60.000 km persiguiendo la Asobal

Franco Gavidia inició en su Argentina natal un sueño que le llevó a Nueva Zelanda, Suiza, Australia, Francia e Italia


VIGO / LA VOZ

«Yo sabía que quería ser profesional, siempre lo supe», dice Franco Gavidia (Córdoba, Argentina, 1991). Por eso cuando echa la vista atrás y se percata de los 60.000 kilómetros que tuvo que recorrer antes de ver cumplido su sueño, se enorgullece de haber sido constante, de no haber decaído cuando las cosas se pusieron feas. Persiguió su meta y la alcanzó en un Balonmán Cangas en el que ahora está feliz y con el que este fin de semana relanza la competición.

Franco comenzó a jugar al balonmano siendo un niño en el colegio de Escuelas Pías de su Córdoba natal. Era grandote, el entrenador de balonmano le animó a probar y sus amigos también. Se enamoró perdidamente del deporte. Tanto, que con 15 años comenzó a dar forma a su meta de jugar en Europa. Hizo la maleta rumbo a Buenos Aires, a 800 kilómetros de su hogar. Era el primer paso de un camino realmente largo y con obstáculos.

«En River los mánagers me decían que, como no tenía ciudadanía europea -muchos tenían la italiana o la española-, iba a ser muy difícil que un equipo me contratase, porque era joven y nadie se arriesgaría». Él, sin embargo, se enrocó en que su destino estaba en la élite del viejo continente y viendo que no había atajos posibles, se decidió por la aventura completa. «Me fui a Nueva Zelanda a probar suerte. Mi idea principal era ir allí, trabajar, porque allí no necesitaba la ciudadanía, ahorrar dinero y venir a Europa a hacer pruebas a los equipos». Daba un salto sin red de 10.000.

Paso por Oceanía

Cuando estaba ya en Oceanía, comenzó a entrenar con un club amateur. «Me vio un entrenador de Australia, del Sídney, que me dijo que se preparaban para el Mundial de clubes, que necesitaban un jugador como yo y que me podrían ver los equipos», relata. Durante ocho meses se dejó la piel entrenando, saltó a Australia, a 4.000 kilómetros de distancia, compitió con el Sídney y el teléfono sonó.

«Me llamaron de Suiza para hacer unas pruebas y ahí me quedé». Gavidia dejaba atrás el hemisferio sur y se internaba en Europa -tras recorrer otros 16.000 kilómetros-, donde su reto podía volverse realidad. Pero cuando las cosas empezaban a funcionar, recibió un duro revés. Se rompió la mano. «Fue muy duro. Era la primera vez que me hacían un contrato profesional y me lesionaba. Regresé a Argentina y casi decidí dejar el handball, iba a prepararme para entrar en la Universidad, pero me daba tanta rabia después de todo lo que me había esforzado...». Era solo un crío de 21 años que veía roto su sueño.

Pero ante Franco se presentó una nueva oportunidad. Cuando llevaba ocho meses de recuperación, un agente le comentó que un club de la segunda división francesa le había visto y, una ve repuesto, le quería. «Dije, venga, vamos a intentarlo. Que me quisieran, después de todo, era muy lindo».

Deshizo los 11.000 kilómetros de Argentina a Europa y se enroló en el balonmano galo. «Ahí aprendí a defender y formé el carácter de jugador que tengo». Pero todavía quedaban más cambios. Con una niña pequeña, aceptó una propuesta del balonmano italiano para que su familia estuviese más cómoda con el idioma, «pero me di cuenta de que como jugador no podía seguir a ese nivel. Necesitaba venirme a España». Y lo hizo. De nuevo maletas, y de nuevo retos. Se enroló en el Villa de Aranda de Honor B con un croquis ya planificado en su cabeza. «Firmaba por dos años e imaginaba lograr entrar en Asobal tras ese tiempo». Pero esta vez, la fortuna sí estuvo de su lado. Cuando solo llevaba cuatro meses en Aranda, recibió la llamada del Balonmán Cangas y, tras casi 60.000 kilómetros de peregrinaje en busca de una oportunidad en Asobal, la encontraba.

En O Morrazo Franco disfruta de su sueño y de algo más. «Estoy muy agradecido porque la gente me ha hecho sentir como si fuera mi club. Después de jugar en tantos lugares, es el único equipo en el que he sentido esa pasión por que solo se tiene en el club en el que estás de chico. Para un jugador profesional es muy difícil volver a sentir eso y en Cangas lo logré».

Esa sensación de pertenencia que arraiga en un trotamundos del balonmano.

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