelanda. «Cuando se te caía una pata, se te caía la mesa entera», relata la viguesa refiriéndose al primero de los vuelos que perdió, en la ruta que une Nueva Zelanda y Melbourne, donde hacían escala. Desde entonces, toda una odisea. La compañía Etihad anunció la reapertura de sus vuelos con Oceanía, así que se animaron a comprar los billetes. A los dos días se frustró la posibilidad. Acabaron recurriendo a un vuelo de repatriación de españoles, pero «por los vuelos pagamos 870 euros cada uno, un precio alto para estar amparado por el mecanismo de protección civil europeo», señala. En ese avión regresaron 16 españoles. «Hicimos escala en Bangkok y aterrizamos en Madrid después de 25 horas sin salir del avión», explica.

«Pagué el vuelo sin saber el precio» 

 El 13 de marzo, Aitor Pulido se quedó tirado en Menara, el aeropuerto principal de Marrakech, ante la imposibilidad de embarcar. «Ya estaba allí una hora antes del vuelo y no había nadie en el mostrador de facturación. Entonces, el viaje se canceló sin dejarnos margen de actuación. Nadie asumió responsabilidades, ni siquiera nos ofrecieron una cama para pasar la noche», explica este vecino de Teis. Después de pernoctar en la ciudad como pudo, al día siguiente se encontró con el desentendimiento de la Embajada española. «Me respondieron con una apatía y una desidia impropia de un cometido como el que tienen», relata el joven que se encuentraba en el país africano.

Desamparado, decidió volver a Tamawanza, una localidad a 300 kilómetros de Marrakech. Había residido ahí desde su llegada a Marruecos el 19 de enero. Sus intenciones eran surfear y hacer contactos en surfcamps. Una vez de vuelta, Mirsha, la dueña del hostel en el que se había hospedado durante un tiempo, le ofreció «comida y cama a cambio de cocinar y limpiar». Desde que Tamawanza se quedó vacía de turistas y visitantes, Aitor vivió con un grupo reducido de jóvenes y la perra Luna.

El pasado martes compartió su historia con los seguridores que tiene en Instagram. «Tras el movimiento que se generó en redes, la Embajada se puso en contacto conmigo vía mail», explica. Y entonces le ofrecieron volver al día siguiente. «Me remitieron al consulado y me tuve que entender como pude con un chaval que hablaba árabe», recuerda. Después, una trabajadora de Iberia le llamó para pedirle el número de tarjeta para la compra del vuelo. A día de hoy, todavía ignora el precio que le cobraron por el billete: «Si no, sabe Dios cuándo podría volver».

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