«Más al aire libre, pero cumplimos»

Más de 90.000 vigueses que viven en el rural pasan el confinamiento en condiciones menos estrictas que los 210.000 del casco urbano. La vida de muchos sigue, ya sea en la tienda, cultivando patatas o haciendo trabajos


vigo / la voz

No es lo mismo guardar cuarentena confinado en un piso del centro urbano que en una casa con huerta cultivando patatas y cuidando a las gallinas o disfrutando del jardín. Las familias del rural viven de forma menos claustrofóbica el obligado encierro por el coronavirus. Además, como muchos producen comida para su autoconsumo, visitan menos el supermercado. No tienen necesidad de salir todos los días a la calle y, por lo tanto, están menos expuestos al contagio.

Un ejemplo de ello es Manuel Docampo, que pasa buena parte del día atareado en su finca de la parroquia de Bembrive. Siempre hay algo que hacer en la huerta. Ahora es época de plantar patatas, judías, guisantes y tirabeques. Este jubilado de Citroën natural de San Andrés, en Ribadavia, cuenta que todavía hace frío para los pimientos y los tomates y que las judías a lo mejor las tiene que volver a plantar si no aumentan las temperaturas cuando empiecen a brotar.

Las gallinas también requieren su atención. Devoran toda la comida que sobra en casa. «Los pitos tienen que comer y nosotros también», asegura. Por eso hay que seguir trabajando todos los días, aunque el mayor esfuerzo ya lo ha dejado atrás. Hace dos meses mató dos cerdos que estuvo criando desde el verano. Cien kilos de carne cada uno convertidos en chorizos y viandas en salazón. Son reservas para el resto del año que le evitaran muchas idas y venidas al súper. Las cerezas, las pavías, las claudias y los melocotones ya están en flor. También los grelos, que ya no están para comer.

Su vecino Cholo está confinado en la planta superior de su casa con su mujer, mientras que su hija reside en la de abajo con su marido y sus hijos. Han preferido no mantener contacto entre ellos para eliminar cualquier riesgo de contagio. «Cogí un simple catarro, no tengo nada, pero la gente anda mosqueada», dice. Ante el estado de alarma, es natural la preocupación. Tener una finca le permite salir a fuera a tomar el aire y andar por el cesped, sin ir a la carretera. «Aquí estamos mejor que en el centro de la ciudad», dice.

Los vecinos del rural tienen la suerte de pasar más tiempo al aire libre, sin necesidad de estar encerrados entre cuatro paredes todo el tiempo. En la parroquia de Castrelos observamos a una madre con su hija limpiando la hiedra que crece en el muro de su vivienda. Otra vecina sale a la calle con una carretilla cargada con una bolsa de basura. Intentan llevar su vida con la mayor normalidad posible.

En Zamáns Alberto Varanda no ha dejado de abrir la tienda Laura como ha hecho su familia desde los últimos 70 años. Reconoce que lo hace para no aburrirse porque llegan pocos clientes para comprar comida. El negocio es el bar, que sí está cerrado. Ha dado quince días de vacaciones a sus trabajadoras. Si el confinamiento se prolonga, reconoce que tendrá que buscar asesoramiento para decidir qué hace. Alberto ha clausurado la entrada de la tienda y ahora sirve desde una ventana para mayor seguridad. La ha acondicionado como mostrador y ha dispuesto macetas con flores en la acera para que sus clientes mantengan las distancias, ofreciendo una imagen muy pintoresca. «Hay más gente de la que debería. Tendría que estar todo parado. Así vamos a comer aquí las uvas, señala. Él ya lleva tiempo tomando medidas. Hace semanas compró mascarillas por lo que pudiera venir. «Llevo informado desde que nació el primer virus en China. La globalización está muy tocada», afirma. Su padre cruza todos los días la carretera para llevar al caballo a pastar a la finca que está frente a su casa.

En Zamáns también vive Ángel Sío, trabajador de Citroën. «Lo que íbamos a hacer en verano, lo hacemos ahora, como hacer trabajos en casa o pintar». A pesar de estar alejados del centro urbano, asegura que las fuerzas del orden están pendientes del cumplimiento de las medidas, aunque en general los vecinos respetan el confinamiento. «Pasan bastante por la carretera general, por el pueblo poco».

El tráfico en la Estrada de Valadares ha descendido hasta límites inusitados. «Pasa un coche cada diez minutos», señala Ernesto Couñago, maestro de primaria jubilado de primaria, asomado a la ventana de su domicilio. Él es persona de riesgo porque sufre problemas cardíacos, por lo que nunca sale de su vivienda. Al menos tiene la ventaja de que puede pasear por la finca de su casa. «Es lo bueno que tenemos de vivir en el campo, no tenemos que estar encerrados», dice. Su vecino Luis solo sale de casa para sachar la huerta. Está cultivando patatas.

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