Rogativas


En el año 2004, el alcalde Castrillo hizo una declaración pública, alarmado por la sequía que afectaba a Vigo. La ciudad se enfrentaba a inminentes cortes del abastecimiento tras varios meses sin llover. Al día siguiente de aquella alocución comenzó a diluviar y no paró en tres meses. Hubo hasta inundaciones. Esto sorprenderá a muchos lectores, porque efectivamente, sí: había alcaldes antes de Caballero. Seguro que los milennials no lo saben y el resto se ha olvidado. Pero, aunque ya parezca difícil de creer, el mundo no empezó con Abel, aunque podamos dividirlo en dos eras: AC/DC. Antes de Caballero y después de Caballero.

Pero lo interesante del caso es la capacidad de cualquier alcalde de Vigo para convocar la lluvia. Y ha vuelto a pasar. En cuanto Caballero ha dado una rueda de prensa sobre la ampliación del embalse de Eiras, han aparecido unos nubarrones desde la nada y ha empezado a tronar como en los tiempos de Noé. Sucedió lo mismo el año pasado. Se habló de un trasvase entre los ríos Verdugo y Oitavén, e inmediatamente comenzó a llover a cántaros durante semanas.

Por tanto, resulta obvio que nuestros alcaldes tienen la capacidad de convocar la lluvia.

Sus palabras funcionan como rogativas o como las danzas tribales de los antiguos sioux.

De hecho, yo cada vez que oigo hablar del embalse de Eiras, saco del armario el chubasquero y me compro un paraguas. Porque va a caer duro. Así que en la praza do Rei parece que posean un superpoder. Aunque probablemente tenga una explicación más sencilla, todo un clásico de la política: basta hablar de una cosa para que suceda la contraria.

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