Mi casa es un pequeño refugio de gatos que, macroscópicamente, no sirve para nada. Ni protegemos el planeta, ni salvamos a una especie en vías de extinción. Tener animales en acogida sirve, en realidad, para sentir algo más de fe en el ser humano. Yo la tengo en las personas de Iria y Maricarmen, dos voluntarias que vienen cada semana por casa a atender a los felinos y que pertenecen a la Asociación Protectora de Animales Sen Fronteiras.
En casa somos cuatro gatos y yo. La vivienda es el reino de Tiger, una felina callejera malamente reconvertida en doméstica. Como era parva, y todos la atacaban, terminó entrando y teniendo su propio sofá. Luego tuvo una habitación. Luego todas. Y, por supuesto, todos los sofás. Ahora soy yo quien vivo en casa de Tiger. Mientras fuera, en el patio, en una abrigada galería y en un amplio garaje, campan a sus anchas todos los demás.
Los otros, todos venidos de la calle, son Luz, Don Gato y Sobrina (los nombres no se los puse yo). Debería puntualizar que ya no son, sino que eran. Porque esta semana, el martes, murió Sobrina, que ya estaba muy mayor.
Va a ser difícil cubrir la vacante, porque Don Gato, macho alfa, no va a aceptar a un nuevo inquilino de acogida. Es probable que lo mate en cuanto lo vea, aunque sea un lindo gatito de esos que enternecen a la gente en Internet. Y no es crueldad. Es la naturaleza. Porque los animales son inocentes. Y tampoco nos juzgan cuando el ser humano los usa en su provecho. Por eso merecen un respeto especial. Porque ni siquiera podrían condenar la barbarie de Tordesillas. Ni comprender (dan vueltas por la galería, olisqueando su hueco de dormir) que su compañera ha muerto. Tampoco saben que humanos como Iria o Maricarmen hagan parecer que nuestra especie merezca la pena.
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Tener animales en acogida sirve para sentir algo más de fe en el ser humano